Oscar Alfredo Piccolo
Ediciones de La Cultura
Índice por Capítulos
PROLOGO:
Algunas consideraciones para la lectura de esta obra
I. El Bien Común y La Revolución del Amor Operativo
III. La Condición Humana en la Realidad Política:
IV. Una Teorización sobre el Amor
V. El Amor Fraternal en la Actualidad
VI. Los Riesgos que Hoy Amenazan al Amor Fraterno
El Cuidado de la Confianza Pública
La Política-Poder es Irremplazable
IX. La Revolución del Amor Operativo
X. De La Abstracción a los Hechos
Una Visión sin Techo Aparente…
PRÓLOGO
Algunas consideraciones previas para la lectura de esta obra
Recuerdo que desde muy niño me preguntaba por qué, habiendo tanta gente buena, el mundo no era lo que esperaba. Claro que con los años he reconsiderado esas cuestiones, dirigiendo mis anhelos a encontrar la forma en la que puede construirse bien común y lograr un mundo mejor. Buscando el camino mas adecuado, analicé primero los sistemas políticos, los partidos, ideologías, modelos económicos, sin encontrar respuesta acabada. Luego consideré aspectos culturales, valores y religiones de lo más diversos, que amén a su gran aporte, no habían comportado soluciones suficientes, y en ese contexto observé que, como bien decía Maquiavelo, el problema y lo que nos aleja de la paz y del bien, es que la lucha y el conflicto anida en el corazón del hombre -que permanece idéntico a sí mismo a través de la historia- y no en las contradicciones de los pueblos. Desde siempre hemos sido animados por los mismos deseos y humores. En el “fondo” el hombre siempre ha sido igual. Y es ahí donde mi visión, y por ende mi búsqueda, cambiaron. Ahora mi mirada se dirige al hombre y me pregunto cómo encontrar dentro de él los materiales que nos permitan construir el bien común. Hasta ahora hemos apelado a armados doctrinarios, ideológicos, tradiciones, culturas o valores. Basta con apreciar los caminos que la sociedad ha recorrido hasta ahora para comprobarlo. Sin menospreciar estos importantes aportes, es necesario no seguir basamentando la construcción del bien común en creaciones culturales humanas, por excelentes que fueran. Es indispensable basarse en los materiales humanos innatos y por ende naturales, inagotables y renovables que todos tenemos en mayor o menor medida. Es decir en aquel “fondo” donde todos los hombres siempre han sido iguales. Es esencial tener en cuenta que ese “fondo” del cual hablamos, no es otra cosa que la naturaleza humana más profunda, la cual, como afirmaba Maquiavelo, es necesaria para cualquier aproximación en el campo de la política, sin lo cual el éxito es imposible. Es hora de no buscar más ideales, ni utópicas o imaginadas sociedades, sino organizarlas de forma tal que espejen y reflejen la naturaleza humana. Única forma de que sean reales y vívidamente naturales. Es cierto que el misterio de la vida comporta un gran juego, al que hemos venido sin “instructivo”. Por eso es misión creativa del hombre organizar su sociedad políticamente, por lo que considero que el único camino para tener éxito es hacerlo a su “imagen y semejanza”, porque justamente esa sociedad está formada por humanos y para humanos. Y de esto se trata esta obra, de cómo construir el bien común en forma permanente, pero ahora sí, con materiales humanos, con los que todos contamos. Para ello, hay que tener la mente muy abierta y libre de preconceptos o prejuicios, ya que, como decía Antony de Mello (1), “la sociedad te programa, te dice lo que debes pensar”. Por eso él afirmaba que “si piensas como marxista no piensas, si piensas como liberal no piensas, si piensas como musulmán no piensas”. De manera que debes ser libre al pensar, y con eso cuento. Este ensayo está dividido en dos grandes partes: la primera es una visión filosófica antropológica sistémica: el “alma de esta obra”, donde volvemos a hacer filosofía –de una manera distinta, más práctica-, atento a la grave crisis actual de la ciencia política. Es antropológica porque se basa en el hombre, único protagonista del mundo que vivimos, y único portador de los materiales que necesitamos para construir el bien común, pero en forma sistémica, no sólo apelando a nobles principios e intenciones, sino sobre todo generando sistemas humanos posibles. Ejemplo de ello es el mercado económico globalizado, que se basa en una de las modalidades del egoísmo humano, el interés de lucro. Y para conseguir nuestro objetivo vamos a apelar en este caso al amor fraternal, para que siendo operativo en la realidad política, construya el bien común deseado. La vida es como un juego, por eso es hora de “reaprender nuevas reglas” para jugar el viejo juego político: para ello, veremos al amor, el poder, la democracia y la política desde otro ángulo. Para que todo lo dicho no quede en ideas, la segunda parte – el corazón de este ensayo- indica cómo en lo concreto pueden hacerse realidad los conceptos vertidos, y por ende deviene en un cuerpo visible y palpable. Y desde allí observamos lo que consideramos sorprendente y extraordinario: comprobar aquí que no hay que emprender una colosal tarea para lograr los objetivos planteados –es decir, la construcción permanente del bien común- ya que los elementos, las personas y la estructura, simplemente, existen. Sólo hay que cambiar la mirada, para que una visión nueva pueda revolucionar el espíritu humano, o sea, hacer “operativo” el amor fraternal en la realidad política y social. Ésta es la revolución que da título a esta obra, y que puede colocar al hombre en el próximo escalón evolutivo de la especie.Convengamos que “Bien Común” es una construcción de términos genéricos y por ende con muchas acepciones. Aun cuando resulta difícil encontrar una definición excluyente, podemos especular que el Bien Común es el conjunto de condiciones espirituales y materiales que hace que todos alcancen más fácilmente nuestro fin: la felicidad. Como también, podría ser lograr el camino para el mejor estado de la comunidad y, consecuentemente, el mayor bien individual posible para cada uno de sus miembros. Cualquiera fuera la definición de “Bien Común”, lo que sabemos, y lo que nos importa para el desarrollo de esta obra, es que la gente, apelando a su sentido común, tiene una idea de lo que tal concepto significa, y de esa concepción nos valdremos cuando mencionemos el Bien Común en este ensayo.
El Bien Común no es simplemente un mejor estándar de vida, es mucho más, es una etapa superadora de la comunidad humana, en lo social, político, económico, emocional, espiritual, estético, artístico, cultural, ecológico…, es decir, abarcativa de todas las áreas de incumbencia humana. Debiera entonces, ser el objetivo final de la comunidad de seres humanos y por ende la meta o valor colectivo que tienda a la evolución del hombre como ente social. De ser así es nuestra obligación y derecho, como miembros de una sociedad, que se lo busque en forma permanente, contínua e irrenunciable, para nosotros y para las generaciones por venir. Resultaría entonces, que el fin más buscado por la humanidad toda debiera ser lograr el Bien Común.
Discursivamente se expone que todos debemos ocuparnos de su construcción, pero el problema es que, en realidad, la gente tiene el concepto de que la construcción del Bien Común pareciera ser una tarea delegada a la política o a los políticos, en principio porque históricamente el hombre ha organizado la sociedad políticamente y el motivo central de la actividad política debiera ser –justamente- procurar el Bien Común de todos los habitantes.
Es por esto que el Bien Común figura como meta -explícita o implícitamente- en las cartas magnas o constituciones de los distintos países o estatutos de cada organismo internacional.
Ahora bien… si esto es así, ¿por qué los resultados de esa búsqueda desde la política no son satisfactorios? ¿Por qué luego de siglos de distintos regímenes autocráticos o democráticos, de distintas ideologías o doctrinas, de distintos sistemas económicos, tecnologías de avanzada, y cientos de miles de personas dedicadas a la política y administración de la cosa común, no hemos alcanzado el nivel de Bien Común simplemente básico en la humanidad -aun cuando un pequeño porcentaje de la humanidad viva en un aparente bienestar y bonhomía- y en cambio convivimos con la marginación de cientos de millones de seres que sufren injustamente desigualdad, pobreza, hambre y una mortalidad que lastima?
Aun a riesgo de generar incomodidades, ya que es indispensable hablar claro, vamos a intentar una respuesta escueta y resumida, pero contundente, que no es omnicomprensiva de todas las razones, pero apunta a la que consideramos principal:
“El principal fin del poder político no es el Bien Común”
El poder político sostiene que la búsqueda de poder tiene como objetivo llevar adelante la gestión y posibilitar el Bien Común. Sostenemos que esto no se condice con los hechos. Es evidente y coincidimos que desde una función de poder se podría generar con más facilidad el Bien Común, de acuerdo a la cantidad de recursos y herramientas que desde este lugar se detenta. Aun a riesgo de generar más disgusto todavía debemos decir:
El verdadero objetivo real y primario del político, es alcanzar el poder y una vez logrado, mantenerlo y acrecentarlo.
En resumen, salvo excepciones muy puntuales, termina resultando una falacia sostener que el Bien Común es el fin prioritario del poder. En esa misma línea, muchas veces aquellos hombres que acceden al poder no tienen como mira excluyente luchar por el logro del Bien Común.
Lo dicho no implica que el poder político no se ocupe ni busque el Bien Común, sino que no resulta su fin principal, y en alguna ocasión ni siquiera es prioritario (no olvidemos que “Poder Político” es un término más amplio que el de “Estado”, aun cuando este ultimo representa gran parte de él).
Pareciera, entonces que debemos cuestionar aquella concepción de que el Estado -o Poder- es el “único” responsable del Bien Común, ya que hay muchas razones para dudarlo. Brindaremos sólo algunas como ejemplo:
Lo cierto en la práctica es que vemos que simplemente el principal objetivo de los detentadores de poder fue y es la búsqueda y acrecentamiento del poder, por sí y para sí. Como dato complementario, siempre, con excepciones que confirman la propia regla, los poderosos obtienen sus recursos de lo producido por aquellas sociedades o personas sobre las que detentan su poder. En algunos casos ello resulta todo lo contrario a la búsqueda del Bien Común como objetivo final.
Por lógica conclusión, si ese interés por la construcción del poder por y para sí ocupa el primer lugar, el logro del Bien Común queda relegado y en algunos casos hasta a lugares recónditos.
Consideramos que todo lo dicho tiene como prueba concluyente e incuestionable la aplastante evidencia histórica de más de dos milenios de lucha y detentación del poder, donde surge a todas luces lo expuesto. Otra evidencia más concreta y actual es que para hacer carrera política se debe sacrificar, en cantidades crecientes, tiempo para la familia, afectos, ocio y desempeño de toda actividad rentable o trabajo, prepararse debidamente, enfrentar luchas internas y una vez impuesta la imagen y habiendo obtenido algo de fama o alguna notoriedad, tener que sufrir ataques, cuestionamientos, y confrontaciones electorales, donde hay que contar con cuantiosas sumas de dinero. Si esto es así, y los políticos sacrifican gran parte de su vida y su patrimonio sólo para lograr el bien común, deberían ser en realidad prohombres. Tenemos más que reservas sobre el particular. Algunos sindican que, en realidad, el poder tiene un fenomenal efecto narcotizante en mérito de las mieles que entrega su ejercicio, con más el manejo de cifras millonarias. Se dice también que el poder y el dinero son dos caras de una misma moneda, ya que si se obtiene una de ellas, mágicamente, se obtiene la otra.
Pareciera entonces que nos encontramos ante una dicotomía incuestionable: la evidencia nos da la idea de que el objetivo del poder y de los políticos ha sido lograr y acrecentar el poder y, en cambio, el fin de la política es lograr el Bien Común.
Esta contradicción podría explicarse parcialmente si nos centramos en el sentido de la palabra política, que en estos últimos siglos ha sido utilizada como sinónimo de todo lo que tiene que ver con el poder. En cambio, de acuerdo a sus orígenes y a su verdadero significado, política es administrar la polis, la cosa común, la res pública. En resumen, la búsqueda del Bien Común. Para enmarcar esa diferenciación, Sartori (2) denominó a la primera como política vertical, jerárquica o política poder, y a la última como política horizontal o política-Bien Común. Hoy, en los hechos, política es sinónimo de poder, y por ende la contradicción no sólo es evidente, sino permanente e inalterable.
Atento a lo expuesto resulta preocupante que como sociedad sostengamos que los ostentadores del poder político o fáctico sean los “únicos” proveedores y artífices de Bien Común.
Es por ello que aquellos que tenemos alguna preocupación por el bien general nos preguntamos, analizando el derrotero de la historia, cómo salir de aquella contradicción. Y volvemos a preguntarnos ¿cómo el hombre puede estar mejor?, ¿cómo lograr el ansiado Bien Común?, y lo que es más importante: ¿a quién recurrir para esa tarea? Iniciamos nuestro camino, dirigiendo nuestra mirada a las potencias mundiales como si éstas manejaran el mundo y pudieran cambiarlo, cuando de hecho están mucho más ocupadas en apuntalar y acrecentar su propio poder. Luego la dirigimos a las organizaciones internacionales, sean políticas o económicas, y nos damos cuenta de que sustentan en general los intereses de aquellas potencias que las conforman. Si nos detenemos en los dirigentes políticos nacionales o regionales, es lo común observar que están lo bastante ocupados en mantener su propio poder como para dedicarse excluyentemente a mejorar la realidad local. Luego posamos esa misma mirada en las instituciones o en la ley que, amén de su invalorable aporte, observamos insuficientes y en algunos casos presas del poder o intrigas de turno.
Descartamos las soluciones ideológicas y los modelos económicos en boga, que han demostrado -atento a sus resultados- no estar debidamente a la altura de las circunstancias. Vamos perdiendo las esperanzas y nos afincamos en las organizaciones confesionales, por ejemplo las religiosas. Y a poco de entrar en ellas podemos darnos cuenta de que su misión es distinta. Nuevamente corremos nuestra atención con algún grado de desesperación hacia otro tipo de organizaciones, sean gremiales, empresarias, o hacia las asociaciones u organizaciones sociales, educacionales, de salud, las que por lo general se encuentran muy enfrascadas en sus luchas sectoriales o realidades institucionales, justamente reclamando o pidiéndole al poder de turno su cuota respectiva. Así podríamos hacer una interminable lista. De este modo caemos en la desazón al comprobar que así es el mundo: así es el hombre, y su cruda realidad no puede ser modificada, sino apenas atenuada. De este modo nos concentramos en nuestra vida -que de por sí es bastante difícil de manejar- ya no en procura del Bien Común, sino en procura de mi propia felicidad y de mis propios intereses; con eso tengo más que suficiente. Si seguimos ese camino es más probable que continuemos igual o peor: ya que no sólo no conseguiremos el Bien Común, sino que tampoco conseguiremos nuestro bien personal, dado que ambos son concurrentes.
¿Por dónde, entonces, podría aventurarse una salida? ¿Qué nos falta? Somos una sociedad evolucionada y muy moderna. Al respecto es bueno reflexionar que resulta inconcebible observar que aunque en el siglo pasado ha sido fenomenal el avance científico en distintas materias, pareciera que en relación a lo político aun esperamos azarosamente que nos toquen gobernantes relativamente idóneos –y en algunos casos, no corruptos- a los que luego les otorgamos, en los hechos, la exclusividad de ser los únicos en procurar el bienestar general. Cuando esto sucede es legítimo preguntarse: ¿por qué como sociedad nos ubicamos en un lugar tan infantil?
Daría la impresión entonces de que la sociedad estuviera esperando la llegada del “Rey Bueno”, que nos lleve a un mundo feliz. Tal situación tiene sus consecuencias y son evidentes y demostrables, en la generalidad de los casos. Es allí donde más se observa la notoria diferencia entre el poder ejercido en sociedades políticamente maduras, que aplican el indispensable control, con respecto a aquellas otras que no lo son.
Si hemos depositado toda la esperanza en el poder político, pareciera entonces que estamos complicados. Mucho más ante la actual crisis epocal de gran nivel, que desde fines del milenio anterior nos acompaña, y que consideramos, entre otras cosas, provocada por la caída de los valores y paradigmas, otrora reinantes. Pero a no asustarse. La presente crisis epocal es una crisis de crecimiento, de evolución del hombre y de la sociedad civil, que motiva a esta última a ponerse los pantalones largos. Es hora de que la sociedad deje de considerar que la construcción del Bien Común depende de los políticos de turno -que solamente utilizan como material de construcción políticas de gestión- y empiece a volcar su mirada sobre sí misma. Y esto no es antojadizo, tiene sus antecedentes:
La propia historia nos enseña que en el campo de las ideas se ha revolucionado el mundo para mejor. Eso nos ha acercado a un bien mayor que el anterior. Ése es el caso de la revolución democrática, que inicia Locke (3), donde la sociedad civil pasa al centro de la escena. De la misma forma ocurre con la revolución económica. En ella se trasladó la responsabilidad y creación de riqueza del poder de turno, a la pujanza, creatividad y producción de la sociedad económica, generando un mercado ahora globalizado que ha multiplicado geométricamente la riqueza aun cuando no esté bien distribuida. Por eso sostenemos que, del mismo modo en que ocurrió con la política y el mercado, debe ser la sociedad civil protagonista de la construcción de su propio Bien Común.
La construcción del Bien Común es una tarea prioritaria de sus propios destinatarios, los únicos que no tienen otros objetivos que justamente procurárselo. Pero a no equivocarse, como luego veremos, el poder es indispensable, y puede ser el más formidable instrumento para lograr Bien Común, atento a sus recursos y herramientas. Ése sería el ideal del que hablan todas las normas fundamentales. Sin embargo la realidad SISTÉMICA nos demuestra, nos guste o no, aquella contradicción de la que ya hemos hablado. Entonces sólo nos queda sostener enfáticamente que la construcción permanente y continua del Bien Común es de la sociedad civil. Y afirmamos que el mejor accionar del poder (político) tendiente al Bien Común, no es generar solamente medidas de gestión, sino procurar que, libre, autónoma e independientemente, la sociedad civil se organice. Sostenemos que si existiera una actividad libre de la sociedad civil, sin ataduras, y bajo los controles propios y ajenos, se generaría una impronta que impulsaría fuertemente la construcción del Bien Común en mérito a la inconmensurable tormenta de ideas que derivaría de una sociedad civil organizada y pensante. Si junto a ello ejercemos el permanente control social del poder y valoramos el quehacer de los millones de personas dedicadas al otro y a tratar de suplir el desigualitario tratamiento del azar o de las injusticias del sistema político económico, habremos creado, y a no dudarlo, la mayor organización libre pensante y actuante en el mundo, con el objetivo de maximizar el bien general, que trabajaría sin descanso, sin intereses ajenos y connotaciones políticas de ningún tipo. Un motor humano que no se detendría nunca.
Es por ello que es hora de que la sociedad y el hombre, ya no sean participantes secundarios sino coprotagonistas de la construcción del Bien Común. Para ello cuentan con material humano, renovable e ilimitado: EL AMOR, en todas sus expresiones e intensidades.
De eso se trata todo esto. Consideraremos como objetivo central de esta obra la idea de CÓMO HACER OPERATIVO EL AMOR HUMANO EN POLITICA, lo que provocaría sin duda una revolución en la forma de vida dirigida a lograr la permanente construcción del Bien Común de la humanidad toda, ya que su fuerza irradiadora potenciará a grados impensables el Bien Común, influyendo, corrigiendo, controlando el sistema político y el mercado económico. Y para que sea permanente debería estar basada en el consenso adulto y maduro de la sociedad organizada, lo que evitaría que dependamos de los avatares y humores de la política.
Y aún más, ¿cómo podemos entonces corregir y equilibrar el actual sistema macropolítico humano? El mundo hoy tiene dos sistemas preponderantes: el político y el mercado económico. Ambos tienen su motor e impulso en el egoísmo humano, sea la búsqueda de poder o de interés de lucro. Atento a lo dicho, ¿podemos imaginar un mundo distinto al actual? Es por ello que le falta virtud y equilibrio al sistema. La irradiación del Amor Humano generará virtud social y una impronta renovadora, y ése es nuestro objetivo: proponer la idea de inyectar virtud social al sistema para armonizarlo y hacerlo más justo.
Recreemos aquella definición que nos regaló Juan Pablo II: “La virtud social fundamental es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el Bien Común para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”.
Para incursionar en ese camino, vamos a reflexionar y repensar algunos conceptos teóricos, y entonces, a través de la práctica filosófica, intentaré ir armando y construyendo una lectura donde se tejan y amalgamen los conceptos de poder, mercado y sociedad civil, entre otros. Luego de explicitar lo que consideramos es una crisis epocal, y la situación de la ciencia política hoy, teorizaremos sobre la “Verita effecttiva” parafraseando a Maquiavelo (4), para poder desentrañar cómo somos los hombres, y desde allí, especular acerca de cómo debería ser esta sociedad teniendo en cuenta su núcleo conformativo, el hombre mismo, y de este modo poner manos a la obra en la concreta construcción del Bien Común. Ofreceremos nuestra “teoría del amor” aplicable a la política. Su realidad actual, sus riesgos. Expondremos brevemente sobre el Poder y la Democracia, para por último dejar en claro qué es La Revolución del Amor Operativo anunciada, revolución que puede transformar el mundo evolucionando el espíritu del hombre.
Por ello esta obra está destinada especialmente a los jóvenes de espíritu, protagonistas del inicio del presente milenio, quienes tal vez sean los más propensos a entender y tener la mente abierta, dado que este proceso ya se ha iniciado. El no desperdiciarlo y potenciarlo es su responsabilidad.
CRISIS EPOCAL
Hemos sostenido que estamos, desde la culminación del milenio, en una grave crisis epocal, oportunidad única para repensar el mundo. Genéricamente se entiende por crisis el momento o período en el cual el grado de conflicto o contradicción existente entre distintos elementos de un sistema cualquiera es de tal magnitud e intensidad que tiende a producir modificaciones en la estructura del mismo. De manera que esta crisis puede convertirse en un camino de esperanza donde buscar y encontrar las modificaciones necesarias para dirigirnos a la construcción permanente del Bien Común. Ése es nuestro objetivo.
Esta crisis tiene dos dimensiones claras:
1: Del orden público
2: Del orden privado.
Ambas de gran escala, aun cuando sospechamos que pueden tener como denominador común una misma causa.
1.- Del orden público.
En lo que respecta al ámbito de la sociedad política, pareciera que el mundo y sus dirigentes no saben a ciencia cierta qué rumbo seguir. No se tienen certezas ni objetivos o ideales concretos. Creemos que esta crisis está relacionada con la caída de grandes paradigmas propios del siglo pasado, a saber:
El siglo pasado, daría la impresión, fue el tecnológicamente más avanzado, y en contraposición, también el más sangriento y lacerante, con dos guerras mundiales, genocidios incalificables, y el hito del holocausto nuclear… Pareciera entonces que mucho no hemos evolucionado. Presumimos que el hombre ha perdido el rumbo, se ha perdido a sí mismo. Ya nos decía Alexis de Tocqueville: “…pero si es de temer que mientras el hombre se complace en una búsqueda legítima del bienestar pierda el uso de sus más sublimes facultades, y por mejorarlo todo a su alrededor venga a degradarse a sí mismo. Es allí donde está el peligro y no en otra parte…” (5).
Vemos que esto no es nuevo en la historia de la humanidad, estas crisis recurrentes e irremplazables son el germen necesario para la evolución del hombre.
2.- Del orden Privado
Venimos de unas décadas en las cuales se ha pregonado el salvese quien pueda. La famosa teoría neoliberal ha economizado los sentimientos humanos dándole un valor de vil moneda. ¿Dónde quedaron aquellas épocas doradas donde la comunidad compartía y disfrutaba? El individualismo, el narcisismo, el imperio del placer personal, nos han dejado vacíos por dentro.
Observemos a la multitud anónima que desfila por nuestras calles saturadas. Obsérvense esos rasgos lúgubres, preocupados, esos rostros fatigados. Difícilmente hallemos una sonrisa. Miremos esas espaldas encorvadas. ¿Somos felices todas las personas que formamos parte de esta civilización en esta época?
Es cierto que ya en general no padecemos ni hambre ni frío, pero necesitamos píldoras para dormir, comprimidos para calmar los dolores de cabeza y tranquilizantes para soportar la existencia. El arduo combate por el dinero ha endurecido nuestros corazones; las enfermedades mentales -angustia, depresión, pánico- y las físicas -infartos, cánceres- son mas frecuentes. Ni hablar de las distintas adicciones sociales para transitar esta vida -la droga, el alcohol, el juego-.
Hoy a diferencia de épocas pasadas ya no luchamos por la supervivencia, se ha dignificado la vida y vivimos en cierta armonía. ¿Pero por qué todavía no podemos ser felices?
Somos concientes de que lo que vivimos no es simplemente una crisis política, sino vivencial del ser humano… siempre hemos buscado en el afuera la salida a las crisis, o la claridad perdida, en aquel complejo y completo conjunto de bienes de todo tipo y color o en los placeres externos que nos brinda el mundo de hoy… Sin embargo tal vez la llave se encuentre dentro de cada corazón humano.
Por ello la necesidad espiritual y de búsqueda ante la desorientación general actual, que sumada a la pérdida del rumbo político nos lleva a una misma causa origen: le falta Amor al hombre en su vida y en su sistema político.
Estamos acostumbrados a ver el amor en términos de relaciones de pareja, paternas, filiales o parentales. Estamos acostumbrados a pensar que el amor es una cuestión particular o privada de cada ser humano, en virtud de la gran crisis de la institución “familia”. Cualquiera sean las causas, los hombres parecen haber quedado algo huérfanos en el ámbito de aplicación de su forma de dar y recibir amor. Las interrelaciones personales de amor son generalmente turbulentas, dado que son dirigidas a muy pocas personas e interviene la pasión, y nos pueden dar satisfacciones o una gran desazón. Por ello el ingreso del amor de carácter universal, dirigido no a una o a algunas personas sino a un conjunto de personas unidas fraternalmente, podrá otorgar al ser humano un refugio seguro, mucho más calmo, tenue y suave sin que ello implique la pérdida del amor personal o familiar.
Por ello hacer operativo el amor humano en política, amén de construir el Bien Común, ayudaría a avanzar firmemente en la construcción de refugios emotivos para los seres humanos que sienten necesidad de ayudar y brindarse.
Por otra parte, no podemos dejar de mencionar que, generalmente, pareciera que por arte de magia aquellos iniciales dadores de ayuda o afecto solidario terminan siendo receptores de más amor del que dan e imaginaban recibir… Tal vez, el que pretendía ser salvador termina siendo salvado. Esa es la mano invisible del amor humano.
Si lo potenciamos, lo hacemos operar en forma sistémica en la realidad concreta y si lo resguardamos, estaríamos en los umbrales de la REVOLUCION DEL AMOR OPERATIVO.
LA CRISIS DE LA CIENCIA POLÍTICA:
Ya hemos expuesto que vamos a transitar nuestro camino basados en especulaciones filosóficas. La pregunta es ¿cómo podemos conformar una nueva mirada filosófica sobre la política, si ya existe una ciencia que debe establecer cuales son los principios científicos sobre la materia? Para clarificar la cuestión, es necesario hacer un aparte e indicar en qué situación se encuentra la ciencia política hoy.
Es evidente que la construcción de un conocimiento procede por ensayo y error, se reconoce y se sustenta entonces en el principio de la falibilidad, que sostiene que el conocimiento humano nunca es absoluto y se encuentra en flujo constante, aceptando y rechazando ideas o hechos nuevos. El grave riesgo de las ciencias es que parten de un paradigma generalmente aceptado por una cultura y una época determinada. Entonces, cuando este paradigma es errado y no se lo cuestiona, puede convertirse en un dogma. Deja de ser ciencia para pasar a ser una pseudociencia. Esa consideramos que es la realidad actual de la ciencia política.
Prueba de ello es que los cientistas políticos no nos procuran los principios rectores o las leyes de funcionamiento de la política para salir del atolladero actual, y también son extraños a la función y ostentación real del poder político. En cambio los economistas sí nos brindan las herramientas de desempeño económico, y son los convocados a la función pública. Es evidente que algo sucede.
Creemos que existe una grave crisis de la ciencia política, reconocida por sus propios miembros. Hasta se ha llegado a hablar de “la muerte de la ciencia política” (6), atiborrada de estadísticas y consideraciones ideológicas, y sobre formas de gobierno diversas, pero sin respuesta alguna a los seres humanos acerca de cómo construir el Bien Común, bien último y final de la política.
En teoría, el nudo gordiano de la cuestión es que se ha errado en la elección de los paradigmas sujetos a estudio.
Pienso que el único paradigma a considerar es el centro nuclear y destinatario de la realidad política: el ser humano. Sin esa mirada antropológica ¿cómo podemos imaginar un sistema político sin saber a ciencia cierta con qué cuentan y cómo son los seres humanos -sus instintos básicos y su condición humana- ya que son los únicos protagonistas y destinatarios?
Es por ello, que consideramos que el camino a recorrer es de la ciencia política a la filosofía política. Deberíamos dar de nuevo, volver a las fuentes y entender que la filosofía es el telón de fondo del conocimiento, el a priori de la ciencia. Esta concepción no es nueva, ni propia. Fue así para la filosofía política clásica, que siempre consideró al hombre como el centro de su estudio. Aristóteles, Maquiavelo, Toqueville, Rousseau son pruebas elocuentes. La eterna pregunta ¿cómo son los hombres?, aún está sin respuesta. Sólo con una teoría acerca de esa respuesta podríamos intentar diseñar una estructuración política, no ideal, sino real y natural, en pos de la única e incuestionable meta colectiva, construir el Bien Común.
En resumen, la ciencia política no nos da señales de vida. Por no haber desarrollado leyes científicas pareciera que es una ciencia extraviada, perdida. Paradójicamente -o no tanto- esta desorientación de la ciencia política resulta ser funcional “al político real” que, al no verse atado por ninguna ley científica, continúa actuando sin limitante alguno y persiguiendo los fines de siempre: lograr y acrecentar el poder a su máxima expresión.
No entender las reglas propias del juego de poder, como vemos, nos ha llevado a muchas de las actuales situaciones de pobreza, desigualdad, falta de educación, desorientación. En algunos lamentables casos llegamos al extremo -con algún grado de inconciencia- y entregamos el poder sin control, generando así el caldo de cultivo necesario para direccionar las conductas de la gente, dando más posibilidades al poder para actuar sin limitantes y con los fines de siempre. El poder sin control, en algunas ocasiones, procede creando fábricas de pobres que devienen, por una mísera gota de ayuda oficial, en clientes políticos del poder de turno que por esa vía logra perpetuarse indefinidamente.
LA CRISIS DE LA FILOSOFIA POLITICA
Es hora de ocuparnos de la filosofía política. Aun cuando quizá sería exagerado hablar de crisis, lo cierto es que habiendo hecho mención de la problemática que enmarca a la ciencia política, la filosofía hoy no está exenta de ciertos cuestionamientos o problemas que pesan sobre sus espaldas, y que provocan que tampoco provea herramientas concretas para construir bien común.
El primero que se le achaca a la filosofía política es generalmente su falta de pragmatismo y aplicación en la realidad concreta. Hay cierta consideración general de que hacer filosofía sería un pasatiempo de pensadores, cuya confrontación intelectual no hace que el resultado del debate tenga aplicación pragmática en el mundo real.
El segundo de los problemas es que abocarse a hacer filosofía en estos tiempos parece estar exclusivamente dirigido a la dedicación -en algunos casos al extremo- del estudio de las distintas ideas de los filósofos universales. Es cierto que su conocimiento resulta indispensable, pero no es comprensible que se postergue o se deje de lado la real función del filósofo, que no es otra que la de “hacer filosofía”. Consideramos entonces, que se debiera pensar o “enseñar a pensar” filosóficamente en pos de un futuro mejor. Única forma de obtener las herramientas necesarias para el logro del bien común.
El tercer problema, es que teniendo en consideración la obra de los clásicos hay un convencimiento general de que no habría nada “nuevo” por decir o que no existe algún aspecto humano que no se haya tenido en cuenta en las construcciones filosóficas políticas. Sin embargo, aun desde el atalaya del propio legado de los más grandes pensadores de la humanidad, se advierte otra cosa muy distinta, ya que la realidad de nuestras sociedades nos supera, su problemática nos lastima, y las visiones filosóficas no han alcanzado aún a determinar cuáles son los materiales y las herramientas más idóneos para construir concretamente y en los hechos el bien común.
El cuarto problema, en relación con el anterior, es que no se ha considerado en términos filosófico-políticos al “Amor” como un aspecto a tener en cuenta, siendo éste parte inalterable de la condición humana. Ya hemos puesto de manifiesto que pareciera que hay una tendencia contraria a considerar la condición antropológica del hombre como elemento central a tener en estudio, a partir del cual se estructure políticamente la sociedad. Entonces, si un aspecto o condición tan importante del hombre no ha tenido la identidad necesaria, cualquier resultado o consideración filosófica final acerca de su naturaleza o estructuración política -que de ella debieran derivar- devendrá incompleta.
Por lo expuesto, resulta necesario para el cometido de esta obra intentar vislumbrar las posibles maneras de zanjar o superar las distintas problemáticas ya planteadas.
En ese camino, entonces, nos arriesgaremos a exponer una visión absolutamente renovadora, antropológica y sistémica de aplicación práctica cuyo centro es el estudio del amor como herramienta o material indispensable para construir el bien común. Para poder transitarlo, debemos hacer previamente un breve desarrollo de los argumentos que dan fundamento a lo que hemos afirmado.
En primer lugar -como ya lo hemos anunciado- esta obra tiene una primera parte nítidamente filosófica, y una segunda parte en que se encuentra desarrollada la explicación práctica de los modos de aplicar esos fundamentos filosóficos en la realidad concreta de hoy para el logro del fin último buscado, que no es otro que construir el bien común. En resumen, en forma íntegra, se ocupa de la aplicación de lo expuesto filosóficamente y en forma especulativa, demostrando en los hechos cómo el amor opera en la realidad más objetiva y tangible para que sirva y colabore conformando una herramienta sólida para construir un mundo mejor. En su momento nos sorprenderá lo poco que falta para llegar a que su utilización resulte idealmente efectiva.
En segundo lugar la presente obra parte del conocimiento acumulado de los filósofos que han enmarcado el pensamiento universal: justamente en honor a éste, nuestro objetivo es seguir en el camino por ellos transitado, es decir, seguir “haciendo” filosofía política para acercarnos a aquella verdad última, tal vez inalcanzable, que nos conduzca decididamente al bien común. Y de esto se trata este libro.
En tercer lugar -y por último-, lo expuesto en el tercer y cuarto problema nos exigirá mayor desarrollo, para lo cual deberemos inevitablemente reducir en forma drástica dos milenios de pensamiento filosófico en unas pocas líneas con el fin de intentar colocar al “Amor” dentro de los postulados filosóficos políticos con un objetivo tan simple y poderoso como el de lograr “completar” al hombre y, por esa vía, hacer más ecuánime y eficaz la estructuración política de las sociedades que estos conforman.
Haciendo una apretadísima síntesis, debiéramos remarcar que, por naturaleza, la historia del hombre ha sido de lucha y conquista, impulsada por intereses o por poder. Ello conllevó en innumerables oportunidades a una aplicación excesiva del egoísmo humano a tal punto que podía no dudarse o trepidar al sesgar, manipular o esclavizar vidas humanas en pos de ellos. La historia de la humanidad da cuenta de esto.
El objetivo de la filosofía política sería, entonces, superar esa cruda realidad encontrando los materiales necesarios para construir el bien de todos, que no es otra cosa que hallar los elementos necesarios para que el hombre pueda “hacer lo correcto, lo justo, lo moral, lo ético y por ende, lo virtuoso” con el fin de convivir en paz y armonía, en pos de bien común.
En los orígenes de las ideas políticas, se partía de una concepción en la cual la guía que nos acercaba a la virtud o lo correcto devenía de algo fuera del hombre mismo. Así se planteó que debíamos recurrir a los mandatos de la naturaleza, que eran inmutables, absolutos e imperturbables. Esos mandatos como materiales o herramientas para construir un mundo mejor “nos venían dados”. Una suerte de reglamento interno que le era entregado al hombre, y que se encontraría en la matriz esencial de cada existencia humana. Aristóteles (7) cuando nos hablaba de la virtud sostenía que era una predisposición del alma. Luego, y en esa misma línea, por muchos siglos se consideró que esos principios inmutables nos eran heredados por el mismísimo Dios y los descubríamos por intermedio de la razón. Así es como San Agustín (8) nos decía que es el alma lo que contiene las normas divinas, es decir que lo bueno estaría innato en el hombre. Alcanzable en mérito a “la recta razón”.
Fue Kant (9) el que puso una bisagra en el pensamiento político y dejó de buscar la virtud fuera del hombre -es decir que ésta ya no devendría de la naturaleza o de Dios-, sosteniendo que es la razón pura desde donde podemos llegar a determinar con certeza qué es lo correcto o el “deber ser”. Por ello desde la moral Kantiana y en base a sus tres imperativos categóricos, parecía haberse solucionado el dilema. En resumen, habíamos encontrado el material necesario para construir la virtud personal y la virtud pública. Sería entonces la razón el camino seguro hacia el bien común.
Inmediatamente después, fue Hegel (10), el que aun receptando la moralidad Kantiana, la consideró insuficiente. Y es entonces cuando separa la “Moral” de la “Ética”. La moral nos indicaría entonces qué conductas son aceptables, y la ética, elegiría cuál es la correcta entre esas conductas. Aun así, Hegel, para hacer funcionar su consideración ética, debe recurrir ya no a la razón pura, sino a ciertas concepciones históricas, usos y costumbres. Su visión sistémica abrevaría en la historia para saber qué es lo correcto.
Los filósofos modernos siguieron en general alternando con esas visiones, tanto Kantianas como Hegelianas, pero con matices propios. El que considero digno de destacar es el esfuerzo contemporáneo de John Rawls (11), quien en su teoría de la justicia imagina que el hombre sólo puede llegar a instituciones justas, o determinar qué es lo justo, si puede elegir mediante un velo de ignorancia. En resumen, propone que si los hombres no supieran o no tuvieran en cuenta cuál es su rol en la sociedad podrían conformar un armado de instituciones más justo, sin prebendas ni privilegios, que no devendría así, si cada uno fuera consciente de su situación y tratara de favorecerse en relación a ella. Desde nuestra simple consideración, lo que intentaba evitar Rawls es que el egoísmo humano se inmiscuyera e imposibilitase de esta manera la decisión justa, en pos de una decisión conveniente para provecho propio.
Este es un brevísimo resumen histórico de la búsqueda de los materiales o herramientas para alcanzar el bien común e individual. En principio estas consideraciones estuvieron direccionadas a normas que nos da la naturaleza, o las que nos dispone Dios, o bien a las que llegamos en uso de nuestra razón, con algún componente histórico, para determinar lo correcto, lo virtuoso, lo justo, lo ético.
Nuestra mirada es otra. Amén de sostener -al igual que muchos otros- que el hombre viene al mundo sin nada dado, lo altamente renovador es la afirmación de que el único material que genera virtud per se, es el amor humano. Material éste innato con el que han contado todos y cada uno de los hombres de todas las épocas, todas las culturas y todas las realidades.
En verdad, afirmar lo dicho no implica estar en desacuerdo por lo sostenido durante siglos por los pensadores clásicos que mencionamos. No olvidemos que esos grandes filósofos vivieron y se ocuparon de su época. El amor romántico, de esas épocas, era mal visto, poco científico, volátil, manipulable, no parecía digno de operar en la política. La actualidad nos arroja un panorama completamente distinto. El amor se hace presente en la realidad política y es ahora cuando tenemos que pensarla y es ésa nuestra obligación… hacer filosofía y repensar la realidad actual.
El nudo gordiano de toda nuestra teorización, es en principio sostener que el amor es el material humano más apto para construir la virtud y el bien, y para saber qué es lo correcto, pero en forma amalgamada con la razón. ¿Sería esto ir a contramano de todos los pensadores clásicos? Creemos que no, veamos:
¿Quién puede afirmar que no es justamente el amor el elemento del que Dios nos ha provisto para descubrir la virtud…? ¿O bien que el amor del hombre no sea el material que la naturaleza nos ha entregado para ser mejores y ver lo correcto?
Por otra parte, la razón pura a la cual se alude para calcular lo correcto o el bien, debe estar obligadamente amalgamada con el amor. Justamente eso es lo que la convierte en más humana. Y de eso se trata. Sin desperdiciar la gran enseñanza que nos entrega la historia, sería impensable considerar que desde la razón y la lógica del frío cálculo propio de una computadora, o desde el razonamiento de un total egoísmo, se obtenga nada satisfactorio. Pensemos, ¿qué tipo de norma correcta o con tendencia al bien nos entregarían?
Como sostuvimos, los hombres vienen al mundo sin ningún código ni norma. De hecho muchísimos jamás hacen el bien, ni siquiera lo moralmente correcto. Por eso creemos que “es el amor”, conjuntamente con la razón, el material humano más ético y moral al cual recurrir en la construcción del bien común. Si el hombre no utiliza el amor ínsito en él, difícilmente logrará beneficiar a otra persona que no sea a sí mismo.
Obviamente, la incorporación del amor humano dentro de las construcciones filosóficas políticas, deviene de la simple apreciación de la realidad actual. Jamás en los distintos países del mundo, y al unísono, se apreció como ahora una revolución solidaria a nivel planetario, y una potentísima actividad de la sociedad civil activa en pos del bien común. Pensemos. No existe poder, tradición, doctrina, creencia, costumbre u organización que pueda lograr similar y simultáneo movimiento de tal envergadura en el mundo entero. Entonces, evidentemente es una cuestión humana…
Es el amor que siempre ha existido, pero ahora, como veremos, nítidamente evolucionado. En los primeros tiempos, por épocas, primó el egoísmo descarnado, y hubo tiempos muy oscuros. Luego vino el “reinado de la razón”. En estas últimas épocas, el egoísmo y la razón, sobre todo en occidente, eran lo único con que contábamos. Ahora, pareciera que es tiempo del amor -porque estamos constituidos de amor-. Pero no de cualquier amor -como veremos luego-. Todo cambia… Todo evoluciona… lo ha hecho el egoísmo, pasando por el individualismo y el interés bien entendido –como bien nos indicó Tocqueville (12)- y lo ha hecho la razón. El amor también evoluciona… y es un arte, como nos decía Erich Fromm (13). Lo mismo pasa con el mundo y con el hombre que está evolucionando, se está dando cuenta de que sólo va estar mejor y completo, si da amor. Y de eso se trata. Eso es amor operativo, porque opera en la realidad política concreta y social de todos los días y en todo lugar. Porque esto sucede en todo el mundo. Es el amor el que nos llevará a lo mejor del hombre y la sociedad.
En cierto sentido, considero que el amor es la fuerza más importante del mundo, que el amor nos rodea, nos invade, nos supera. Por supuesto esta opinión puede no ser compartida. Ahora bien, aun cuando no se comparta, ¿quién puede afirmar que el amor no forma parte del hombre? ¿Quién puede sostener que el amor le es ajeno? Y es allí donde pareciera que no podemos no incluir el amor en las consideraciones filosófico-políticas. Entonces, si vamos a hacer política, tomemos al hombre en su totalidad, en su completud. De no hacerlo así, todo lo que hagamos será parcial y destinado a no servir en demasía, algo bastante parecido a lo que nos pasa. ¿No lo cree así?
Muy lejos estamos de un mero presentimiento romántico. La verdad es que hoy hay mucha más gente buena y virtuosa de lo que imaginamos, tal vez escondida y resguardada de los males de la época. Lo que intentaremos en proponer un sendero, un camino, para que puedan expresarse, aglutinarse y por esa vía completarse como la fuerza más poderosa y amorosa del mundo.
Claro que por el simple hecho de que lo expuesto importe un cambio rotundo, será materia de cuestionamientos, ya que no son aceptados los cambios, aun cuando estos nos hacen superar las crisis y hacen evolucionar al hombre. Como también, en la sociedad de hoy, será considerado como propio de un “soñador” todo lo que tenga que ver con la aplicación del amor: pero la realidad, habla de actividades llevadas a cabo en el mundo por cientos de millones de personas, con un despliegue y una presencia nunca vista antes en la historia de la humanidad.
Si esto es soñar. Bienvenidos sean los sueños y las utopías.
Debo confesarles que una de las razones que me motivó a escribir esta obra, fue un breve diálogo que tuve con un desconocido en un ascensor durante un viaje de cinco pisos. Conversando sobre los problemas de nuestra sociedad, antes de bajarse el hombre me confesó: “¿Sabe señor?, hago lo que puedo… yo soy todo lo bueno que esta sociedad me deja ser”.
Entonces, queridos amigos, será tiempo de que nos “dejen ser” procurándonos las herramientas para que esta sociedad no pueda inhabilitarnos o limitarnos, y por esa vía, “ser” completos.
Erich Fromm (14), en su obra El arte de amar, manifiesta: “cualquier teoría del amor debe comenzar con una teoría del hombre, de la existencia humana”. Es por ello que previo a considerar desarrollar nuestra teorización sobre el amor, debemos intentar contestar aquella ancestral pregunta de la filosofía política. Dibujar teóricamente la condición humana, no sólo es necesario sino indispensable, ya que, como bien afirmaba Maquiavelo, no deviene un pasatiempo de filósofos, sino es el requisito indispensable para obrar con éxito en el campo de la política. Al contestar la ancestral pregunta ¿cómo somos los hombres?, podremos organizar o estructurar políticamente una sociedad de seres humanos.
Hablaremos entonces de la matriz básica del hombre, sus instintos y potencialidades inmanentes y de nuestra visión teórica de la condición humana.
Maquiavelo (15) con su obra El Príncipe transparentó y dio a conocer aquellas reglas del poder descarnado, no muy bien vistas de por cierto, pero efectivamente conducentes para lograrlo o mantenerlo, y acrecentarlo. Las creaciones humanas, llámense el sistema democrático, la república, la institucionalización de la organización política constitucional, el reconocimiento de derechos inalienables del hombre, parecieran ser el remedio ante tales situaciones. En realidad dentro de cada una de esas creaciones sigue latiendo lo único natural, irrefrenable e inalterable: El PODER, que sigue funcionando entre sus pliegues con los fines de siempre pero con herramientas más sutiles y no tan evidentes.
Las concepciones maquiavélicas aún vigentes no tienen como objetivo lograr políticamente el Bien Común. Para alcanzarlo habrá que apelar a descubrir nuevas reglas para jugar ese juego antiguo, pero ahora poniendo la proa en forma excluyente en su construcción. Para ello esbozaremos una teoría del hombre que compone una visión filosófica sistémica nítidamente antropológica fundamentada en un conjunto de reglas naturales del hombre que tenemos que reaprender, ya que siempre han sido y serán parte de la más básica esencia humana.
Si no podemos entenderlo así, es evidente que como sociedad -aquella mayoría que obedece- jamás podremos jugar bien el juego propio de la vida política humana, y sin duda perderemos ante aquellos rivales mejor preparados y con más conocimiento de las reglas: El Poder. Reiteramos lo obvio: conociendo las reglas podés jugar y podés ganar, ergo, alcanzar mayor Bien Común. Si no es así… perder es la única opción. Hay muchas sociedades que atestiguan lo expuesto.
Para dar inicio a este camino tenemos dos etapas: Primero determinar si la idea de condición humana nos determina o nos permite la evolución. La segunda, es desentrañar cómo es nuestra naturaleza.
Y ahora sí, para empezar con la primera etapa, directamente preguntarnos: ¿la naturaleza es permanente o puede modificarse?
Maquiavelo (16) afirmaba que el hombre y sus sociedades, en el pasado, presente o futuro, han estado animados por los mismos deseos y humores. Aun así, es evidente que históricamente se ha constatado una evolución. Es Aristóteles (17) quien enuncia la concepción de su naturaleza, e indica que ésta dependía de sus potencialidades básicas. Lo graficaba con el ejemplo de la semilla, que en tal estado ostentaba potencialidades intrínsecas que sólo podían desarrollarse si las condiciones externas eran adecuadas (tierra fértil, riego, etc.). Entonces una bellota se convertiría en un bello roble, y es allí cómo desarrollaba todo su potencial. Aplicaba ese ejemplo al hombre primordial que de mantenerse en grupos cerrados o familiares sólo desarrollaría sus necesidades básicas de alimento, seguridad y sexo. Por ello necesitaba “la polis” -como condición externa- y la cercanía de otros y de su cultura para desarrollar su naturaleza más elevada. Para Aristóteles (18) las potencialidades básicas se apropian de las condiciones externas para desarrollarse.
Daría la impresión entonces, siguiendo a Aristóteles, de que hay potencialidades básicas inmodificables, que con el juego de la vida y condiciones externas pueden elevarse y evolucionar. Es decir que siendo como somos podemos ser mejores.
¿Para que nos sirve definir estos conceptos? Es sin duda trascendente. Si supiéramos cuáles son las potencialidades básicas de los hombres, y tuviéramos en mente cuál sería el mejor estado de la sociedad (es decir con mayor acercamiento al Bien Común), ¿podríamos facilitar las condiciones externas para que las potencialidades básicas tengan los elementos necesarios para desarrollarse, evolucionar y alcanzar el ansiado Bien Común?
En resumen, si supiéramos cuáles son las potencialidades o dimensiones básicas del hombre -que se suponen iguales en todo tiempo, cultura y tradición- podríamos incentivar las más importantes y necesarias (el amor por ejemplo), otorgándoles las condiciones externas vitales para que desarrollen su naturaleza más elevada y por ese camino alcanzar el mayor grado de Bien Común, que consideramos el fin último de la política. La segunda etapa, entonces, es intentar saber cuáles son esas potencialidades básicas y desentrañar cómo es la condición humana.
Siglos de disquisiciones filosóficas han intentado dar respuesta, y obtuvieron las más variadas miradas sobre la naturaleza humana, aunque generalmente sostuvieron una unicidad de criterios. Algunos afirmaban que el hombre era un ser social -Aristóteles-, o bien un ser egoísta -Hobbes-, como también que su naturaleza era racional -Kant-, o al contrario: el hombre era nítidamente irracional -Pareto (19)-.
Considero que ninguno de ellos se equivoca, aunque estas miradas parezcan contradictorias. Además ¿en realidad el hombre que conocemos es tan simple como para caracterizarse de una unicidad que lo determine? Pienso que el hombre históricamente hablando es mucho más complejo, por eso y para zanjar esa aparente dicotomía o contradicción, planteamos nuestra teoría:
El hombre vive en constante dualidad, en lo que determinamos como opuestos, que parecieran complementarse. El hombre vive entre términos que generan permanente tensión: bueno-malo, noche-día, hombre-mujer, sujeto-objeto, lindo-feo. Ahora bien, la naturaleza del hombre tiene a su vez dos dualidades irreductibles como potencialidades básicas (parafraseando a Aristóteles). Éstas son: por un lado el egoísmo, en tensión con El Amor al otro. Y por el otro, lo racional confrontado con lo irracional, que algunos consideran que conforma lo aparentemente razonable y motoriza el sentido común. Ejemplo más evidente es el propio cerebro humano, que está compuesto de dos hemisferios que se complementan. El hombre sólo puede vivir pleno y completo si ambos funcionan amalgamadamente (20).
A su vez los términos de las dos dualidades se encuentran entre sí en permanente tensión y son inseparables y por ello, “amalgamados”, forman un único espíritu humano.
En ese caldo de cultivo es donde impacta la cultura del hombre: todo el bagaje de conocimientos, valores, tradiciones y creencias humanas que obviamente lo modifican, determinan o liberan según el caso. Esa tensión permanente e inseparable es la causa de la evolución y el cambio indefinido. Todos los hombres, para resumir, tienen las mismas potencialidades básicas, pero por su naturaleza están en permanente evolución en consecuencia a sus tensiones internas (21).
A esta complejidad hay que sumar la conducta humana: conjunto de actividades o reacciones adaptativas a los estímulos del exterior. Esos estímulos no sólo resultan de la interacción con las demás personas que componen la humanidad y los actos o hechos que ésta produce, sino que también provienen de la naturaleza que nos vino dada (22). Podemos sumarle a esto todo lo creado o inventado por el hombre. Ante ello el hombre, parafraseando a Gary Becker (23), en pos de su búsqueda y necesidades tiene deseos en principio ilimitados: nos interesamos por casi todo, somos evaluadores, pero valoramos distinto. No sólo sucede así con cada persona, sino que la misma persona evalúa distinto con el paso del tiempo y por ende estamos dispuestos a hacer sustituciones, somos maximizadores, pretendemos tener más que menos y, fundamentalmente, somos imaginativos y creativos para expandir nuestras posibilidades.
Amen de todo esto, tenemos una vida interna que no siempre trasuntamos o hacemos pública en nuestras exteriorizaciones sociales, como ser la palabra o los actos que pueden no representar lo que sentimos o pensamos íntimamente. En resumen, somos las criaturas con mayor capacidad de hipocresía y ocultamiento: mentimos, omitimos o teatralizamos nuestros sentimientos, capacidades o pensamientos. Ese poder de engaño complejiza a su máxima potencia la vida social y política del ser humano.
Ahora bien, para relacionar estos elementos hemos hecho una somera revista a nuestra teoría de la condición humana y delineado sus potencialidades básicas en permanente tensión o amalgama. Hemos expuesto la especial conducta humana indispensable para tener en cuenta en teorizaciones políticas o sociales, y en principio definimos que nuestra condición humana, por el juego de aquellas potencialidades básicas, es modificable y por ende evolutiva.
¿Para qué nos sirven estas conceptualizaciones?
Para contestar esta pregunta debemos entonces retroceder a aquella consideración ya mencionada: si supiéramos cuáles son las potencialidades básicas de un hombre, podríamos facilitar las condiciones externas para que esas potencialidades tengan los elementos necesarios para desarrollarse.
Veamos por ejemplo lo que ocurrió con el egoísmo humano. Desde hace siglos fue creado el mercado teniendo como elemento central el interés de lucro: se le dio un marco, se lo potenció y ello generó una acumulación de riqueza hasta ahora nunca vista en la historia de la humanidad, aun cuando no ha sido ni es distribuida equitativamente. Sin embargo, aunque haya mucho para corregir, resultó un camino hacia la construcción del Bien Común. En resumen, hemos utilizado el egoísmo humano sistémicamente, aunque con exceso.
¿Qué deberíamos hacer para contrarrestar esta situación siguiendo los postulados ya mencionados? Sostenemos que para maximizar el Bien Común deberíamos evolucionar y otorgar el marco y las condiciones externas para que desarrolle, crezca y madure la otra potencialidad básica, que justamente tensione con el egoísmo… EL AMOR HUMANO… y que ésta tienda directa y geométricamente hacia el Bien Común.
Esto no es caprichoso, es hacerse eco del mismo sistema que late en cada alma o corazón humano, y de eso se trata, generar una sociedad humana que espeje y esté basada en las herramientas y potencialidades básicas de cada uno de sus miembros estrellas… cada hombre y mujer que vive sobre la tierra. De nada vale hacer construcciones imaginarias donde sólo vivan seres imaginarios.
Sin duda falta AMOR en el sistema…y de eso se trata este ensayo: de cómo inyectar virtud, es decir AMOR, para que sistémicamente se tienda al Bien Común, y no esperar infantilmente la llegada del rey bueno. Para ello debemos reaprender estas reglas -que se completan haciendo un estudio de qué es el poder y la democracia, como veremos en capítulos posteriores- para jugar el viejo juego, ahora sí viajando hacia el bienestar general, y sin escalas.
Ahora aboquémonos a ir más allá, hablemos de cómo el ser humano no se completa sin su comunidad. Desde esta afirmación podremos ver el fundamento antropológico de la búsqueda del Bien Común.
EL SER COMUNITARIO Y SU BÚSQUEDA
DEL BIEN COMÚN
El ser humano, como vimos, es un ser social, de la misma forma que la gran mayoría de los animales de esta tierra, pero el concepto que nos interesa desde la política no es meramente el de especie: nos importa el humano tal como lo conocemos. Ése es el centro del estudio.
Comparto la idea de que existe una confusión en creer que uno es persona sin la concurrencia del otro. El hombre no es solamente un ser social, es mucho más y es allí donde el Bien Común es su fin insoslayable. Veamos:
No sólo trata de estar con otros, sino también de ser con los otros, eso lo convierte en un ser comunitario. El hombre es más que un ser social, es un ser comunitario, ya que sólo puede ser “humano” con los otros. Basta imaginar qué sería de un ser humano que nazca y crezca sin compañía alguna, sin cultura ni costumbre.
De esa simple constatación con la verdad histórica se desprende la vital importancia del bienestar general, y no como lindo adorno en los discursos o declaraciones humanas, sino como búsqueda necesaria permanente y concreta.
Actualmente la confusión de creer que uno es persona completa sin dar amor maduro al otro, deriva del endiosamiento del individualismo y la búsqueda única (frenética) del placer personal como paliativo -sea sexo, dinero, fama o poder-, en ocasiones provocada directa o indirectamente por doctrinas políticas y económicas en boga en estas ultimas décadas con alguna complicidad de las altas esferas políticas, ya que tal situación le es conveniente a sus fines de siempre.
El hombre es un ser social y comunitario:
éste es el fundamento antropológico del Bien Común,
ya que por naturaleza tiende a lograr el bienestar
de su comunidad.
El Bien Común es entonces el modo humano de vivir, el modo natural de vivir. ¿Por qué entonces, se vive tan mal? Porque el hombre va en contra de su naturaleza. Existe un creciente egocentrismo, late la indolencia, indiferencia, digresión: vivimos épocas de mantenimiento del endiosamiento del yo, del egoísmo como único motor y futuro del ser humano. Todo ello implica una honda estafa. Habrá entonces que apelar a la razón y sincerarse. El hombre pretende ser feliz solo, tener únicamente placer. Está solo y espera sin esperanza una utopía… He aquí donde hay que hacer un cambio cultural y poner a la cultura en línea con la condición o naturaleza humana en búsqueda del bien comunitario.
En estos días de severa crisis tanto de ideas como de valores tal vez debamos hacer un cambio de eje. En estos momentos se gesta la política del futuro. La sociedad y nosotros estamos prisioneros de esta coyuntura.
¿Esto implica que todos tendríamos que ser comunitarios y luchar por el Bien Común? No, eso sería un utopismo, un modo infantil de ver la política. Lo que sería conveniente es procurar los marcos dentro de los cuales cada hombre pueda decidir entre vivir en base a su placer individual o trabajar por su comunidad, o elegir ambas opciones a la vez.
Observemos que es evidente que el materialismo no responde per se a la verdad intrínseca del hombre. En realidad el egoísmo no completa ni responde a esa verdad, observamos que la virtud, el amor y la solidaridad, no sólo profundizan el tejido social, sino que también lo tejen. En resumen, el amor completa al hombre porque nos hace vivir en perfecta armonía comunitaria sin perder un ápice de su loable individualidad. La concepción evolucionada del hombre no es ser iguales, sino tratarse como iguales, porque justamente eso es lo que produce el amor fraternal. Nos iguala amorosamente, aunque las desigualdades reales resulten de orden natural y por naturaleza no puedan igualarse. Por ejemplo, si por acto de magia pudiera igualarse a las personas en su condición económica -por citar una posibilidad- el individualismo que late en cada una de ellas volvería en el tiempo a crear las mismas desigualdades que ínsitamente cada ser humano detente.
Es evidente que esta tensión amalgámica de las potencialidades básicas del hombre crea esta mutua dependencia, ya que sólo la comunidad brinda el sentido de individualidad de los individuos, pero también opuestamente sólo la reconocida individualidad de los individuos brinda el sentido de comunidad.
Ésta es la diferencia entre lo comunitario y la visión colectivista de décadas pasadas. La concepción política del “hombre masa” en la que el hombre deja de ser individuo humano, se pierde en lo colectivo, pasa a ser un simple engranaje en una máquina.
Debemos volver a la cultura de la comunidad. No es posible vivir sin ella. La historia de la humanidad da un ejemplo aplastante del que deviene la única forma de vida que puede considerarse plena para los seres humanos, una vuelta a su más intima e intrínseca condición. Si fuera así la política devendría en su real sentido -que no es el actual-:
La digna e indispensable tarea de darse al Bien Común.
Sólo el amor no tiene fin para la esperanza y la plenitud, pero esto no significa bajo ningún punto de vista negar o renegar del egoísmo humano, potencialidad básica del hombre, sino razonablemente vivir con él, unidos.
Sabido que el instinto primario es el egoísmo, para pensar en la evolución del hombre habría que tener en cuenta sus potencialidades más elevadas. ¿Qué nos falta para completarnos y evolucionar? Hablamos obviamente de hacer operativo el amor humano en la vida de comunidad… ése que nos rodea, nos inunda, nos envuelve… En ese camino no cuestionamos ni las ideologías ni los sistemas económicos, claras invenciones humanas, por ende en un escalón inferior… El hecho concreto es que si apelamos al amor humano como potencialidad más elevada, en especial al amor fraterno -creando un sistema virtuoso que conviva con los otros dos de matriz egoísta: económico y político-, sin duda se conllevaría a un mayor equilibrio macropolítico y a la postre a la evolución del hombre en marcha.
Erich Fromm (24), trató el tema del amor con un criterio científico, encontrando aquellas reglas que lo definen. He allí su gran contribución al conocimiento humano. Compartimos plenamente su visión, en la cual manifiesta que el amor en el hombre excede los límites instintivos básicos de cualquier animal, dado que posee la razón. Eso implica que es consiente de sí mismo, de su vida, pasado, presente, posibilidades futuras y de los otros, lo cual lo hace único. Esto reafirmaría nuestra teorización acerca de aquella amalgama tensionante entre el amor y la razón.
Continúa exponiendo Fromm que esa conciencia le anoticia al hombre de su separatividad y de su desvalidez ante las fuerzas de la naturaleza. Esa existencia separada, desunida y en soledad, es una insoportable prisión que podría volverlo loco si no extiende su mano para unirse de una u otra forma con los demás hombres en el mundo exterior. Esa separatividad y la soledad que ésta genera es la fuente de toda angustia. El hombre de todas las edades y culturas enfrenta ese problema básico: cómo escapar o superar esa separatividad. Las formas a las que ha recurrido han sido innumerables: conquistas militares, complacencia en la lujuria, renunciamiento ascético, unión orgásmica, trabajo obsesivo, alcohol, drogas y creación artística, que podríamos traducir en búsqueda de fama, bienes materiales, endiosamiento del placer individual, entre otros. Ahora bien, la forma más interesante para el trabajo que nos convoca es la conformidad o formación de un grupo. En occidente, sostiene Fromm, la unión con el grupo es la forma predominante de superar la separatividad. Pertenecer al rebaño. Si me adapto a las costumbres, si no pienso ni siento diferente, estoy salvado de la terrible experiencia de la soledad. Se vive en la ilusión de ser individualistas, pero las ideas generalmente se comulgan con las de todos. El poder del miedo a ser diferente y estar alejado, aunque sea unos pasos del rebaño, puede ser paralizante. La unión por la conformidad no es intensa ni violenta, es calma, dictada por la rutina. En realidad, resume Fromm, todos son remedios o soluciones parciales.
La solución plena para superar la separatividad es el amor al otro, en sus distintas formas e intensidades. El amor es una actividad continuada y es fundamentalmente dar y no recibir. Pero dar no significa sacrificarse, ni tampoco estar dispuesto a dar solamente para recibir. Para Fromm, dar posee un significado distinto: en el acto de dar se experimenta fuerza, riqueza y poder. Vitalidad pura que produce dicha. Dar produce más felicidad que recibir. Por ello para Fromm el amar es un arte, porque la persona ha superado la dependencia, la omnipotencia narcisista.
Estar con el otro, ya no por necesidad, ni por interés, es lo que llamamos el amor maduro, y darlo completa al hombre y por ello su satisfacción y necesidad.
Desde nuestro objetivo, Fromm nos ha enseñado varias cosas, a saber:
– Que el ser humano no está completo ni pleno sin amar. Existe una necesidad universal y existencial de unión entre los hombres. .
– Que amar es un arte, que tiende a la evolución y a la superación.
– Que la separatividad original es paliada principalmente en lo social y político con la conformidad con el grupo. Ello genera una necesidad social que provoca que la gente esté predispuesta a someterse aún más de lo que se le exige o imaginamos. En buen romance, una fenomenal herramienta en manos del poder, que utiliza esa necesidad social de pertenecer y puede dominar al individuo.
Esta conceptualización de Fromm no es la que ha impactado fuertemente en el imaginario colectivo. En general existe una idea de ver al amor como algo que pertenece al área privada de cada uno, asociándolo con el romanticismo y por ende se presupone que amar te hace ingenuo, vulnerable, débil, y de carácter lábil. Por ese camino se cuestiona la fogosidad o ingenuidad del amor humano, que nos hace perder la cordura, la atención a los dictados de la razón y nos vuelve muy propensos a ser manejados, manipulados, dirigidos, usados, con el obvio y profundo dolor y desilusión que ello puede conllevar.
Pareciera que vivir sin amor es una opción posible, ya que se evitan frustraciones. Así sucede a nivel personal, y es una de las razones de la crisis epocal que vivimos y que desarrollamos al inicio de esta obra. También es cierto que el amor, en general, puede llenarnos de gran felicidad y de muchas sensaciones y vivencias agradables.
Si nos atenemos a la idea general que se tiene del amor es difícil imaginar al amor humano operando en el ámbito político, pareciera imposible de mezclar con la política, en la que se lucha sin cuartel y donde el fin justifica los medios para alcanzar el poder. Ya que entonces el débil e inseguro ser humano en uso de capacidad amatoria sería una presa fácil y sin defensa ante el poder avasallador y dominante. Desde esa mirada, no les falta razón, ya que la verdad histórica nos da cuenta de tal situación. El poder siempre ha usado al amor humano en pos de sus fines. El amor a la patria, a los nuestros o a Dios ha sido malsanamente utilizado por los poderosos en confrontaciones para dirimir cuestiones de poder, influencia o conveniencia económica. El nacionalismo irracional, el racismo o el fundamentalismo religioso han dado cuenta de ello, y no es común ver a los líderes ser ellos mismos carne de cañón, cuando los conflictos se tornan sangrientos. El poder tiene muy en claro sus objetivos, y “usa” al amor humano -necesario para evitar la separatividad- de mil formas distintas en atención a su fin último.
Sabemos que no es ésa la mirada que resume la verdadera naturaleza del amor, pero tampoco es aquella idea sostenida concurrentemente de que “el amor nos hace débiles”, que considero una insensatez, ya que en realidad “el amor es el poder más grande en el mundo”, no hay poder más fuerte que el amor, no sólo mueve montañas, mueve al mundo entero, protagoniza la vida misma de la humanidad y de cada uno de los seres humanos, nos rodea, nos invade, nos reúne, es inagotable, absoluta y permanentemente renovable y evolutivo.
Nos preguntamos entonces si no es hora de madurar, evolucionar y utilizar semejante herramienta o potencialidad humana en pos del Bien Común, y no dejar que ésta sea capturada para otros fines, y de eso se trata esta obra.
Es tiempo de hacer algunas aclaraciones importantes. Cuando hablamos de Amor Operativo en política o en pos del Bien Común, no hablamos de cualquier forma de amor. De la misma forma que el poder y el interés de lucro son los motores de los sistemas político y económico -como modalidades del egoísmo humano-, el Amor Operativo en política es fundamentalmente el AMOR FRATERNAL. Cuando imaginamos al amor fraternal obrando operativamente en política, nos referimos a la política con mayúsculas: aquella concepción antigua en la cual la política es la administración de la cosa común, ergo la que está en búsqueda del bien común. Y fue el mismo Fromm quien definió que el amor fraternal es la clase fundamental de amor básico de todos los tipos de amor, por él se entiende el sentido de responsabilidad, cuidado y respeto hacia otro ser humano. Es el amor de todos los seres humanos. Es la universalidad del amor en donde se realiza la experiencia de unión de todos los hombres, de solidaridad humana, de reparación humana. Se basa en que todos somos uno. Las diferencias naturales de talento, inteligencia, conocimiento, son despreciables en comparación con la identidad de la esencia humana común a todos los hombres. Es el amor entre iguales, ya que en esencia lo somos.
El amor sólo comienza a desarrollarse cuando amamos a quienes no necesitamos para nuestros fines personales. Al tener compasión por el desvalido, el ser humano comienza a desarrollar amor a su hermano, y al amarse a sí mismo, ama también al que necesita ayuda: al frágil e inseguro prójimo. La compasión significa un elemento de conocimiento e identificación. Esto nos iguala, y no deviene en peligro, ya que es imposible el desencanto y el dolor, porque aunque muchos te fallen o te usen, siempre habrá millones que no lo hagan.
Sin duda inyectar amor fraternal es dar más virtud al sistema en el que reina el egoísmo humano. Sostenemos que es ése el camino a la evolución de la especie y las sociedades que ésta conforma.
Facilitando la actuación de la gente sensible o emotiva, esos miles de millones de personas equilibrarían políticamente al sistema si los dejamos actuar haciendo operativo su amor fraternal en la sociedad, en este mundo hasta ahora gobernado por el egoísmo humano.
No olvidemos que el amor fraternal es el amor basamental, que trata de superar aquella separatividad -de la que nos hablaba Fromm- sin necesitar de ser otro ser humano gris, sino aquel que ilumina, da luz y muestra el camino, porque está completo.
Por eso la fraternidad como una de las formas de amor humano es más lineal, nos da sensación de horizontalidad, y elimina las fútiles jerarquías. Es más tenue, más agradable, con menor posibilidad de conflicto pasional.
Lo cierto es que el amor ya ha ingresado en política con aquel grito propio de la Revolución Francesa que se hizo carne en los orígenes propios de la Revolución Democrática Americana. Es lo fraternal la base y fundamento de sentirnos iguales en respeto y dignidad aun cuando difieran nuestras características personales. Aún así, pareciera que todo ello queda en la etapa discursiva si no ponemos manos a la obra concreta y permanentemente. No olvidemos que jamás el poder creará hermanos, sino dominados. Por ello, tanto en el ámbito político como en el personal, construir el Bien Común es una tarea de amor. Sin desmerecer el concepto de ciudadanía, la verdadera construcción del Bien Común es una tarea del amor fraternal que nació para ser universal.
Debemos salir de aquella mirada ingenua e indefensa del amor. Es el amor maduro, aquel que ama sin requerir ni pretender reciprocidad -amalgamado con la razón y la inteligencia humana-, el camino por el que podemos llegar a destino a pesar de que tengamos la certeza de que por el simple hecho de amar no desaparecerá por arte de magia el egoísmo, la hipocresía o la indolencia que, compañeros de ruta, conviven plenamente en esa condición humana, y por ende viven en cada uno de nosotros.
Resulta notorio como dijimos que el poder no tiene como fin real el Bien Común. Sólo el verdadero amor fraternal tiene esa tendencia sistémica a procurar el bien de todos, por propia definición y por la condición humana. Querer lo mejor para el igual, para el amado, para el prójimo, para los hijos, y las generaciones contemporáneas y futuras. ¿Qué otra forma de amor es tan pragmática y concreta para trabajar por el Bien Común, el de todos, incluido el propio?
Es por ello que el hombre como género (llámese sociedad civil) resulta el responsable final de su mundo, y aun cuando delegue muchas de esas funciones en las organizaciones políticas que ha generado, como mandante final tiene la responsabilidad última, y por ende debe ser protagonista permanente en la acción solidaria tendiente a atenuar las desigualdades sociales de un sistema poco eficiente.
Ahora entonces, para salir de aquella mirada prejuiciosa acerca del amor humano, el nudo gordiano de esta visión filosófica radica en que la construcción del Bien Común pase por la unión madura y amalgámica de dos potencialidades básicas del hombre: el amor y la razón.
El cuestionamiento que puede hacerse a esta visión es de qué modo, en un mundo como en el que vivimos, el amor humano de aquellos seres más sensibles pueda resultar una herramienta que vehiculice algún cambio que nos dirija al Bien Común. No sostenemos que aquel ser sensible en uso de su amor, que quiera cambiar el mundo profesándolo en todos los ámbitos, represente a un inocente idealista que sea propenso a ser vapuleado con los avatares de la vida, utilizado o usado. El amor humano es una de las condiciones intrínsecas y naturales del hombre, pero no la única, y en esa amalgama complicada debemos vivir y saber elegir, por eso cuando hablamos de amor, no hablamos de aquel amor infantil, romántico, o pasional al que nos tienen acostumbrados las visiones literarias o cinematográficas. Esas miradas dejan al amor lejos de su verdadera función, como si fuera maleable, utilizable, y fácilmente presa del engaño. En cambio hablamos del amor maduro, adulto y sabedor, que debe convivir con el egoísmo ajeno y propio, vasta gama de incoherencias, crueldades y vanidades, y que sin embargo existe en cada uno de los corazones humanos en distinta proporción, intensidad y modalidad. Del amor del que hablamos es aquel que sabe perfectamente que la naturaleza de nuestra existencia -teniendo en cuenta la escasez de bienes y servicios, la lucha de intereses que genera el combate o la competencia- se torna difícil y hasta salvaje y deviene totalmente injusta. Es por eso que no postulamos que la gente vaya por la vida siendo “ingenuamente amorosa”. Lo que sí proponemos como el centro de nuestra visión es que apliquemos y aprovechemos el amor humano existente en cada uno de nosotros en forma operativa sobre la realidad del mundo, para acercarnos permanentemente al bienestar general. Sostenemos que la unión entre el amor y la razón es la más poderosa arma y el camino más cierto al Bien Común.
La introducción “operativa” del amor humano en la realidad social -en la forma o modalidad que cada uno estime pertinente- generará una fuerza poderosa que podrá tender hacia un mundo más justo, porque su aplicación excede el marco del simple merecimiento individual. Y porque el amor humano tensa con el poder y con el interés egoísta (indispensables para el acontecer humano, pero peligrosos si actúan sin control ni limitantes) dándole al mundo un marco mas equilibrado.
Lo que la mente piensa, el corazón siente y lo que el corazón siente, piensa inmediatamente la mente, de manera que estos dos están en extraordinaria unión. He allí una fuerza imbatible. Sólo debemos saber usarla.
Cuando el amor se une con la razón puede generar una potencia inacabable y sin techo a la vista. La inteligencia, unida al amor humano, nos ayuda a comprenderlo, a defenderlo de los peligros inminentes y destructivos que lo rodean, y a su vez a dirigirlo.
En resumen, la unión de la razón y el amor es el punto determinante de partida para construir Bien Común.
De la misma forma, el egoísmo sin razón puede generar calamidades, como aquel bárbaro que por un puñado de monedas mata a otro ser humano. Ahora, cuando unimos el egoísmo con la razón podemos crear riquezas necesarias, aun cuando éstas no se distribuyan con justicia.
Por eso decimos que para provocar sistémicamente la construcción del Bien Común lo que debería hacerse es promover o facilitar, sin intervenciones interesadas, la creación y propulsión de un marco virtuoso de funcionamiento sistémico y cuasi automático que podría acceder entonces a aquel equilibrio macro político que, por tensión, haría triangular armónicamente al poder, al mercado y a la sociedad civil.
En la actualidad los sistemas humanos -mercado y poder-, dan marco a un mundo egoísta e injusto. Falta virtud en el sistema. En la construcción del Bien Común deberían priorizarse los actos virtuosos y el sistema virtuoso donde la sociedad civil sea la excluyente protagonista. Sólo haciendo evolucionar al hombre se puede lograr un mundo mejor, anhelo que incluye hacer evolucionar el hasta hoy mejor sistema político: la democracia representativa.
Creer que el poder solucionará todo y procurará per se el Bien Común, es una visión infantil, desde un doble sentido o mirada. Aun cuando imaginemos que tenemos hoy un gobierno excelente, no hay sistema político que pueda asegurarnos que mañana lo tendremos. Si creemos que todo depende de la política o el poder, y el sistema que implanten, disminuiría la responsabilidad del hombre en ser el artífice de su propio destino. Tal inacción provocaría dos efectos claros:
Sin embargo, no es cuestión de imaginar que la evolución sucederá cuando todos lleguemos a ser fraternos. Esto es un utopismo. El secreto es dejar libre y promover al amor fraternal operativo -es decir, que opere en la práctica para generar el Bien Común- que en tensión con el interés egoísta y el poder podrá disminuir las desigualdades y nos acercará a una idea más real del Bien Común que no sólo resulte en desarrollo económico.
Ahora bien, para un mejor entendimiento resulta necesario salir de la mirada especulativa, y preguntarnos concretamente y en los hechos ¿cómo y dónde se puede apreciar el amor fraternal en la actualidad?
El objetivo de esta obra es demostrar cómo la aplicación global y completa del amor fraternal, de manera operativa y sistémica, puede resultar revolucionaria y aumentar geométricamente los actos de amor en el mundo. Previo a todo, debemos aclarar conceptos. Hoy al amor fraterno se lo puede apreciar en la realidad cotidiana y de eso daremos cuenta seguidamente. Aun cuando somos concientes de que en la actualidad tiene algunas manifestaciones de operatividad, éstas son insuficientes e incompletas y por ende no sistémicas.
Hoy, como es de conocimiento general, existe un protagonismo mundial de la sociedad civil. Cientos de millones de personas abocadas a lo que se ha dado en llamar la revolución solidaria, y desde el punto de vista político también al control de todo poder, como también la proposición de políticas o proyectos de ley específicos.
Catalogamos de “fenómeno” al movimiento descripto -es decir, éste que protagoniza la sociedad civil a nivel planetario- toda vez que resulta sorprendente y extraordinario, dado que si bien es cierto que personas o grupos humanos preocupados por su comunidad existieron en todas las etapas de nuestra historia, nunca antes se había producido un movimiento de tal envergadura y características a escala planetaria.
Lo fenomenológico de esta tendencia es que las acciones se gestan y se organizan en forma libre y autónoma, sin que sea posible detectar la existencia de algún poder convocante -y mucho menos dirigente-, ni tampoco la guía prioritaria de un interés propio o conveniencia personal, ya que este movimiento está situado al margen de beneficios lucrativos. Tampoco este proceso se encuentra atado a tradición alguna, creencia o religión determinada, ni busca amparo bajo el “paraguas” del organigrama burocrático estatal, aquel que suele otorgar protección, salario y alguna eventual cuota de poder.
Entonces nos preguntamos ¿qué es o qué moviliza a estos millones de personas? ¿Cuál es el motor que los impulsa hacia un mismo horizonte identitario? ¿Qué los motiva, qué los guía, qué moda, poder, creencia, religión o fuerza sobrehumana lo hace…? Amén que reconocemos la existencia incuestionable de otros intereses o finalidades, propios del hombre, creemos que el protagonismo sincero de cientos de millones de personas tiene un denominador común y motor que impulsa a todos estos movimientos: El Amor Fraternal.
No hablamos de un movimiento pequeño ni soñado a futuro: de hecho, existe hoy, aun cuando no tiene la forma sistémica adecuada -y su proposición es uno de los objetivos de este libro- y es inconmensurable en cada una de las realidades que vivimos, aunque nos parezca imperceptible quizá porque al poder no le interese hacerlo visible, razón por la que puede estar en peligro.
No olvidemos que hacer protagónico todo ese amor fraternal en política y en búsqueda del Bien Común, en forma operativa y sistémica, es lo que damos en llamar la revolución del Amor Operativo.
Veamos la actualidad del amor fraternal:
A fines del milenio pasado constituyó un valiosísimo aporte el Estudio Comparativo del Sector No lucrativo, realizado por la Universidad Johns Hopkins, que trabajó para desentrañar las características fenomenológicas de la sociedad civil activa, desde un punto de vista econométrico. El análisis sorprendió a todos al determinar la magnitud, la importancia y la trascendencia de este fenómeno en nuestra sociedad. En materia de recursos económicos y humanos, este movimiento sería equivalente a una de las primeras potencias mundiales. Esto los llevó a afirmar y a exponer que: “El sector no lucrativo sigue siendo el continente perdido del panorama social de la sociedad moderna, invisible para la mayoría de los políticos, los empresarios y la prensa, e incluso, para muchas personas dentro del propio sector”.
Daremos algunos ejemplos (simples aproximaciones), para delinear de qué se trata en los distintos países del mundo:
Argentina: 105.000 organizaciones en todo el país.
– 13.545 organizaciones registradas.
– 2,9 organizaciones cada 1.000 habitantes.
– 4,4 millones de voluntarios.
Hay casi 3 organizaciones cada 1.000 habitantes. Tres veces más organizaciones que establecimientos educativos en todos los niveles (1,0 establecimientos/ 1.000 hab.) y siete veces más que los establecimientos de salud públicos y privados (0,4 establecimientos/ 1.000 hab.). Es decir, que la cantidad de OSC (Organizaciones Sociales Civiles) cada 1.000 habitantes supera largamente a las instituciones más difundidas en la Argentina, como son las escuelas públicas, los hospitales y los sanatorios. Este fenómeno se reproduce en todo el mundo y merece ser visto, además, como elemento creador de riquezas nacionales.
Estados Unidos: 90 millones de personas -la mitad de los norteamericanos adultos- trabajan como voluntarios en las OSC, la mayor parte de ellos desempeñando, al mismo tiempo, algún otro empleo remunerado. Estos voluntarios dan el equivalente de 7,5 millones de años de trabajo de tiempo completo. Si les pagaran sus jornales, ascenderían a 150.000 millones de dólares anuales (fuente: Peter. F. Drucker). Hay en E.E.U.U 1,9 millones de organizaciones exentas de impuestos, existen 13,5 millones de empleados, y sus salaries component representan el 9 % de los salarios pagados en EEUU (fuente: Independ sector).
Una gran parte de la contribución a lo público, hasta un 15% del Producto Nacional Bruto, no “fluye” por los canales tributarios, sino que va directamente a las OSC en forma de honorarios, primas de seguros, donativos de caridad y trabajo no remunerado. (Peter. F. Drucker).
Colombia: 135.599 entidades sin fines de lucro. 286.861 empleados de tiempo completo o equivalente.
(Fuente: www.lasociedadcivil.org).
Holanda: 12,6% del empleo no agrícola pertenece a entidades sin fines de lucro. El 68% de los estudiantes primarios son atendidos en entidades sin ánimo de lucro con financiación estatal, al igual que el 92% de pacientes hospitalarios (casi la totalidad de los pacientes holandeses).
(Fuente: www.lasociedadcivil.org).
Noruega: 52% de la población adulta realiza alguna actividad de voluntariado al año. Es el país con mayor tasa de voluntariado del mundo. (Fuente: Johns Hopkins Comparative Nonprofit Sector Project).
España: Millones de voluntarios colabora con OSC. Hay más jóvenes que personas mayores (el 66% es menor de 35 años y el 28% tiene estudios universitarios). El nivel de trabajo voluntario en España es similar al de países como Francia, Alemania, Finlandia y Austria.
(Fuente: cajamadrid.cronicasocial.com).
Estos números nos están mostrando una movilización nunca antes vista, principalmente porque se trata de un corte horizontal que abarca todas las realidades sociales, todos los países, todas las causas. Una movilización de alcance mundial con fines solidarios o de Bien Común como la que intentamos describir no ha existido jamás.
Es por eso que las diferencias entre caridad o beneficencia y el fenómeno solidario actual son determinantes. Vemos que todas estas clases de organizaciones conformadas, junto con su accionar genérico, están teñidas de un neto sesgo igualitario. No existe un desbalance de privilegios ni tampoco una situación de jerarquía entre quien otorga y el beneficiario. Éste posee convicción plena de que en alguna instancia eso es lo que corresponde y hace a su derecho. Por lo tanto, la relación se vuelve “justa”, se hayan hecho méritos o no para obtener lo que se otorga, lo cual tiene una implicancia notable porque, de este modo, se excedería el concepto de justicia. Es allí donde el amor operativo balancea el sistema macropolítico del hombre. Nos preguntamos ¿por qué?: Para encontrar respuesta deberíamos desarrollar mínimamente la “Teoría del Péndulo” (25) que nos explicita cómo el amor operativo haría más justo al mundo, veamos:
Somos concientes de que vivimos en un mundo que es dolorosamente injusto. Hemos intentado, con éxitos y fracasos, paliar esa falta de justicia en pos de doctrinas políticas y económicas de distinto corte, y en busca de una situación de justicia, cuyos valores y merecimientos son innegables e incuestionables. Nos preguntamos si en un mundo donde predomina el egoísmo, montado sobre dos sistemas (poder político y mercado económico), podríamos lograr una situación de “equilibrio” solamente haciéndolos tensionar con leyes o consideraciones de justicia donde se trate a todos por igual, sin componer las desigualdades lacerantes que el propio sistema genera.
Sin duda que una tensión encerrada en esos límites sería notoriamente más beneficiosa al egoísmo, como lo muestra la historia. Si queremos aplicar la ley de las tensiones, propia de la naturaleza humana, primero tendríamos que tener en claro entre qué extremos va a existir tensión, y sobre esta base podríamos lograr algún equilibrio. Entonces, apliquemos la ley del péndulo, aquella que oscilando entre dos extremos tiende a lograr el justo medio. Si para encontrarlo, la tensión (o en este caso, la oscilación) se diera entre un extremo -el egoísmo- y el otro -la justicia-, se organizaría sistémicamente una modalidad distinta. La propia ley buscaría “un justo medio”, que debería darse entre la concepción egoísta y la concepción justa aunque esto evidentemente nos daría el convencimiento incuestionable de que de este justo medio devendría irremediablemente una situación “no justa”, ya que se ubicaría entre un punto intermedio entre lo justo y lo egoísta, un estado muy similar a la realidad actual.
Para conformar el “verdadero péndulo” de la naturaleza humana en tensión, deberíamos colocar en un extremo el egoísmo humano -el amor hacia sí mismo-, y en el otro, a la virtud social -nuestro amor hacia los otros-. En esa situación, el péndulo podrá alguna vez “colocarse en el justo medio”, que creemos será mucho más cercano a la idea de justicia. Allí es donde el amor operativo equilibra y hace más justo al mundo, ingresando, tensionando y por fin equilibrando al sistema macropolítico humano.
Hasta ahora hemos visto la visión econométrica. Es hora de ingresar en los aspectos que hacen a la calidad humana operadora en este fenómeno. Un fenómeno que no surge como una cuestión atinente a las clases acomodadas, pues no siempre el que posee más, o está mejor ubicado en la escala social, es quien le da al que menos tiene. Otra diferenciación evidente es que este nuevo movimiento solidario no tiene como objetivo excluyente brindar un bien material o económico, sino un esfuerzo o un trabajo personal que se realiza en pos del bienestar del otro. Esto nos da la pauta de un claro cambio de espíritu puesto en la mirada hacia el otro, que lo diferencia de la vieja virtud del medioevo en la cual se apelaba al sacrificio y al olvido de sí mismo en pos del semejante, o de la clásica actividad benéfica o caritativa.
La Sociedad Civil Activa presenta un cambio social en la visión de la realidad, ya que entrega servicios sociales sin dispensar limosna, se esfuerza por modificar la comunidad y, principalmente, por generar una transformación en el hombre. Estamos en presencia de este cambio positivo y evolutivo del espíritu humano, cuyo motor no es otro que el amor fraternal siendo operativo en la búsqueda y consecución del Bien Común.
Este movimiento humano no está provocado de manera excluyente por una conciencia cívica o ciudadana. No sólo se ayuda al vecino o conciudadano, sino al ser humano en su más amplia acepción. Este hecho le asigna fundamentos de alcance universal y cosmopolita, ya que la preocupación por el ser humano como género es común a todas las comunidades, independientemente de sus necesidades económicas, lo cual le agrega “calidad humana” al movimiento. Pero tampoco se agota en la solidaridad. El control social del poder, la colaboración en el armado de las políticas más adecuadas para cada uno de los temas de incumbencia humana, también son parte de este amor fraternal con tendencia ciudadana (como puede ser el control de las cuentas públicas locales) o con tendencias universalistas (como puede ser el caso del control ambiental, el monitoreo de la polución o en defensa de la paz internacional).
Todo esto pareciera guiarnos hacia un fenómeno que, aparte de mostrar una concepción universalista, nos ofrece una de las características que mejor tipifican lo que acontece, y que le otorga su significado particular y específicamente solidario: la predominante actitud del ser humano en su mirada hacia el otro. El amor fraternal en sus más variadas formas e intensidades.
El objetivo de este libro no es solamente explicar porqué hoy estamos viviendo el protagonismo de la sociedad civil como un fenómeno planetario, del que ya hemos dado cuenta. Nuestra finalidad es mucho mayor: tratar de determinar una visión filosófica, antropológica y sistémica que no sólo explicite lo que pasa en todos los órdenes de lo que llamamos política en sentido amplio, sino que nos dé también un panorama del sistema político humano posible, partiendo del pleno conocimiento del ser humano como miembro estrella de su derrotero histórico y su acontecer. Esa mirada filosófica sirve para entender la matriz esencial o naturaleza humana -que es igual en todo tiempo y cultura- y nos facilita las herramientas fundamentales para determinar a qué atenernos cuando intentamos estructurar políticamente la sociedad con dirección al Bien Común. Por eso dejamos las bellas palabras, los sentidos discursos, las más nobles intenciones y describimos descarnadamente el material que tenemos en función de un armado beneficioso para la comunidad.
Esta idea de la mirada filosófica que explicite lo esencial, lo real, lo que esta atrás de todo acto o acción humana, en cualquier tiempo o cultura, no sólo sirve para su conocimiento sino también especialmente para actuar en consecuencia. La sola explicación, enumeración o fundamento de lo que ocurre no alcanza. Por eso es indispensable e insustituible la visión filosófica porque ésta nos explica el porqué y con qué material humano contamos. Esta visión es el elemento indispensable para propender y propulsar el amor fraterno pero también es esencial para poder evitar los altísimos riesgos que hoy lo amenazan. Quedarnos solamente en su conocimiento o en su descripción cuantitativa o cualitativa puede hacer que nosotros mismos nos convirtamos en cómplices involuntarios de los que lo amenazan. Por eso es tan importante este camino: porque tiende a evitar que esta exteriorización del amor fraternal sea manipulada y/o captada políticamente, o utilizada espúriamente para otros intereses, lo que provocaría que fuera vituperada, empobrecida, denigrada y a la postre, destruida.
Se trata justamente de alertarnos de los gravísimos riesgos que vendrían aparejados por un manejo ingenuo del fenómeno de la aplicación del amor fraternal en política. En resumen, no nos cansaremos de repetirlo: las nociones filosóficas vertidas no sólo nos hacen entender, y por ende promocionar al amor, sino también nos dan las herramientas para justipreciar cómo defender al amor fraternal de una serie de peligros que sin duda afronta y deberá afrontar cuanto más operativo éste se vuelva. Ello quiere decir en buen romance que sí o sí estos riesgos acontecerán. De no entenderlo así colaboraríamos en sembrar la propia semilla de su destrucción.
Son varios los frentes de ataque de los cuales deberá defenderse el amor fraternal y mucho más cuando éste se convierta en operativo. En principio enunciaremos los que son ínsitos al hombre y al propio movimiento que protagoniza:
Iremos enunciándolos y desgranándolos, a saber:
En general existe un simplismo que hay que rebatir, es el de considerar que las organizaciones sociales (OS) o bien las organizaciones sociales civiles (OSC), tengan cualquier objetivo o función, conforman per se el recipiendario de la virtud. Es otra consideración errónea.
La virtud no está en la forma organizativa ni en el rol o espacio que estas organizaciones quieren ocupar.
La verdadera esencia del amor fraternal está en el corazón de cada hombre y mujer y el ejemplo más completo es el sincero y sano voluntariado y en mayor medida en el corazón de aquellos miembros de organizaciones sociales cuyo fuego interior comulga sin distracciones con el amor fraternal que profesa. Estos son los que componen el verdadero fenómeno mundial a escala planetaria, los cientos de millones de personas que ponen su mirada en los otros. Es allí donde se encuentra el alma y el corazón del actual amor fraternal y de la revolución del amor operativo que enunciamos. En el que entrega sus servicios personales sin esperar retribución, y sin dispensar caridad. Ése es al amor real y en la medida en que éste se torne sistémico u operativo puede salvar al mundo del reinado del egoísmo y acercarlo al Bien Común.
La modalidad operativa u organizacional es un simple instrumento: no tiene otra categoría que eso, una herramienta técnica, cuyos resultados concretos, como toda herramienta, dependen del uso y la intención de quién la utiliza.
Sin embargo, aun cuando afirmamos que la inmensa mayoría de las OSC, que conformarán la columna vertebral del accionar del amor fraternal, cumplen su objetivo, hay otras entidades de fines sociales con otras intenciones -que han existido, existen y existirán-, que en realidad son PYMES disfrazadas para lograr algún subsidio, o donaciones privadas, cuota de poder, con aprovechamiento o fines personales o lucrativos. A las que debemos sumar aquellas entidades conformadas por empresas con el verdadero objetivo (amén de los virtuosos que puedan tener) de exenciones impositivas, o de posicionarse en el mercado como empresas con responsabilidad social, simplemente como marketing para vender mejor su producto. Así también como aquellas otras conformadas por amigos, parientes o personas afines a los políticos de turno, que desvían dinero público para blanquear la corruptela, o con alguna función política-poder especifica como el clientelismo o el financiamiento de operaciones políticas propagandísticas o con cualquier otro fin espurio. Estos son meros ejemplos del uso de la creatividad humana para aprovecharse del supuestamente ingenuo amor humano.
Aparte de estas consideraciones debemos tener en cuenta el factor de que toda organización tiene una escala jerárquica y administrativa, y también un manejo económico, del mismo modo que un gobierno o empresa lucrativa. Tales funciones tienden a diluir -si se les permite- el verdadero corazón y fin virtuoso. No se trata de que quien trabaje o ayude en una organización social carezca de vocación de poder o interés de lucro alguno. Se trata simplemente de que éste no resulte prioritario al fin virtuoso último de la organización a la que sirve, de manera que su actividad por fuera y por dentro de ésta no descalifique el rol que cumple.
El poder y el interés egoísta -que puede exceder el simple lucro, ya que puede no tener limitantes- son sin duda compañeros de ruta del amor humano y conforman -por mucho- los riesgos más graves a enfrentar. Su actuación es inevitable e inescindible, por eso, siempre -y que se entienda bien: siempre- el poder o el interés van a intentar captar y/o dominar cualquier manifestación del amor fraternal que cobre algún valor política o económicamente medible.
Eso es inexorable, porque este comportamiento está en esencia misma del poder o del interés. Sin embargo, el amor cuando se une con la razón deviene en una fuerza poderosa que puede comprender y contrarrestar aquellas reglas o mecánicas con que se manejan sus inevitables compañeros de ruta y, por ende, como guardianes del amor fraternal, pueden prevenir, atenuar y defenderse de tales intenciones. Para ello deben estipularse y conformarse una serie de normativas de defensa: El amor fraternal debe ser totalmente independiente del poder, sea éste político o económico. Ello no significa no intentar fijar alianzas estratégicas, campos de acción conjuntos o colaboración plena, tarea posible siempre y cuando se sostenga la idea preclara acerca de cómo son las nuevas (realmente antiquísimas) reglas de juego para defender y evitar que resulte captado o dirigido el amor fraterno y/o la fuerza revolutiva que preanunciamos. Tal vez el mejor modo de lograrlo es salvaguardar la confianza pública en su accionar.
EL CUIDADO DE LA CONFIANZA PÚBLICA
Como hemos venido referenciando, la especial condición humana nos devuelve la idea de que somos la criatura con mayor capacidad para omitir, falsear y mentir sobre nuestras intenciones, pensamientos y deseos. En resumen, una capacidad de hipocresía que hace muy difícil la conformación de cualquier sistema (26). Tal situación vulnera directamente la confianza pública. Imaginemos qué distinto sería el mundo si los políticos no pudieran mentir sobre sus verdaderos intereses y deseos cuando nos intentan convencer del porqué debemos votarlos. Qué distinto sería el mercado económico, si ningún comerciante pudiera omitir, falsear, o mentir sobre la verdadera calidad del producto que desea que adquiramos, y lo justo de la relación entre calidad y precio. Ni qué comentar si en toda relación personal uno no pudiera imaginarse otra cosa que la sinceridad absoluta sobre las intenciones, deseos, y sentimientos de quien nos habla. Es por ello que la confianza pública resulta esencial para la conformación de cualquier sistema humano. La capacidad de hipocresía que ostentan los hombres hace muy dificultosa la vida social, política y mucho más aún sistémica. Por ello y en base a ello, generalmente son atendibles los tres graves riesgos incluidos en los puntos anteriores.
De la misma forma en que se controla al sistema bancario o al mundo de las finanzas (en mérito de que resulta indispensable la confianza pública sobre la solvencia de los mismos para mantener el sistema -ya que cualquier duda aunque sea ínfima provocaría corridas o pánico financiero que destruirían el propio sistema aun cuando estos fueran solventes), del mismo modo, cuando hablamos de la creación de un sistema virtuoso, es indispensable la existencia y mantenimiento pleno de la confianza pública en el manejo de la virtud. Por ello deviene trascendente apelar al control social para mantener la confianza evitando los riesgos ya planteados e ineludibles, que sin lugar a dudas se van a presentar.
Imaginemos si los dadores de virtud tuvieran a mano un sistema ni complicado ni engorroso, que no sólo les asegurase que su servicio, donación o entrega llegue al destino que se pretendió darle, sino que pudiera verificar que toda institución o persona que se autoproclame virtuosa tenga la transparencia y claridad necesaria para que podamos confiar en ella. Me pregunto cuántos más actos virtuosos se efectuarían con un sistema solidario y confiable. Considero que se multiplicarían geométricamente.
El control social, en mérito de la especial condición humana, es un elemento determinante de la subsistencia de cualquier sistema, sea económico o político. En ese caso el virtuoso no sólo no estaría exento de control, sino que éste tendría que ser el más profundo, eficiente y justo, dado que si no pudiéramos lograr esto careceríamos de la confianza pública necesaria para ejercer esos mismos controles sociales sobre los sistemas políticos y económicos, como luego desarrollaremos.
Ya hemos dado cuenta de nuestra idea acerca de la condición o naturaleza humana para reaprender reglas nuevas que nos permitan jugar con posibilidades de éxito el viejo juego. Para completar el conocimiento de estas nuevas reglas nos falta adentrarnos en el estudio de cómo es el poder humano y el sistema político humano hasta hoy más evolucionado: la Democracia. Sabiendo cómo es el poder y la democracia, completamos el conocimiento de las reglas necesarias para jugar con alguna posibilidad de éxito el viejo juego.
El Poder es el más importante adversario de la revolución que soñamos. Esta contextualización que sigue, no sólo es importante para aventar los riesgos del tema que nos ocupa, sino que es indispensable para cualquier idea de estructuración política ya que si no conocemos la naturaleza o mecánica independiente del poder no tendremos ni la más mínima chance de establecer una sociedad justa y eficiente.
Generalmente, cuando hablamos de poder, en lo primero que pensamos es en la política y en sus representantes: los políticos. Sin embargo aquí partiremos de una conceptualización que excede a las personas que lo han detentado, detentan o detentarán. Intentaremos enunciar el funcionamiento sistémico del poder como inherente a la condición humana, es decir que nuestra definición del poder partirá de una concepción antropológica del ser humano.
Lograr el poder está en la esencia del ser humano, pero no en su naturaleza intrínseca, sino en su naturaleza social. Apenas haya dos, habrá quien pretenda el poder sobre el otro.
Por eso afirmamos que:
“El poder es aquella natural inclinación del hombre que en obediencia a su instinto social lo hace convivir con los otros, pero en consonancia con su instinto egoísta lo impulsa a tratar de prevalecer sobre ellos.” (27)
Hay dos tendencias contrapuestas que coexisten en el ser humano: su naturaleza social y su instinto egoísta. Mientras que la primera lleva al hombre a buscar la compañía de sus semejantes, la segunda, el instinto egoísta, determina un accionar destinado a predominar sobre el resto de los hombres. Aquí encontramos la primigenia y basamental manifestación que explicita el origen y la razón del poder y por eso se evidencia en todos y cada uno de los órdenes de la vida social.
Esta consideración también nos provee la razón de por qué es necesario el poder, ya que el ser humano, si bien tiene una vocación natural a la vida en sociedad, no tiene determinada biológicamente la forma en que ésta se organiza: es decir quién manda y quiénes obedecen -ejemplo contrario, el panal de abejas-. Este hecho, conjugado con el instinto egoísta del ser humano, podría llevar a una situación de caos total, de lucha de todos contra todos por los intereses individuales o por poder y, en última instancia, a la extinción de la especie. A lo largo de la historia, las sociedades humanas han resuelto este problema mediante el encumbramiento de un individuo o grupo con poder sobre el resto de los miembros de la sociedad para garantizar la paz y el orden a través del mantenimiento de una organización estable.
En este sentido podríamos decir que en la historia de la humanidad el poder ha cumplido una función necesaria.
Ahora bien, ¿cómo es el Poder?
La fenomenología del poder tiene origen antropológico per se, cruza transversalmente toda realidad social del hombre. En todo lugar o ámbito donde haya dos personas o más, existirá alguna connotación de poder.
El poder, amen de omnipresente en toda actividad humana, tiene su mecánica propia, y por ende es distinto a todas las ideologías o doctrinas en curso. Por ello, consideramos que compone una técnica. El poder, atento a su naturaleza egoísta, es fáustico, inquieto, luchador, requiere alerta y control constante. En su búsqueda deviene evaluador, imaginativo creativo y maximizador, y en muchísimas situaciones, si no sufre control interno o externo devendrá inescrupuloso e ilimitadamente hipócrita. Al poder se lo controla en los hechos o no, ya que tiene una tendencia a lo absoluto, ilimitado e incontrolable. Es como el aire: puede ser respirable o absolutamente viciado y dañino, pero aún no hemos encontrado una forma de vivir sin él.
El poder que más nos interesa para su tratamiento es el denominado poder político, es decir, el que se ejerce sobre el cuerpo social en su totalidad.
Sin duda el poder político –uno de sus ejemplos más concretos es el Estado-, es el más amplio y potente, ya que dispone de la mayor fuerza, y a él le pertenecen las últimas decisiones. Posee el excluyente privilegio legal de la utilización de la violencia física, y puede exigir el sacrificio supremo para defender a la colectividad ante un enemigo.
Lo que nos interesa es describir los mecanismos inherentes al poder político (28), aquellos que se han manifestado de la misma manera a lo largo de la historia. Las constantes del poder político nos permiten observar ciertas características que lo determinan como autónomo, es decir, regido por vida y reglas propias, intrínsecamente necesario y existente en cualquier organización política, y a su vez independiente de cualquier teorización sobre su justificación.
En este sentido podemos destacar cinco mecánicas intrínsecas del poder:
Resumiendo, el poder existe por sí y para sí, su tendencia natural es la lucha por la obtención, mantenimiento, acrecentamiento y centralización, por fuera de todo tipo de instancia que limite su ejercicio y de cualquier escrúpulo que limite las estrategias necesarias para su obtención.
De esta forma, el análisis de las mecánicas del poder nos permite comprender la política tal como realmente es, y alejarnos de todo tipo de concepción utópica. Hemos visto cómo la vocación de poder surge del instinto egoísta del hombre y cómo su dinámica intrínseca genera una lógica exenta de todo tipo de consideración axiológica. El poder, entonces, en su lógica interna y en su dinámica propia, no se encuentra ni necesaria ni usualmente asociado al Bien Común. Sin embargo, como vimos al principio de esta obra, el ser humano es esencialmente un ser social, y ninguna organización social duradera ha podido mantenerse sin generar algún tipo de instancia de dominación, es decir, de poder.
Entonces ¿quiere decir esto que la humanidad debe renunciar a alcanzar el objetivo del Bien Común? Creemos firmemente que no. A lo que sí debemos renunciar es a esperar que ese Bien Común provenga de algún político salvador, o de una suerte de Mesías que acabe con todos lo “vicios” de la política que obstruyen el ideal de una sociedad mejor para todos. Como hemos visto, el Bien Común no es lo que motiva ni rige la dinámica propia del poder, pero sí es el objetivo de la sociedad en su conjunto. La forma de alcanzarlo, entonces, radica en conciliar el fin propio de los que tienen vocación de Poder con el otro fin, es decir, el Bien Común, que es propio de la sociedad, la cual, por su parte, no puede existir sin una instancia de poder que la gobierne. Y la forma en la que puede lograrse esta conciliación es uno de los ejes de esta obra.
LA POLITICA-PODER ES IRREMPLAZABLE
Parecería que el poder es negativo, y por ende podríamos intentar suprimirlo (29). Nada más alejado de la realidad. Todo lo expuesto no implica desmerecer el papel insustituible del poder humano y de la política, cuya función resuelve y es indelegable, en dos temas cruciales como mínimo.
Los miembros de cada sociedad debieron recurrir a un instrumento que les permitiera ordenar y conducir la vida social, para que unos no fueran víctimas y otros victimarios. Por lo menos ésa era la intención. Lo cual no significa que después, en la práctica, muchos objetivos no se concreten. Para resolver la puja entre actores sociales o grupos hubo que recurrir, necesariamente, a un instrumento que permitiera manejar los conflictos y, al mismo tiempo, continuar con el desarrollo de la sociedad que los engendra. Lo contrario era hacer prevalecer la ley del más fuerte. De manera que si este instrumento es necesario, lo trascendente y justamente lo importante de saber en la actualidad es conocer cómo es el poder -grave omisión de la propia ciencia política-, interesarse por sus mecanismos, imaginar maneras para utilizarlo, y fundamentalmente generar sistemas de control efectivos que, en permanente movimiento e imaginación, puedan en concreto y en el día a día controlar al poder para evitar su natural tendencia a excederse. Su control es ineludible y es una obligación que surge de la condición de cada uno de nosotros como miembros capaces de la sociedad en la que vivimos. Es una obligación, no una imposición. Es la responsabilidad que tenemos por formar parte de esta sociedad.
Mientras haya vida de relación, en cualquier terreno que sea, el poder no podrá estar ausente. Pero si bien está presente en cualquier orden de la vida, las relaciones entre seres humanos no se agotan en su presencia ineluctable.
LA DEMOCRACIA ES UN INVENTO HUMANO
Como expusimos, en esencia y substancia la idea democrática es hasta hoy la creación política más evolucionada del hombre (30). Ahora bien, la instrumentación como sistema político de gobierno, que intenta poner en juego en los hechos aquella idea, ha dejado mucho que desear. En principio ello se debe a que nos hemos olvidado de cómo el poder real trabaja entre los pliegues de la democracia siguiendo otros objetivos. Sería conveniente entonces no considerar al Sistema Democrático “Instrumental” como generador per se del Bien Común, y poner manos a la obra en su evolución pragmática, para que se acerque a aquel ideal.
Para ello, es imprescindible entender que el Poder real del que hemos dado cuenta en el título anterior, deviene natural y por ende omnipresente en todo régimen político y realidad social humana. En cambio la democracia, como idea y como sistema político, es un invento humano…
Como tal tiene que perfeccionarse permanentemente, única manera de que el sistema político democrático creado tienda indefectiblemente al Bien Común. Pretender lo contrario, provocaría la involución de la democracia convirtiéndola en presa fácil del poder natural y real que la utilizaría para sus fines de siempre. Mucho de todo eso está hoy sucediendo a nivel planetario.
Se afirma que la democracia es la mejor forma de gobierno ya que las leyes son hechas por aquellos a quienes se dirigen, a diferencia de las autocracias, que son las formas de gobierno en las cuales quienes hacen las leyes no son aquellos a los que están destinadas. Es una linda y enjundiosa definición, pero pareciera no condecirse con lo que realmente pasa en las democracias concretas. Lo que sí es comprobable fácticamente es aquella máxima de la experiencia más compartida en el pensamiento político de todas los tiempos: “Quien detenta el poder tiende a abusar de el…”, como ya lo sugiriera Montesquieu (31).
El cruce entre estas dos ideas, la democracia como mejor sistema y la tendencia del abuso del poder por parte de quien lo detenta, nos obliga a acercarnos a dos conclusiones iniciales:
Por eso reiteramos que la democracia es un invento humano, lo realmente natural es el poder, y este poder actúa dentro de cualquier sistema, sea autoritario o democrático. Siempre intentará, siguiendo su naturaleza, filtrarse en los pliegues del sistema que fuere para dominarlo y hacerlo perseguir sus fines de siempre: prevalecer y en su caso, expoliar a sus sometidos.
¿Cómo ejemplificar que el poder puede desnaturalizar la democracia trabajando en sus pliegues? Tomando la indicada visión deberíamos preguntarnos, por ejemplo, con respecto a la ley: ¿Sentimos que las leyes que están promulgadas por los “representantes” del pueblo, realmente son “hechas” por el pueblo, a quien están dirigidas? ¿O bien sentimos que las leyes son hechas por los políticos, por causas políticas y que pueden estar representando o no el sentir popular?
Si es esto último, entonces la democracia habrá perdido su autonomía en manos del poder. Éste es uno de los ejemplos concretos de cómo el poder capta y desnaturaliza el sistema democrático. En general se priorizan los objetivos del poder en desmedro de la búsqueda del Bien Común, y en el mejor de los casos se procura hacerlos confluir con ésta.
Exactamente lo que describimos que puede pasar con las leyes, puede pasar con cualquier acto o decisión de gestión gubernamental: dejarían de ser actos autónomos, para convertirse en muchos casos en una máscara, otra herramienta más donde se oculte el poder real que descascara la esperanza democrática. Hoy sabemos que los políticos devienen en una suerte de “aristocracia moderna”, ya que son los únicos que generalmente pueden detentar el poder. Se convierten en aquella minoritaria elite que, si no se conforma con repartir el poder, se pelea por él.
Por ello hoy vivimos crisis de representatividad y una apatía ciudadana traducida en la desesperanza y la desilusión concreta de no poder avanzar en la búsqueda permanente de Bien Común.
En resumen, la democracia está siendo atacada, maniatada y controlada. Tampoco es para extrañarse: puesto a tratar con un sistema democrático, ¿qué hace el poder, entonces? Simplemente, interviniendo en los pliegues del sistema de las mil formas imaginables, trata de capturarlo y dirigirlo para seguir siendo consecuente con su naturaleza. ¿Los sorprende?
Por ello es momento de hacer mejorar la democracia como sistema político, pero fuera del juego político que le responde. La vía, como luego ampliaremos, es el control social del poder y la coparticipación en la política horizontal o de Bien Común. Por ello afirmamos que esta función, junto a la gesta solidaria de la sociedad civil a nivel planetario, son los pilares de la revolución del amor operativo, que tiene como uno de sus objetivos tender a la evolución de la democracia.
¿Cómo hacerlo? Creemos que el ciudadano y la sociedad civil toda deben dejar de pedir participación y pasar a ser protagonistas del acontecer del hombre, y de la gesta social venidera.
Y tal vez por allí pase la evolución: es tiempo de colocar nuevamente al hombre en el centro de la escena de su realidad política y social.
Ello no implica diluir la política o el poder, sino conocer su verdadera cara, ya que es determinante y esencial comprender la auténtica condición del poder humano, que no es un invento: es natural y omnipresente en toda la historia social de la humanidad, y por ello cruzó transversalmente todos y cada uno de los regímenes políticos, formas de gobierno, desde tiempos pretéritos. Si así no se lo entiende, tendremos siempre democracias maniatadas y devaluadas.
Lo dicho es aplicable a la democracia como instrumento o régimen político. Sin embargo el valor propio de la Democracia en sí misma como idea o substancia ha resultado indudable e incuestionable ya que generó una de las mayores evoluciones al establecer la igualdad de todos los hombres en lo que respecta a su dignidad y respeto. Hoy es un derecho que se reconoce universalmente.
Esa consideración igualitaria es la primera gran revolución evolutiva del ser humano: convertir al semejante en un igual. De alguna manera es el primer acercamiento a una fraternidad.
Hasta aquí una declamación, un ideal defendido por un cúmulo de normas fundamentales que ha impactado seriamente en el imaginario colectivo. Sin embargo, ante la diaria lucha económica o política parece que los hombres miraran para otro lado, y fuera necesario recordar este ideal de mil formas distintas.
Entonces teniendo en cuenta que la igualdad es hoy un valor de carácter universal y que este valor es el primer acercamiento a una fraternidad ¿cuál sería el próximo nivel evolutivo del hombre, y de la democracia como substancia, y cómo acceder a él?
Procurando que la potencia del amor fraternal impacte de pleno en el sistema político humano.
Sin perder de vista el defender el respeto al otro, el profesar por el prójimo alguna de las formas de amor es el camino para ser mejor. Eso implicaría dejar libre la fuerza de El Amor -la más importante del mundo- para que la gente sensible en forma voluntaria, que quiera tratar a sus semejantes con amor fraternal, produzca una revolución que tienda a la evolución del hombre y a un perfeccionamiento de la idea democrática donde ya dejemos de ser meros partícipes políticos para pasar a ser protagonistas de la gesta social. Un sistema de estas características -como veremos- sería una revolución en la especie humana.
Para poder encarnar la revolución que enunciamos debemos preguntarnos ¿somos hijos del poder o dueños del poder?
Y a no dudarlo, la gente, el pueblo, los ciudadanos, la sociedad civil toda en nuestro doble carácter de electores y consumidores debemos ser los reales dueños del poder.
LA DEMOCRACIA DISFUNCIONAL
Observamos, entonces, una evidente disociación pauperizadora entre la substancia democrática como forma o estilo de vida, y la “operatividad” de esas ideas funcionando en los hechos concretos, es decir, como sistema político democrático. Gran parte de tal disfunción debemos achacársela al poder y su sinergia, que opera entre bambalinas. Es hora de adentrarnos a lo que hemos adelantado en el título anterior: haciendo una descripción más concreta y detenida, veremos con mayor claridad esta disfuncionalidad -traducida por el imaginario colectivo en términos de reclamos y cuestionamientos- con el objetivo de aportar soluciones para zanjarla.
Inconscientemente muchos resumimos la idea democrática en el acto fotográfico de la elección. Esto no debiera ser así. Ya Alexis de Tocqueville, siglos atrás nos decía: “Con este sistema, los ciudadanos salen un momento de su dependencia, para elegir su amo, y vuelven luego a ella…” (32).
En mérito a lo expuesto es obvio que la participación popular pos elección de los verdaderos dueños del poder, es decir el pueblo, es la de ser convidados de piedra ante las elites políticas. Y esto sucede sea populista o no el régimen a cargo, solo que en el primer caso se “utiliza” mas a la gente, dándole una falsa idea de participación.
Aun así es incuestionable que el sistema democrático es el que más consenso genera, ya que su aplicación como forma de vida asegura los derechos, las garantías y las libertades humanas. Pero también es cierto que el ideal democrático, como sistema que convoca al gobierno del pueblo y a la participación en la cosa pública, ha ido perdiendo notoriamente su “intensidad” (33).
Los graves cuestionamientos a los sistemas electivos y a la pretendida “representatividad invocada”, junto con la apatía, la falta de participación, la imagen desdibujada y desvalorizada de los políticos y de sus partidos, sin olvidarnos de la corrupción y la ineficiencia, constituyen el panorama actual. Las causas son innumerables:
Todo esto llevó a Carlos Strasser a sostener (34) que en el actual estado de cosas, la democracia es “una parte más” dentro de un régimen de gobierno mixto, ya que en los actuales sistemas conviven formas democráticas y representativas con otros regímenes políticos y otras formas de poder de índole no democrática. Según los casos, la democracia puede ser predominante o puede estar controlada por aquellas variantes que le son impuestas.
Todos estos cuestionamientos o defectos en la práctica democrática, que provocan la crisis del sistema político, sin embargo no afectan a la idea de la democracia como “estilo de vida”. He aquí donde parece, paradójicamente, que se revela la disfuncionalidad que anunciamos desde el título de este capítulo:
Veamos: nunca antes, ni tampoco ahora, existió un consenso tan generalizado en las naciones y sus pueblos sobre las bondades del sistema democrático como estilo de vida. En consecuencia, el rechazo en el mundo -en especial en occidente- a cualquier tipo de sistema autoritario, totalitario o fundamentalista es completamente nítido e incuestionable. Tampoco puede dejarse de lado el reconocimiento universal de los derechos humanos y civiles, la igualdad de dignidad y de oportunidades entre todos los habitantes, la defensa de la vida del hombre y de las demás criaturas que existen sobre la Tierra, y la maximización de todas las libertades humanas, ya sea en los ámbitos civil, cultural, sexual o religioso.
En cambio, la desilusión ciudadana respecto de la “democracia”, no como idea, sino con respecto a su funcionamiento como sistema político real y concreto, plantea un panorama lleno de incertidumbre, que nos convoca y nos desafía a atravesar un período de replanteo y de cambio, alumbrado por el nacimiento de este nuevo milenio, aunque aún sin final a la vista, ya que no existe ninguna concepción mejor.
Cualquiera sea el replanteo, las modificaciones o los cambios necesarios, jamás deberían implicar violencia, imposición o inmediatez. Sin duda, estamos en una época en la cual las certezas no abundan, y es lógico que no se termine de entender esta supuesta contradicción entre el consenso a la idea y la crítica a este sistema, por el hecho de que las dos actitudes se justifican y, a la vez, son aparentemente incompatibles.
En resumen:
La democracia actual es de baja calidad, dado que está perdiendo su autonomía. Las leyes dejan de estar dictadas por aquellos a quienes se dirigen.
El autogobierno en las naciones sólo es posible en los discursos, lo cierto y concreto es que solamente podemos considerar que nos es dado aspirar a un ordenado control del poder.
Por eso sostenemos que el centro de la evolución de la idea democrática hoy pasa por generar un control social del poder que, junto con la coparticipación de la política horizontal o de bien de todos, nos lleve a una democracia de mayor calidad e intensidad, con dirección al Bien Común. Esas dos patas son las partes viscerales de la revolución del amor operativo que sostenemos como aquella utopía realizable. Es el sueño que necesita la democracia de hoy para motorizar la energía necesaria para el cambio evolutivo.
LIBERTAD SOCIAL: ¿LA LIBERTAD QUE FALTA?
Antes de ingresar en el desarrollo de la revolución que sostenemos, debemos referirnos a la libertad que falta para hacerla posible. Veamos: en estos últimos tiempos el hombre ha alcanzado niveles de libertad inimaginables siglos atrás. La libertad política de la mano de la idea democrática, los derechos humanos, el respeto a la minoría, los derechos civiles y ciudadanos, los derechos del niño, de la mujer, la libertad de prensa, de trabajar, de transitar o circular, la autodeterminación de los pueblos, la soberanía estatal, la libertad religiosa o de cultos o creencias, la libertad económica, pasando por la libertad sexual o de preferencias que incluyen el matrimonio con personas del mismo sexo. Todos pueden ser vistos como logros humanos pero, tal vez imperceptiblemente, carecemos de la libertad necesaria para procurarnos el Bien Común. Esa libertad social para determinar qué es lo mejor para la sociedad que conformamos y actuar en consecuencia, pareciera ser resorte exclusivo del poder de turno.
¿Es la libertad social lo que le falta al hombre para evolucionar?
Sin duda entendemos que la libertad no sólo es un bien preciado o precioso, sino que devendría en valor indispensable o supremo para hacer evolucionar la especie. ¿De qué otra forma podríamos hacernos mejores, si no tenemos la oportunidad de hacer, equivocarnos, aprender y mejorar…?
Tal vez, justamente como carecemos del concreto sentido de la libertad social, debemos dejar esa tarea en manos del poder, y es allí, donde el Bien Común no se ve debidamente atendido, o bien directamente no atendido sistémicamente por una concepción condicionada a cuestiones políticas o coyunturales.
Es hora, entonces, de promocionar esa libertad… y ése es el secreto… sin dejar que ningún organismo burocrático o gubernamental se arrogue la exclusividad de esa función. Imaginemos las posibilidades infinitas que tendríamos si convocáramos a la sociedad toda a tal tarea: imagínense los millones de actos virtuosos y tendientes al Bien Común que podrían efectuarse diariamente. Pero aun así, esa libertad, como todas las expuestas anteriormente, tiene que tener un marco de referencia limitante, si no se convertiría en libertinaje, pudiendo distorsionarse y hacerse negativa.
Es ahí donde se completa el secreto: no sólo promocionar esta libertad social, sino también -como veremos- darle un marco de acción para que sea eficiente y efectiva, de la misma forma en que a la libertad económica se la regula con normativas adecuadas tendientes justamente a no frustrar esa libertad sino a enmarcarla, darle dirección, trasparencia y claridad.
Parece ridículo dejar la tarea social monopólicamente en manos del estado, o del poder, quienes generalmente la efectivizan con el dictado de políticas, y no haciendo concretamente el Bien Común.
Para lograr la libertad que falta, y que nos acerque al bien de todos, debemos dejar libre la vocación de ejercer esa libertad social y que ésta dependa del sentimiento o sensibilidad y necesidades de los otros, con las reglas necesarias y regulatorias de esa actividad, de la misma forma que sucede y atestigua el mercado económico.
Dejar libre y regulado el amor fraternal, es producir la revolución del amor operativo, que va a inyectar amor y virtud al sistema político humano. Todo ello lo desarrollaremos a continuación, no sin antes afirmar que:
Lo que envenena a la sociedad posmoderna es la falta de amor y la libertad para expresarlo sin miedo
Consideraciones Previas:
Hemos dado cuenta de la actualidad de un amor fraternal que realmente impresiona, de la mano del protagonismo de la sociedad civil, por medio de las incontables OSC u OS, y de los millones de voluntarios.
Ésa es la base de donde partiremos para delinear la revolución que proponemos, pero es necesario previamente tratar de zanjar dudas y cuestionamientos, y establecer ciertas consideraciones previas acerca de su accionar. Veamos:
Algunos muestran su escepticismo relativizando su accionar, ya que no se la considera capaz de cosa alguna. Visualizan su accionar como una moda pasajera aduciendo que sólo el estado puede darnos soluciones concretas. Otros sostienen que solamente es el mercado (funcionando plenamente y sin restricciones) el generador de bienestar general. Cualquiera fuera la verdad, actualmente se tiene la visión y convicción de que el peso de la responsabilidad social es del Estado. Sin embargo, concomitantemente con ello, un genérico y borroso sector no lucrativo se ha estado ocupando con mucho entusiasmo de toda problemática social que no encuentra responsable directo, o que, de tenerlo, no es atendido por el mismo como se debe.
Cierto es que hay muchos temas que nos alejan de colocar a la sociedad civil como protagonista, entre ellos una cierta tendencia ante el actual estado de conflictividad mundial -provocado por las luchas de poder e intereses- que desvían nuestra atención de lo actuado por la sociedad civil, y dirigen nuestra miradas apelando excluyentemente al “poder” como único solucionador de tales conflictos (llámese así a los gobiernos, las uniones regionales o potencias mundiales). Aun cuando la función del poder es trascendente, nos olvidamos en ocasiones que tales situaciones están provocados justamente por las luchas por el propio poder o por sus intereses económicos nacionales e internacionales. Es por ello que el protagonismo de la sociedad civil es una bocanada de aire fresco que nos permite imaginar un futuro más venturoso.
La sociedad civil tiene mucho que brindar, por eso sostenemos que su accionar tiene que estar dirigido a buscar “la utopía, aquella visión ideal”, que no implica algo que esté fuera de la realidad, sino que es un poderoso deseo con probabilidades concretas de plasmarse en la realidad política. Es indispensable un ideal pensado con los dos pies en la tierra, que provea el combustible necesario para estimularnos e incitarnos a alcanzarlo y que conduzca a la acción en pos de ideales que resulten posibles de compartir. Ése es el camino que intentamos recorrer.
Sus Virtudes:
–Su autonomía: independencia ante los intereses económicos o políticos.
-La voluntariedad del accionar.
-Su crecimiento geométrico, y a escala planetaria.
-La búsqueda directa del Bien Común como su mayor virtud.
-Su compromiso, su transparencia, su eticidad… entre otras.
Sus Defectos:
-Su atomización. Su accionar aislado y no mancomunado.
-La falta de conocimiento general de su accionar por parte de la población.
-La Falta de visión final o camino a recorrer.
-Su falta de recursos económicos propios y, en el caso de ser provistos, la posible carencia de transparencia o equidad en el manejo de esos recursos.
-Su rol o ubicación ante el Estado, el Poder y el Mercado.
-La no adecuada integración entre las O.S. y los miembros de la vida comunitaria, llámense estos: escuelas, universidades, estudiantes, colegios profesionales, iglesias, asociaciones de fomento, sindicatos, hospitales y las demás “fuerzas vivas” incluidas en la sociedad toda.
Los Peligros que enfrentan las O.S:
Ante el crecimiento geométrico, y el de su importancia y trascendencia política y económica, es altamente preocupante que las obras de la sociedad civil sean parcialmente capturadas interna y externamente por los partidarios de otros intereses, sean políticos, de poder, o lucrativos, que las utilizan para sus “fines” convirtiéndolas en pantalla de sus actividades (como hoy parcialmente está sucediendo), lo que pude terminar provocando por evidente disminución de la confianza pública, un total descrédito de estas organizaciones. He aquí la semilla de destrucción del fenómeno naciente.
Hemos expuesto una idea econométrica de la importancia y desarrollo del accionar de la sociedad civil activa, en pos de la fraternidad espontánea. Aun cuando indicamos su atomización o accionar aislado como algunos de sus defectos, ello no implica que no haya organizaciones, tanto nacionales como supranacionales, que propongan alguna forma de reunión de las OSC. Veamos algunos ejemplos:
En el ámbito nacional, sepamos que hoy existen organizaciones ciudadanas, agrupaciones de decenas, cientos y miles de organizaciones sociales simplemente unidas en otra organización que las nuclea. Ejemplo de ello es el Foro del Sector Social, en Argentina, y el Indepent Sector, en los Estados Unidos, una organización que nuclea a miles de organizaciones sociales -tal vez las más importantes o de mayor historia y envergadura-.
Desde una visión supranacional, también existen muchas otras formas de reunir a las organizaciones, ya sea como foros o alianzas. Ejemplo de ello son los Encuentros Iberoamericanos de la Sociedad Civil que se iniciaron en 1992 y se continúan realizando cada dos años mediante reuniones de organizaciones de los países de América Latina, España y Portugal.
Estas convocatorias están prioritariamente dirigidas a compartir conocimientos y experiencias, y a fortalecer a la sociedad civil. En los encuentros se propone discutir y resolver problemáticas, generar eficiencia funcional a dichas organizaciones, dar a conocer y compartir sus funciones, repensar el sector, tratar temas de interés común, compartir problemas y actividades con el fin de buscar soluciones, tratar temas de incumbencia pública, e intentar influir sobre el gobierno o poder de turno para que otorgue mayor campo de acción o financiación al accionar filantrópico o ciudadano. Para ello es que se organizan en forma permanente o periódica movimientos, encuentros o alianzas internacionales.
Pero todo este fenómeno de la sociedad civil activa, tanto a nivel local, zonal, nacional e internacional pareciera que se limita, con algún grado de exclusión, sólo al accionar de las organizaciones sociales, con la colaboración inestimable de los voluntarios. El tema central y que compone la preocupación de las mismas organizaciones, es cómo provocar que el verdadero protagonista sea la sociedad civil toda.
Y esto sería ideal que suceda en un marco de sistémica entrega y recepción de la fraternidad espontánea. Y ésa sería la modalidad que propugnamos, la cual a su vez daría forma a la revolución que enunciamos
Habiendo transitado las consideraciones previas, ahora sí, la pregunta a contestar es:
¿Cómo sería concretamente La Revolución del Amor Operativo, y qué falta para aventar los riesgos que pueden amenazarla mientras despliega todo su potencial?
Dividiremos la respuesta en dos grandes temas. Ellos son:
– Encontrar cuál sería la modalidad que prometa aventar riesgos y organizar o sistematizar esta revolución.
– Determinar cuáles son las funciones centrales de La Revolución del Amor Operativo.
LA MODALIDAD, EL CENTRO DE LA CUESTIÓN
¿Cómo se imagina la forma en que deberían reunirse, organizarse o unirse toda esta fuerza virtuosa o fraternal, que incluya a las O.S. y a la sociedad civil toda para ser más eficientes y productivas en la búsqueda del Bien Común, sin perder su libertad y elementos más sentidos?
¿Imagina una gran organización social burocrática y jerárquica organizándolo todo?
¿Se imagina una organización por jerárquicas? ¿Que las organizaciones de base o asociaciones en la primera generación tengan que formar federaciones, y luego confederaciones nacionales o supraregionales?
¿Se imagina al Estado en esa organización ordenando toda la actividad de la sociedad civil?
¿Se imagina al Mercado en esa misma función?
¿Se imagina si reguláramos con leyes, normas u ordenanzas toda esa actividad, hasta el detalle?
No hace falta agudizar la imaginación, ya que en general estas modalidades ya existen o han existido -en más o en menos- en la realidad concreta. Nuestra propuesta es diferente.
El mayor valor del actual protagonismo de la sociedad civil es su libertad, su carácter de voluntariado, de opción libre. Cualquier situación de las que propusimos imaginar anteriormente podría crear un nuevo polo de “Poder”, que como todo poder, tendrá sus vicios propios (burocracia, maniobras políticas por influencia o jerarquía) y sus fines propios, alejados del fin real y también implicaría frondosas regulaciones que encorsetarían la fraternidad espontánea. Sería el certificado de defunción de la tan sentida libertad, “alma” del voluntariado.
Consideramos que los grandes foros, reuniones o alianzas tanto nacionales como internacionales, como los que en modo de ejemplo ya mencionamos, son imprescindibles, aunque visiblemente optimizables: tienen en sus manos una oportunidad única, que posiblemente no alcancen a ver. Y es allí a donde apuntamos. La actividad social no debería limitarse a lo actuado por las Organizaciones sociales (O.S) u Organizaciones Sociales Civiles (O.S.C.), sino que este accionar debiera ser mucho más amplio y a la vez más profundo: el verdadero protagonista debería ser la sociedad civil toda.
¿Cómo podemos ayudar a que se desarrolle, y en su caso cómo imaginamos sería la visión más adecuada de un futuro que incluya el protagonismo indicado?
Es tiempo, entonces, de abocarnos a esta cuestión central -que de alguna manera ya hemos adelantado-:
Todo ese desarrollo y actuación de la sociedad civil activa, en manos de las OS u OSC, está en peligro de ser paulatinamente captado, o bien desnaturalizado por su propios miembros. Por ello, era nuestra primera misión entregar los postulados filosóficos que explicitaran el por qué del panorama actual y a qué atenerse para evitar los riesgos de captación o desnaturalización indicados. Por otra parte, el haber efectuado una mirada diferente a la condición humana, ahora sí antropológica y sistémica, puede servir de base para una nueva perspectiva sobre el hombre como único paradigma de estudio para el desarrollo incuestionable de la filosofía y la ciencia política.
Nuestra segunda misión, fundamentada en esa mirada filosófica vertida, es poner a la luz una visión superadora del actual protagonismo de la sociedad civil activa, que funcione como una suerte de utopía plenamente realizable.
La adopción de una modalidad distinta puede tornar la positiva realidad actual de la sociedad civil activa, en una pacifica revolución que convierta ese Amor Fraternal en operativo, y nos acerque al Bien Común en forma directa. Ello provocaría una evolución del mercado, la política, la democracia, y, por último y esencial, del ser humano y las sociedades que éste conforma.
Esta modalidad de funcionamiento tiende a reducir la atomización, la falta de conocimiento del accionar de las O.S., la falta de transparencia en recursos -generalmente escasos-, entre otras situaciones no queridas. Es allí donde el actual amor fraternal espontáneo brindado por la sociedad civil activa, en forma a veces seccionada, puede generar la revolución que enunciamos… allí es donde el amor fraternal no sólo es testimonial y útil… pasa a ser revolucionariamente operativo en la realidad política de su miembro estrella: el ser humano.
Por ello nos seguimos preguntando:
¿Cómo entonces intentar que tanta potencia humana virtuosa, sea protegida y se encauce para ser más efectiva, sin que pierda sus atributos más importantes, evitando los indicados peligros e intentando zanjar sus defectos?
¿Concomitantemente, cómo también hacer que las O.S. no estén aisladas, y se integren plenamente a la vida de la sociedad comunitaria y local con una visión global, que a su vez pueda convivir con el mercado económico y el sistema político, sin generar alianzas espurias, rupturas o cambios bruscos? ¿Cómo hacerlo en un marco de libertad social, sin que se necesiten grandes recursos económicos, aprovechando la infraestructura ya existente?
Aun cuando parezca una exageración o una visión utopista o alejada de la realidad, esos son los objetivos de lo que damos en llamar la Revolución del Amor Operativo que, como expusimos, no es un cúmulo de intenciones: es la aplicación pragmática de los fundamentos filosóficos vertidos en la obra, con una alta cuota de observación de la realidad cotidiana.
Es entonces nuestra tarea, encontrar “cuál es la modalidad” más adecuada. Y es justamente ello, el centro de la cuestión en estudio: proponer un funcionamiento de la sociedad civil activa que prometa aventar riesgos y organizar o sistematizar esta revolución, para que exceda a las organizaciones sociales y sea entonces la sociedad civil toda la que forme parte de este movimiento, de manera tal que su organización sea nítidamente horizontal, evitando los problemas propios del poder y teniendo un funcionamiento casi automático, en base al motor que no sería otro que la fraternidad espontánea, que proveería el combustible necesario para hacer evolucionar al ser humano.
Entonces, ¿cuál sería la modalidad propuesta?
La creación de un marco virtuoso y sistémico, en el cual la moneda de cambio sea la virtud social, y sus funciones centrales resulten la solidaridad, la ayuda al semejante desde una visión universalista, la procura de transparencia y control social del poder, la posibilidad de convertirse en cantera inagotable de propuestas o políticas horizontales (sin relación con el poder), adecuadas a solucionar los problemas sociales, políticos y económicos y construir capital axiológico.
Un marco es dar un “continente” para que luego libremente el hombre lo llene de contenidos. Como ejemplo, veamos el viejo mercado económico concreto y plausible donde se encontraban los oferentes y demandantes. Era “el marco” donde se daban las transacciones comerciales. Otro, es la propia Internet, “marco” de comunicación e interacción humana. Ambos son utilizados por la impronta humana para satisfacer sus necesidades o deseos, y ese es un motor más que suficiente.
No hace falta afirmar y mencionar la explosión y crecimiento geométrico de cualquiera de las actividades, tanto la económica, como la comunicacional, y ello es debido excluyentemente a la existencia de “LOS MARCOS” aludidos, que provocan esa multiplicación fantástica y sin techo a la vista.
Aun cuando ya existan algunas modalidades similares a la que indicamos, imaginemos si ello si hiciera general.
¿Cómo actuar entonces en la realidad concreta?
Existen muchas variantes, la más genérica es participar en cualquier actividad de la sociedad civil tendiente a construir el Bien Común.
Pero lo ideal para generar La Revolución del Amor Operativo que anunciamos es ir en búsqueda del marco de acción. Un marco que funcione como promotor de la actividad de la sociedad civil y potenciador de libertad cívica y social, lo que facilitará las actividades de las organizaciones que lo componen o que propugnan el bien comunitario y común, articulándolas con la vida de la comunidad toda, con plena utilización de la infraestructura existente.
Una vez creado ese marco, el Amor fraternal opera solo, es por ello que siempre hablamos de la revolución del Amor Operativo.
¿Cuál es el objetivo de la operatividad y qué queremos decir con esto?
El objetivo de la operatividad es generar un “sistema” donde el amor fraternal crezca geométricamente. Este crecimiento se daría por dos razones claves. Por un lado, porque la generación per se del sistema, provoca la multiplicación. Por el otro, porque la creación de un sistema hace que la sociedad toda -y no sólo las O.S.- participe de la gesta social, solidaria y de ciudadanía universal. De este modo ambas razones provocarían la multiplicación de los actos virtuosos en gran magnitud. A su vez, esa virtud en el sistema generará evolución humana en cada uno de sus integrantes. Un cambio tan importante en el espíritu del hombre que podría colocarlo en el siguiente escalón evolutivo de la especie humana.
En segundo lugar, al margen de lo expresado, para conformar un sistema virtuoso no necesitamos ni crear infraestructura -construir edificios, mobiliarios- o tecnología -informatización, comunicaciones-, ni recursos humanos, porque el centro de la cuestión es que ya puede utilizarse lo existente. Amén de los recursos propios de las organizaciones sociales, cada uno de los actores de la vida económica y política podría ceder temporariamente y virtuosamente el uso de aquello que dispone: llámese a esto entidades confesionales, universidades, colegios, empresas, el propio estado, bancos, particulares, sindicatos, clubes, organizaciones barriales, asociaciones profesionales, etc. Mucho de esto ya está sucediendo.
Lo más importante -el material humano- es provisto por el generoso voluntariado libre, y es allí donde el amor fraternal se hace presente, en forma parcial o total, presencia a la que debemos sumar a aquellos que decidan ejercer su trabajo remunerativo en esas entidades. Se minimizarían entonces los recursos económicos necesarios para tal situación.
Con todo ello, perseveramos en colocar nuestro objetivo en el intento de crear reglas de funcionamiento sistémico. La gran ventaja de esta modalidad es que el marco virtuoso no sería creado para ser utilizado solamente por sus miembros. Sería creado para que esté también al alcance de cualquier otra organización social y, lo que es más importante, de toda la comunidad para que ésta lo utilice del mismo modo en que se utiliza por ejemplo el marco comunicacional que genera Internet.
Es decir, lo que propone este ensayo es un marco que propugne la integración de todas esas fuerzas que obran por el bien. Un marco sistémico que evite el desperdicio de energía y recursos que puede haber si estas fuerzas no actúan en forma mancomunada.
La creación del marco virtuoso. Su visión sistémica
Nos encantan los fines nobles, los discursos motivadores, los valores encerrados en enjundiosos libros y encendidos discursos, pero observamos que lamentablemente la realidad pasa por otro lado. Es cierto que cada acto virtuoso nos eleva, nos acerca, nos conmueve. Es importantísimo, pero ¿es suficiente?
¿No sería más eficaz establecer un sistema donde los millones de actos virtuosos aislados puedan converger y potenciarse? ¿Y con ese sistema no se multiplicarían aún más los actos virtuosos si generáramos las condiciones necesarias para que a quien pueda y quiera, y cuando quiera, le resulte simple realizar la contribución virtuosa que desee?
Creemos firmemente que esos actos también crecerían geométricamente, pasarían a contarse por cientos de millones o miles de millones. Sólo generando un sistema autónomo o cuasi automático -como lo es el mercado económico- sujeto a determinadas reglas, puede potenciarse la virtud en el mundo a niveles inimaginables.
Pero ¿qué es un marco? ¿Cómo se logra que miles de millones se organicen de manera autónoma y sistémica?
Un ejemplo claro de un marco al alcance de todos, como ya enunciamos, es Internet. Esta red nació para facilitar y agilizar la comunicación de los hombres y hoy ya nadie se atreve a precisar su magnitud exacta. En ella la comunicación y el acceso a información de diferente tipo se ha incrementado de manera incalculable. Y aun cuando originariamente al globalizar el planeta era utilizada como una herramienta del poder, produjo todo lo contrario, una herramienta de comunicación que hizo que la libertad social y política gane terreno ante los poderes dominantes y dictatoriales. Quienquiera que sea, sin tener que dar nombres ni ningún tipo de referencia social, cultural o económica real, puede acceder a ella sin que nadie se lo impida, todos tienen acceso por igual. Una horizontalidad, igualdad y libertad absolutamente envidiable -ello no significa que todo lo que produce sea bienvenido, tiene sus cuestionamientos-.
Del mismo modo, resulta de un marco sistémico el funcionamiento del actual mercado económico. Imaginemos cualquier comestible… ¿qué extraordinaria organización hace que haya provisión al alcance de cualquier consumidor en todo rincón del mundo económicamente viable? Obviamente ninguna tiene tanta logística y dimensión. Entonces, ¿qué produce ese resultado sistémico, no sólo hablando de comestibles, sino de cada uno de los millones de productos que se comercializan diariamente…? Es el mercado o sistema económico capitalista. Pero entonces ¿quién lo organiza? Nadie en especial. Simplemente tiene un motor poderosísimo: el interés de lucro, que opera conjuntamente con la necesidad o demanda humana. Y esto genera un sistema de oferta y demanda dado que cada parte del negocio económico está buscando su propio lucro en ganancia, sueldo, honorario. Esto es un marco sistémico.
Ese motor humano inacabable, renovable y de crecimiento sostenido, que tiene “un marco” en el que se desenvuelve, y que tiene reglas o un conjunto de normas que lo contienen -para evitar desigualdades notorias, como por ejemplo el poder de mercado- y otras destinadas a promoverlo en caso de ser necesario, son las que hacen el milagro de un mercado económico globalizado, que efectúa millones de transacciones por minuto.
No es el caso del sistema político, que con una organización distinta, está basado en la obediencia jerárquica, administrado burocráticamente. Por eso consideramos que si articulásemos las O.S. jerárquicamente se convertirían en un polo de poder y perderían su fraternidad espontánea.
Es momento entonces de ir hacia un sistema virtuoso. Así como en Internet el motor es la comunicación y las necesidades de interactuar con el otro, y en el mercado el interés de lucro, aquí el motor humano inacabable y renovable sería el amor fraternal.
El camino hacia la Justicia y lo Justo: La utopia realizable de La Revolución del Amor Operativo
Resta conformar el sistema faltante, es decir, el virtuoso, mediante el cual, como bien decía Dworkin (37), no solamente otorguemos al otro lo que es justo -la idea básica de la justicia- sino que, por el simple hecho de ser humano, se le dé “por justicia o por alguna de las innumerables facetas del amor” no sólo lo que se merece sino más que eso o más que lo que fuese justo, para paliar aquella fenomenal “deuda social” creada durante siglos por nuestro injusto sistema y el profundo pozo de diferencias existente que se da fundamentalmente por el azar (no es igual la situación para un ciudadano nacido rico, que para un marginado). Situación que no sólo equilibraría el sistema y lo tornaría más justo, sino que a su vez nos mejoraría y nos haría evolucionar como personas.
Un sistema virtuoso que proponga una mirada de amor hacia el otro es el elemento crucial para poder compensar y tensionar tanto interés y tanto egoísmo existentes en el mundo.
Así, tendríamos conformado el “verdadero péndulo” de la naturaleza humana en tensión: en un extremo, el egoísmo humano -el amor hacia sí mismo-, y en el otro, la virtud social -nuestro amor hacia los otros-. En esa situación, el péndulo podrá alguna vez “colocarse en el justo medio”, que creemos será mucho más cercano a la idea de justicia.
El sistema virtuoso podría entonces también dar lugar a la conformación del sistema de distribución de riqueza más poderoso, ético y evolutivo del mundo.
Ello nos trae aparejado un camino distinto del de la teoría de justicia de Rawls (38). Sin embargo no hay justicia objetiva, sino que toda concepción de justicia tiene componentes subjetivos, que la hacen estrictamente más humana; por ende, imperfecta y evolucionista.
Ello no significa restarle importancia al hecho de componer instituciones justas y a tender a una distribución más equitativa de los bienes, ya que pensamos que estas instituciones son indispensables, aun cuando insuficientes para lograr la “justicia distributiva”.
La virtud social no sólo responde a una concepción de distribución con justicia, que per se es insustituible, sino que va mucho más allá y provocaría el efecto equilibrador del sistema. La virtud social consiste en dar por los otros, aun cuando no tengamos noticia cierta de su merecimiento. Y si no deviene por sí sola justa -en el sentido individual y jurídico del término-en vista del individualismo, egoísmo y búsqueda de poder reinante, sí en cambio devendría justa sistémicamente. De modo que no tendríamos que confiar de manera “excluyente” en las leyes como única herramienta para componer “lo justo”, ya que pueden estar influenciadas por el Poder y por el interés, y así alejarse de un concepto imparcialmente justo.
Es por ello que la virtud es el elemento reequilibrante en un mundo dominado por un poder político o económico de connotaciones preeminentemente egoístas.
En resumen, hablamos de un mercado o sistema virtuoso en el que la contraprestación sería la virtud. Ello implica que esta organización debe ser “sistémica”, ya que no sólo el dador debe ser virtuoso, sino que el que recibe también debe ser virtuoso o dador de virtuosidad, siempre dentro de sus posibilidades. Como en su momento expondremos, todo esto no es otra cosa que introducir virtud en el sistema.
Por ese camino, la virtud social, notoriamente más ética, equilibraría el poder vía el control social, y equilibraría también la distribución de la riqueza lucrativa, vía la distribución sin lucro ni contraprestación económica como fines excluyentes. La virtud social, deberá tensionar y mejorar el actual equilibrio con el egoísmo o individualismo humano.
Cualquiera sea el equilibrio por lograr, la sola potenciación de la virtud social -mediante ese sistema primariamente ético- tendría un incalculable y potentísimo efecto cultural socializante, comunitario y sin pérdida de impronta individual que impactaría superlativamente en el tejido social. Con esto, provocaría un mayor acercamiento al ideal propio del Bien Común, sin que ello se convierta en una utopía masificante, conservando y elevando exponencialmente el pleno ejercicio de la libertad personal para que cada hombre elija y opte entre todas sus potencialidades básicas y desarrolle el camino hacia la evolución humana.
Ahora bien, un sistema virtuoso (39) ¿nace por generación espontánea?
Aun cuando esto parcialmente esté sucediendo, la historia atestigua que el Mercado como sistema sólo pudo expandirse geométricamente después de que se entendiera que los pactos (contratos) fueron hechos para ser cumplidos. Esto, además del apoyo estatal, es lo que generó el mecanismo cuasi espontáneo que permitió la liberalización del interés personal, lo cual conformó el denominado “mercado económico”. Recién después de que se establecieron las reglas de juego, y se facilitara y otorgara un marco de acción pudo conformase “el sistema”. Lo mismo podría suceder con la virtud social; resta entonces, para propender al desarrollo del instinto social inherente en los hombres, efectuar esta dual tarea:
Dar libertad y además crear un marco de acción y de referencia para que este sistema virtuoso funcione de modo cuasi espontáneo
A su vez, ello generará cultura repotenciadora del instinto social (es decir, una cultura que se repotencie por sí sola). Aquí tenemos el inicio de un sistema “virtuoso” y el concepto de una Revolución del Amor Operativo que genera evolución humana.
No existe una forma “natural” para que funcione la sociedad, es el ser humano quien la crea y la hace funcionar. Por ello todos somos responsables de la sociedad que creamos y formamos y, en consecuencia, debemos trabajar para desarrollarnos socialmente y aliviar las desigualdades de nuestro propio sistema. Ese cambio cultural puede lograrse con el efecto que irradia la fuerza del amor fraternal.
En este marco actualmente observamos una evolución con efecto casi planetario: la sociedad civil activa, que con plena conciencia del principio de fraternidad pero sin intervención o imposición directa del Estado, intenta provocar ya no beneficencia, sino el impulso creativo del hombre hacia la generación de capital social, en un marco de mayor libertad.
Nuestro interrogante es: ¿debemos revalorizar al Hombre y otorgarle nuevamente el papel protagónico, desplazando al Estado o al Mercado en la colosal tarea de paliar o resolver la problemática social? Creemos que la respuesta no puede ser sino afirmativa.
¿Esto implica que tanto el Estado como el Mercado quedan exentos de toda responsabilidad?
Todo lo contrario. Su responsabilidad de disminuir las desigualdades que sus propios sistemas crearon se duplica, se agudiza, por la sola presencia de un sistema virtuoso, ya que su propio principio irradiador de elevación ética y cultural de la dimensión humana propone que su función social deba superarse, potenciarse y volverse superlativa.
¿Podemos considerar que nos dirigimos hacia un “mercado o sistema virtuoso” capaz de tensionar y amalgamarse con el sistema político y el mercado económico y, por aquella ley de las tensiones, generar un cambio que implique una notoria evolución, es decir, orientado hacia lo que denominamos la Revolución del Amor Operativo?
Así lo entendemos, y es allí donde en búsqueda del interés público pero apelando al mayor protagonismo personal que nos da también libertad y autodeterminación, como por arte de magia amalgamamos los intereses comunes y los personales.
Todo esto no puede ir en desmedro del desarrollo natural del instinto egoísta de búsqueda de riqueza y de bienestar personal, sino que lo complementa. Cada uno, sin exigencia de tiempos o espacios ni renunciamientos, podría determinar dentro los marcos expuestos, con absoluta libertad y de acuerdo con sus deseos y propias motivaciones, qué porcentaje de su vida destinará al desenvolvimiento de sus instintos -el egoísta y el social-. Tal sería la forma de que los hombres puedan sentirse completos.
¿Por qué no considerar que esa motivación, que obedece a su instinto social, pueda impulsar un desarrollo con equidad? Si se pone en movimiento tal maquinaria, ¿qué valores humanos desarrollaría por efecto irradiador?, ¿qué tipo de sistema axiológico tendría la sociedad?: estaríamos ante una sociedad más justa, más democrática, más eficiente, más libre, solidaria y ética, capaz de provocar el propio desarrollo y crecimiento económico. ¿No serían esos los mejores vasos conductores para que el efecto de acumulación de riqueza llegue a los que menos tienen?
Nos preguntamos si no sería esta manera una de las formas de introducir la virtud y la benevolencia dentro del sistema, camino que empiezan a recorrer las sociedades civiles activas de las naciones.
La democracia necesitaba de una utopía, de un camino mejor que tiene que encontrar metas comunes que sean suficientemente motivadoras como para que la gente haga sacrificios y posponga su propio interés. Creemos estar proponiendo una: “La revolución del amor operativo” en la política humana, que tiende a la evolución del hombre, de las sociedades, y de la operatividad de la idea democrática.
El Sistema Virtuoso. Características Centrales
Para entender que estamos ante un “sistema” autónomo y sin jerarquías determinadas, con una modalidad tendiente a la libertad, como lo es Internet o el mercado económico, debemos determinar algunas consideraciones previas:
En el mercado económico, el acto económico pleno se produce cuando las partes del mismo efectúan transacciones teniendo ambos una ganancia determinada por el interés de lucro, o bien por minimizar sus gastos y erogaciones. Existen actos económicos no puros ni permanentes. Por ejemplo cuando un fabricante adquiere a su proveedor insumos para elaborar un producto para luego donarlo virtuosamente. Aun ese acto sería sistémico parcialmente, ya que para alguno de ellos primó el lucro o ganancia -ése sería el caso del proveedor inicial-. Pero imaginemos qué pasaría si cada actor económico donara o regalara sus bienes: sería el certificado de defunción del sistema. Perdería el motor, por lo tanto el mercado económico dejaría de ser sistémico (es decir, dejaría de funcionar por sí solo).
Por ello y que quede perfectamente claro, para conformar un sistema virtuoso real, no puede una de las partes entregar un bien o servicio virtuoso y el otro solamente recibirlo por su interés personal (ese sería un acto virtuoso parcial o impuro). Si descartamos aquellas situaciones en las que esto se justifica porque quien recibe no está en condiciones de efectuar acto virtuoso alguno -aunque es discutible, ya que la virtud no se mide por implicancias valorativas económicas, sino por la colaboración o contraprestación cualquiera fuera esta: por ejemplo aquella persona que recibe comida y a cambio cocina para otros-, el centro de la cuestión está justamente en que el acto virtuoso sistémico radica en que ambas partes entregan por virtud. Tanto el dador como el receptor deben efectuar un acto virtuoso, cualquiera fuera, ello implica la contraprestación sistémica, porque sin ello no se generará un sistema virtuoso. El que recibe también tiene que producir virtud aun cuando dichos actos no sean compatibles económicamente, aunque si valorativamente.
Que en el sistema virtuoso la moneda de cambio es la virtud, de la que ya dimos cuenta, multiplicándose perdurablemente. El fin del marco es garantizar que esa compensación virtuosa se extienda sin fin.
LAS FUNCIONES CENTRALES DE LA REVOLUCIÓN DEL AMOR OPERATIVO
¿Pero a qué se debería dedicar este Sistema Virtuoso, cuáles serían sus temas de incumbencia?
Si tuviéramos que dar una contestación exacta, sólo podríamos afirmar que su norte es todo el acontecer de los seres humanos y las sociedades que estos conforman. Aun así, consideramos que hay temas centrales que tienen íntima relación con lo visto, teniendo en especialísima condición que son tareas en las cuales la sociedad civil debería empeñarse con mayor dedicación. He ahí la consideración de centrales. Si bien la sociedad civil tiene la nada despreciable ventaja de poder tender a mejorar el sistema, si falla o no lo hace como corresponde, ya sea por inacción o por ineficiencia, el sistema hoy existente no sucumbe, seguirá funcionando. En resumen, su inacción no generaría nuevos daños o para decirlo de otra manera, no generaría más daños que los ya existentes con el actual e injusto sistema político y económico. Para apreciarlo desde otra perspectiva, lo que estamos proponiendo es simplemente redescubrir reglas nuevas para jugar el viejo juego, con el objetivo de introducir más virtud al sistema macro-político-humano.
Podemos resumir en cuatro los temas centrales a los que debería abocarse el sistema virtuoso:
Es la actual revolución solidaria a escala planetaria, que dispensa servicios sin dar lisonjas. Su objeto o campo es todas las facetas de necesidad del otro -tomado como el prójimo, y a nivel universal-, como también del hábitat y de las criaturas que en él viven. Como simples ejemplos: sustento alimenticio, salud, educación, trabajo, erradicación de la pobreza, marginamiento, flagelos sociales, drogadicción, alcoholismo, juego, cuidado ecológico, entre muchísimas otras facetas.
Este tema tiene dos claros puntales:
Como ya hemos expuesto, uno de ellos engloba a las OSC (Organizaciones de la Sociedad Civil). Toda organización implica una reunión de esfuerzo colectivo hacia una finalidad común; dentro de éstas, sus miembros deben actuar cualquiera sea la forma, la estructura o la modalidad elegida para su funcionamiento. Sin duda, las organizaciones son la columna vertebral del movimiento. Por sus fines y por su estructura organizativa, prima su consideración social, en contraposición con el individualismo, fuertemente debatido y cuestionado.
Y el otro, el corazón indiscutible de esta revolución solidaria, se encuentra curiosamente en el sorprendente auge del “voluntariado”, o sea personas que adhieren “individualmente” a una causa, en pleno ejercicio de su libertad y de su opción personal. La figura del voluntario, conformada por cientos de millones de personas en el mundo, adquiere un papel preponderante no sólo en el movimiento en estudio, sino como dato superador, ya que aunque pueda sostenerse -en ocasiones con certeza- que muchas asociaciones pueden tener intereses diversos que podrían empañar su accionar, en general no sucede esto con el “voluntario”, que es el más puro exponente de un cambio en el espíritu del hombre. Tal situación pasa a evidenciar un sesgo igualitario entre los hombres que, al conjugarse con una concepción universalista del ser humano, denota un cambio esperanzador.
En resumen, desde cada ser humano, se desprende entonces el motor de esta revolución que no es otro que el amor fraternal, que hace del trato entre los hombres un evidente y notorio paso a una etapa superadora y por ende tiende a la evolución humana.
Asimismo, y como hemos sostenido -recordemos la teoría del péndulo-, la revolución solidaria es, tal vez, el modelo distributivo que sistémicamente deviene más justo, ya que al nacer del amor excede el concepto de justicia y es allí donde tensiona con el interés o egoísmo humano, logrando una idea más cercana a lo justo y tratando de paliar la gigantesca deuda social con la tendencia cierta a atenuar las históricas inequidades que los sistemas humanos han provocado.
Por eso, no nos cansaremos de repetir entonces que el sistema virtuoso podría ser el sistema de distribución de riqueza más poderoso, ético y evolutivo del mundo.
Es la actividad de la sociedad en las tareas de control sobre corrupción, negligencia, ilegalidad, ineficacia o abuso de los actos del poder o de sus funcionarios en pos de la transparencia, la idoneidad, la defensa de los derechos humanos, la dignidad del hombre, el manejo correcto de los fondos, las condiciones de trabajo, el medioambiente, entre muchas otras áreas de incumbencia. En resumen, es el control social sobre todo tipo de poder con el objetivo final e ideal de convertir al ejercicio de todo poder en actos virtuosos (difícil tarea por cierto: lo importante es caminar en pos de la meta aunque parezca imposible de alcanzar).
Desde hace tiempo la sociedad civil, vía actividades institucionales o en forma personal o grupal, está fiscalizando a todo poder. Toda esta nueva actividad no suple los controles tradicionales -los cuales, dicho sea de paso, son especies de delegaciones de los verdaderos dueños del poder democrático, el pueblo-, sino que los refuerza, alimenta y acompaña haciéndolos y obligándolos a ser más eficientes, dado que esta función, a cargo de la sociedad civil activa, los pone en evidencia: imaginemos que descubran una corruptela en una área propia del poder que obviamente debería ser fiscalizada por algún control tradicional. En ese caso no sólo la reputabilidad y eficiencia política del poder se pone en juego, sino también las del propio órgano fiscalizador (el control tradicional) con las consecuencias propias de ello en ambos casos. Es así que la tarea de control social no sólo eficientiza el funcionamiento del poder, sino también el de los controles que tradicionalmente deben fiscalizarlo. También el control social complementa y agiliza a los tradicionales ya que genera denuncias que luego deberán ser resueltas por aquellos otros entes fiscalizadores que a su vez continuarán en la mira del contralor social. Y lo más importante: el control social es más extenso y abarcativo, ya que cuestiona la ineficacia, falta de idoneidad, los manejos formales correctos pero evidentemente turbios, y muchas otras áreas donde el control tradicional no llega.
El control social del poder (40), de esta manera, a diferencia de los controles tradicionales, apunta a la razón de ser del poder, y de encontrar irregularidades -cualquiera fueran éstas- puede cuestionarle su reputabilidad política, exponerlo a la luz pública y, en caso de corresponder, hasta provocar su perdida o atenuación. En resumen, apunta al corazón del poder.
Las movilizaciones sociales de protesta que reclaman justicia, eficiencia o modificaciones políticas; las ONG, abocadas a la tarea de monitorear los actos de los funcionarios estatales colocándolos a la luz pública; la denuncia judicial o mediática de actos ilegales o de corrupción; los petitorios que, con miles de firmas, reclaman transparencia y modificaciones legislativas o administrativas, junto con la defensa de los derechos humanos, son algunos ejemplos de los actos generados por el control social del poder.
La existencia de asociaciones de consumidores y de organizaciones ecologistas y la apelación a la responsabilidad social por parte de las empresas respecto de las cuestiones sociales se agregan a la lista de ejemplos de la interrelación con el universo del poder económico.
Lo sintomático, y que excede el consabido marco ciudadano local, se basa en un funcionamiento que tiene tendencia universalista. La influencia mundial de múltiples agrupaciones internacionales que generan movilizaciones de protesta en favor de la paz y de la vida, en defensa del medio ambiente, por la lucha contra la injusta distribución de la riqueza, por la transparencia en el accionar público y privado, tienden a otorgarle a este accionar una preocupación y un alcance global.
Se tiene la idea general de que es el voto el acto de control social por excelencia, pero en realidad votamos con la vista puesta hacia adelante, razón por la cual el voto no tiene mucha entidad como medida de control. Por eso es indispensable el control social, ya que para que resulte eficiente debe ser hecho en forma permanente y en tiempo presente.
También existe el riesgo de que la actividad de control social sea cooptada como puede serlo toda otra institución u organización tendiente al Bien Común, y que en vez de generar legítimo control abuse del mismo para desacreditar o desprestigiar al controlado o al propio control con espurias intencionalidades políticas o de otro calibre. Tales situaciones siempre tienen que tenerse en cuenta cuando se organice un debido control social del poder.
Para ello consideramos que el control debe tener tres características centrales:
a.- Cruzado o atomizado, para evitar que el que controla se convierta en “un poder” de control, y por ende otro poder más a controlar. Nada ni nadie se tiene que arrogar el control exclusivo del poder, dejando de lado al único titular, convertido aquí en la sociedad civil. Por ello el control debe ser cruzado, única forma de probada eficiencia, que no sólo evita lo dicho, sino que da trasparencia y claridad a los temas públicos, ya que sus actores no tienen idea de cuántos ojos están mirando su accionar.
b.- Sistémico, para evitar la manipulación del que controla sobre el controlado. Por ello debe ser accesible para todos, con reglas claras, iguales y universales, que faciliten el control cruzado, en base a un conjunto de reglas consentidas, procedimientos mínimos de aplicación, con una suerte de normas de probada calificación que conviertan el control en una modalidad sistémica.
c.- Institucional: Debe tener cierto apego a las mencionadas modalidades, que deben no ser tan rigurosas como en el proceso judicial, ni tan laxas (por ejemplo, nuestros “escraches”) para evitar la futilidad e inconsistencia de modo que se garantice la seriedad, la eficiencia y la justicia, y evitar su utilización para fines espurios alejados del fin real.
Sin duda, las audiencias públicas son una de las modalidades dentro de esa conceptualización, y un procedimiento fundante en el armado del control social del poder concreto.
La importancia del control social es fundamental si realmente queremos poner en caja al poder real.
Por ello la propia actividad de control social debe aplicarse al accionar propio de la sociedad civil, y debe también ser el destinatario más intenso, ya que por su función ética no sólo es conveniente sino propio a su esencia misma. Entender lo contrario sería infringir un daño extremo a la confianza depositada, y es justamente el camino que utilizaría el propio poder para desprestigiar a aquellos que lo controlan, y así vituperarlo para evitar que se lo controle a él mismo.
Es definitivo entender que la necesidad del control social del poder no es una moda o una “modalidad” temporaria, sino que es altamente sistémica. Si en algún momento se atenúa o adormece el control, la naturaleza propia del poder, como lo hemos sostenido, reaparecerá inexorablemente. Y si lo dejamos de “tratar”, es decir, de limitar o de controlar, se hará presente de la forma más descarnada, porque esa es su naturaleza intrínseca y más primigenia. Por eso sostenemos que: el precio de la libertad en la democracia es la eterna vigilancia o control.
Es aquella que en forma horizontal busca el Bien Común, compone la política con mayúsculas, denominada arquitectónica, que tiene como norte lograr la sociedad que todos queremos tener. Difiere de la concepción de la política que busca del poder jerárquico o político (41).
Es el conjunto de propuestas, proyectos, programas, estrategias o políticas en las más diversas áreas, que puede nacer o ser generado por la Sociedad Civil y sus organizaciones, que conformaría una cantera inagotable de ideas y soluciones innovadoras de la problemática social y el desarrollo sostenido, como son la proposición, estudio y debate de proyectos comunitarios, sociales, económicos, humanos que nos den una idea de qué tipo de comunidad, ciudad, región, nación, incluso planeta deseamos tener, en pos de una visión compartida.
Esta tormenta de ideas y proyectos derivaría del mayor consenso arribado entre las Organizaciones Sociales y la sociedad civil activa. Su accionar impactaría directamente a favor del Bien Común del ser humano, ya que se evitarían las divisiones y conveniencias políticas o intereses sectarios y sectoriales, que sabemos imposibles de evitar ante su ineluctable existencia. Por ello este accionar de la sociedad civil conforma la mejor modalidad para que la fuerte influencia de los poderes o conveniencias e intereses de turno se disipen o disminuyan.
Imaginemos la sumatoria de la inteligencia de los hombres que conforman la comunidad. Los intelectuales, científicos, profesionales, el mundo universitario, alumnos, egresados y profesores, y cada uno de los miembros de la comunidad en plena sintonía comunicacional con las otras comunidades, instituciones y el cuerpo legal del mundo entero que, sobre la base de la globalización informática, se pusieran a trabajar con alguna coordinación o mancomunadamente y debatieran, propusieran, estudiaran, proyectaran y se abocaran a la política horizontal de Bien Común en sus distintas áreas, en combinación con sus representantes políticos. Obtendríamos sin duda una suma de conocimiento y creatividad humana tendiente a lograr nuevas ideas o propuestas que puedan acercarnos al Bien Común.
Entender estas consideraciones implicaría cambios evidentes en la idea y en el sistema de la democracia. Estaríamos en presencia de “nuevas” formas de democratización social, ya no de mera participación sino de fuerte protagonismo de la sociedad a tal punto que podrían conformar el punto de partida de la indispensable evolución que necesita el sistema democrático.
Tanto el control social del poder como la participación en política horizontal, en conjunto con esta refrescante mirada que no es indiferente al semejante, son las actividades más conocidas en el actual accionar de la Sociedad Civil Activa. Amén de las modificaciones en su norte que fueran menester para que las mencionadas actividades se conjuguen en un marco que genere un sistema, deberíamos agregar la que proponemos a continuación:
Existe la consideración general de que mucho de las crisis actuales, tanto a nivel público como privado, se debe a la pérdida general de “valores”. Para verificar la verosimilitud de tal afirmación deberíamos preguntarnos ¿qué es un valor? Hay varios puntos de vista.
Se dice que el valor es una cualidad que confiere a las cosas, hechos o personas una estimación ya sea positiva o negativa. Los valores también son un conjunto de ejemplos que la sociedad propone en las relaciones sociales. Podría decirse que los valores son creencias de mayor rango, compartidas por una cultura y que tienen determinado consenso social.
Claro está que su enunciación es importante, pero en realidad los valores son compuestos por las acciones o el relato de nuestras acciones, y no por su simple enunciación. Los valores deben ser vívidos, es decir que nuestras vidas los expresen o que se perciba que los respetamos.
Por eso que llevar los valores a nuestra vida en forma permanente resulta ser más positivo, ya que los valores se irradian. La queja no produce cambio, ni nada positivo, lo que sí resulta semilla de cambio es nuestro compromiso personal o comunitario… eso hace enriquecer a los otros y a la humanidad.
Dado que nuestra visión tiene mayor predicamento político, estamos más cerca de los que argumentan que un valor es un tipo de conducta humana que le conviene a la sociedad toda. Por eso es importante marcar que, en griego, “Valor”, es acción que motiva o predispone a la acción. Así entendido, entonces, el valor es una de las formas o acciones para concretar el Bien Común.
Siendo la axiología la rama de la filosofía que se encarga del estudio y la naturaleza y la esencia del valor, nos interesa ocuparnos del capital axiológico de la sociedad, que no es otra cosa que el conjunto de valores intangibles (éticos, espirituales, emocionales y prácticos) adoptados por una sociedad y que le son efectivos para la convivencia social.
En ese sentido los valores políticos o sociales serían conductas en el sistema político e institucional que le convienen a la sociedad toda, y que forman parte su capital axiológico. Políticas de Estado de largo aliento adoptadas por el mayor consenso, reglas claras de juego del accionar político, fortaleza institucional y convivencia ideológica, son consideraciones positivas, pero asimismo en la teoría del valor no sólo se enuncian valores positivos, sino también aquellos contravalores, que son conductas negativas para el entramado y convivencia social. Y justamente estudiar y proponer capital axiológico pudiendo determinar aquellos contravalores sociales, políticos e institucionales, es una tarea excelente, que puede ser tomada a cargo por el consenso de la sociedad civil toda, siempre con la concepción de que se trata de un camino o proceso permanente e inacabable. Pero en estricta relación a lo expuesto en esta obra de especulación filosófica sobre la condición humana y su conducta, y en mérito a la conformación de un sistema virtuoso donde la virtud social sea la moneda de cambio, y atento a los riesgos y peligros ya indicados, es indispensable la creación por parte de la sociedad civil activa de una suerte de código ético o conjunto de principios o normas que enmarquen y determinen el funcionamiento del sistema virtuoso dentro del cual se enmarcarían a su vez las tres funciones centrales ya expuestas. Estas normas debieran ser tan estrictas y operativas como lo son por ejemplo las del tipo de normativa Iram en su ámbito de aplicación. Este código de conducta regularía la manera de sistematizar la fraternidad solidaria, cómo también organizar el control social del poder y fundamentalmente el propio control interno de su accionar: en forma sistémica, cruzada, institucional, y asimismo debería establecer la presentación de aquellas propuestas consensuadas de política horizontal o de Bien Común. En resumen aquello que tenga que ver con el propio funcionamiento del sistema virtuoso todo y el modo de ponerlo en marcha. Una suerte de valores en acción que establezcan la conformación y puesta en escena del “marco” y las reglas de su manejo interno para convertirlo en sistémico. Para tal encomiable tarea sería muy conveniente la actuación y la mirada de la juventud. La sociedad debe confiar en ella, con el objetivo claro y permanente del cambio y evolución. El capital axiológico que surja de la conformación de un código ético que regule el funcionamiento de todo sistema virtuoso, su marco, funciones, y avente riesgos y peligros atento a la naturaleza humana y la actuación inevitable del poder e interés humano, tendrá un efecto irradiador potentísimo sobre los demás sistemas humanos (político y económico), y el capital axiológico que surja de la operatividad y aplicación del amor fraternal será una fuente inspiradora con un efecto ético inconmensurable, tanto en el ámbito publico como en el personal, que generará cultura y colocará al hombre en el próximo escalón evolutivo. |
¿Cómo imaginar el funcionamiento de un marco que conforme un sistema virtuoso?
Es muy difícil pensar en abstracto, más cuando la especulación es filosófica y mucho más aún cuando la mirada propende a una visión política absolutamente novedosa. Es hora de pasar de la abstracción a los hechos.
Consideramos, entonces, necesario establecer un ejemplo clarificante, que a su vez sea rico para demostrar que los postulados propuestos desde la especulación filosófica tienen los pies sobre la tierra y pueden plasmarse en forma tangible y concreta en los hechos. Si a su vez ello compone una propuesta válida y nítidamente pragmática, como consideramos que es en nuestro caso, mucho mejor. Con ese doble objetivo es tiempo de intentar demostrar qué es un “sistema virtuoso”, y cómo resulta en los hechos “hacer operativa la fraternidad espontánea”. Y cómo en concreto es “crear un marco” que una vez en acción multiplicará geométricamente los actos virtuosos en forma sistémica impulsado por su motor: el amor fraternal, que compone la energía inagotable y de renovación permanente, que tiende a la evolución de la democracia, de las sociedades y del hombre como protagonista de su acontecer.
Para ello intentaremos valernos del “Foro Comunitario”, que compone para el objetivo de esta obra un simple ejemplo de la modalidad de creación de un marco, en este caso local, veamos:
El foro comunitario es un programa de promoción humana de aplicación local, pero con mirada global. Es una nueva modalidad o estrategia de funcionamiento libre y organizado de las fuerzas vivas de una comunidad.
Esta basado en una profusa visión filosófica, por lo cual incorpora el compromiso cívico, aun cuando lo excede con una mirada universalista y humanista. Su proposición es firmemente pragmática, modificable de acuerdo a las comunidades y culturas y notoriamente funcional a la actual realidad de las organizaciones sociales y a toda otra modalidad de organización.
¿Qué es un Foro Comunitario?
El foro comunitario es una reunión voluntaria, libre, no jerárquica, ni burocrática de todo tipo de asociación, organización, institución o agente social y comunitario, que con compromiso de total transparencia de integración y funcionamiento, promueva el Bien Común dentro de un lugar geográfico relativamente determinado, pero con mirada global.
¿Cuál es su fin?
El foro comunitario no tiene como función central realizar obras o actos por sí mismo. Es un promotor de la actividad de la sociedad civil local y un potenciador de libertad social que facilita las actividades de las organizaciones que lo componen y de los habitantes que propugnen el bien comunitario, articulándolas con la vida de la comunidad y con la totalidad de las fuerzas vivas, con plena utilización de la infraestructura existente. Todo ello con el objetivo puesto en intentar crear reglas de funcionamiento sistémico y un marco de acción en el cual la sociedad civil y la comunidad toda se involucren activamente en la construcción el Bien Común.
Tiene como objetivos centrales, los ya expuestos:
Otros: Amen de los objetivos centrales, el foro tendrá todos los objetivos que, dentro de los lineamientos generales, proponga la comunidad que lo conforma:
¿Cuál sería el objetivo de este foro comunitario local?
Ser un recreador de un funcionamiento sistémico. Intentar dar un “marco” para que se desarrolle el compromiso cívico y la fraternidad espontánea, y dar límites organizacionales respetando la autonomía de las instituciones.
¿Cómo se financiaría?
No siendo el foro una organización que planea actos por sí, su requisitoria de infraestructura y fondos es ínfima en mérito a sus posibles alcances o efectos. Sus postulados son la utilización de infraestructura existente, dándole un nuevo sentido a la misma, sea provista por alguna o algunas organizaciones con algunas instalaciones con capacidad ociosa. El financiamiento, sea publicidad, sueldos de algún rentado, gastos de papelería, informáticos, pueden ser cubiertos por algún subsidio o plan social, sea nacional o extranjero, algún sponsor o donantes. Quizá lo más recomendable es que uno de los objetivos del foro sea la organización de una sola actividad anual que, amén de ser una actividad propagandística o de promoción de la actividad del foro, obtenga los recursos necesarios para su funcionamiento. La misma puede tornarse como un icono de la actividad comunitaria del área de influencia, como ser un encuentro cultural, artístico, deportivo, entre otros de gran repercusión local.
¿Cómo funcionaría?
Imaginemos que en una determinada zona (en lo posible cuyos límites no coincidan con divisiones geopolíticas, para evitar una influencia cierta de poder), por convocatoria de los jóvenes solidarios y emprendedores, o bien por autoconvocatoria -reunión de un puñado de instituciones, cuya antigüedad, seriedad, absoluta independencia de intereses económicos o políticos locales y por su poder de convocatoria sean por todos conocidas- se proponga o convoque a que se agrupen libremente las organizaciones y los actores sociales que así lo deseen, manteniendo plenamente su libertad y autonomía de gestión con el solo fin de promover la libertad social, ayudarse mutuamente, colaborar a recrear lo común, y preocuparse por el bien comunitario.
El foro comunitario tiene como objetivo conformarse como “una herramienta operativa concreta y local”, para liberar y recrear la virtud social, fomentando la cooperación y dando el marco ideal para que la comunidad toda interactúe.
Su funcionamiento y gestión intentará ser técnico y sistémico, siguiendo normas ascéticas o referencias de calidad administrativa (tipo normas Iram -que dicho sea de paso es una ONGs. que desde hace décadas establece las normas de calidad al mundo entero-), para evitar los peligros de captación o intereses ajenos y la desnaturalización interna.
La administración será laxa y mínima, conformada por un puñado de personas, preferentemente voluntarios que se preocuparán por organizar el marco y las redes, como también de convocar a las asambleas (dándole continuidad, y concretando lo que allí se decida en lo referente a la gestión) en las que muchas instituciones autónomas podrán discutir y cooperar con una visión compartida, sólo posible en base a un alto consenso. Es evidente que la mínima administración es posible porque el foro en sí no es una entidad distinta de los que lo conforman, no tiene a su cargo obras o funciones específicas, sino dar límites organizacionales, convocar, facilitar y promover esa libertad social. Por ende sus necesidades materiales y presupuestarias, en mérito a la tarea, son insignificantes.
Lo resuelto por la asamblea deberá contar con un muy alto consenso, evitando cualquier decisión que sea demasiado cuestionada –so pena de no llevarla a cabo-. Así también debería fijar una suerte de consejo directivo. Los cargos podrían ser rotativos y temporarios, y determinados por el verdadero concepto democrático ateniense: el sorteo. Y ninguna institución o persona podría repetir su mandato hasta que todos los participantes hayan cumplido con el suyo. Eso provocaría que todos tengan el derecho y obligación de dirigir su foro de idéntica forma, pero en base a los lineamientos y límites acordados por la asamblea. En resumen, se evitaría la lucha por el poder y el poder mismo. Una vuelta al verdadero concepto democrático, que genera cultura.
En el receso de las asambleas, serán las autoridades sorteadas las encargadas de ocuparse de lo decidido por consenso en las mismas. No habría jerarquía y por ende para sus miembros tampoco imposición u obligación alguna sobre lo decidido. La actividad se despega completamente de cualquier cuestión de poder toda vez que es técnica y ascética, amén de ser desempeñada en los hechos por los voluntarios bajo la supervisión del consejo de turno.
Es imprescindible comprometer a cada institución miembro a tener total obligación de transparencia y total libertad de egreso. Con respecto al ingreso, amén de la total transparencia, presumo debería ser libre, sólo acotada por el requisito de alguna cuota de antigüedad en el accionar y exigencias de formas democráticas libres en su estructura interna, y en su obra, incuestionablemente virtuosa.
Como se podrá entrever, el foro funcionaría como facilitador y hacedor de medios mínimos para la conformación de un sistema virtuoso que promueva la libertad social. La organización o impronta de este foro deberá estar notoriamente alejada de cualquier connotación de interés o de poder interno, como también de influencia o manipulación externa por otro poder.
Su función sería otorgar, a un costo mínimo, el marco donde espontáneamente se recree y se canalice la fraternidad virtuosa, creando un sistema apto para su desarrollo, organización y cooperación en sus labores especificas, permitiendo una estructuración que haga eficientes a las organizaciones y actores sociales, pero sin disminuir ni cercenar su total autonomía, única forma de que este foro no se convierta en una suerte de burocracia paraestatal o tenga visos e intereses propios de poderes económicos, sociales o civiles que obviamente más tarde o más temprano tendrán sus vicios propios.
Hasta aquí parece la programación propia de las organizaciones sociales, pero justamente el objetivo de un foro comunitario es otro: generar un marco sistémico no sólo para sus miembros, sino también para la sociedad toda. Éste sería el elemento que tendería a solucionar unos de los mayores problemas que tienen las OSC, como por ejemplo el de no poder integrar o incorporar a su accionar a las escuelas, colegios, universidades, estudiantes, agrupaciones gremiales y muchas otras realidades sociales, que por sus características parecieran no tipificar de lleno como organización social. Y ése es justamente el objetivo supremo del foro: crear ese marco sistémico para que todos los utilicen y todos los que quieran lo puedan conformar, aun cuando las organizaciones sociales, atentos a su organización y a su trayectoria, puedan tener mayor predicamento.
Directamente o en cooperación, la intervención de toda persona, organización u otra realidad social virtuosa, no sólo será bienvenida, sino asesorada, ayudada, y acompañada. Del mismo modo ocurrirá con aquellas organizaciones o instituciones existentes cuyo objetivo sea efectuar una tarea virtuosa, coparticipando y colaborando entre sí. Ya que ése es el fin buscado.
Sobre la base de lo expuesto, es vital entender que se intentará recrear y mantener sistémicamente, y con sólido fundamento, la confianza pública, por ello toda tarea que tienda a evitar su violación será insuficiente. Cada institución o realidad social, de cara a la confianza publica en juego, deberá manifestar la razón o interés predominante en su accionar, y por ende ser responsable de todo daño a la confianza pública que hubiera defraudado, si omitiese u ocultase sus intencionalidades principales. Ejemplos no queridos son aquellas actividades de impacto social en atención a necesidades llevadas a cabo por partidos políticos, incluso gubernamentales, de connotaciones virtuosas pero que violentan la confianza al ser organizadas en base a “otra” intención: provocar adhesión obligatoria o clientelismo político. Es allí donde se maximiza el concepto del control social en su doble función: evitar que se violente la confianza pública y se controle al poder.
Imaginemos entonces que ese conjunto de entidades y agentes sociales, manteniendo su autonomía, recrearan un sistema o marco que canalice la espontaneidad solidaria, fraternal, comunitaria y virtuosa, ya sea formando parte o cooperando con todas las fuerzas vivas: universidades y sus profesores, estudiantes, graduados, escuelas, colegios, entidades barriales, hospitales, centros de salud, asociaciones profesionales y de todo tipo, organizaciones confesionales y gremiales, voluntarios, personas individuales y representantes de cualquier realidad social que puedan actuar aislada, coordinada o mancomunadamente en base a una alianza presumida o declarada, con una finalidad predominante de virtud social, en mérito a una bandera de total transparencia y solicitado control. En caso contrario, se harían responsables de la violación de la confianza pública ante la sociedad toda.
Sigamos imaginando entonces la infinidad de tareas que se pueden propender requiriendo una mínima organización y ostentando un impacto virtuoso potentísimo.
Brindemos algunos ejemplos, de los miles que podríamos dar, teniendo presente que muchas de estas actividades ya se llevan a cabo:
El presente es resumen de un bajísimo porcentaje de las actividades de búsqueda del Bien Común imaginadas y a proponer. Qué gran aporte se harían las distintas instituciones y la comunidad local actuando conjuntamente en la apoyatura y asesoramiento e infraestructura sobre un universo de temas, como ser: chicos de la calle o carecientes -vía hogares permanentes, hogares de día, donde a chicos en situación de riesgo se les otorgue apoyo escolar y recreación para evitar que estén en la calles-; capacitación laboral; búsqueda y contención de chicos perdidos, abandonados o maltratados; hogares de madres solteras o víctimas de maltratos o abusos; comedores infantiles; bancos de Alimentos -que canalizan los productos donados o no comercializables, y aptos para el consumo, a los comedores que los necesiten-; problemática de los desocupados; de los sin techo; aborígenes; inmigrantes; escuelas rurales; enfermos, discapacitados, ancianos; detenidos; instituciones que financian a los desposeídos y a sus microemprendimientos, entre muchos otros.
No olvidemos que El Foro Comunitario puede ser el promotor de un marco de discusión permanente de todo tema social y comunitario, como también de toda actividad cultural, artística y deportiva.
Es evidente que el ser humano imaginativo y creador tiene una capacidad inagotable para superar dificultades, y por ello, y en pos de su sentimiento virtuoso, es plenamente capaz para acercar ideas o proyectos y así transformar la realidad. El propio foro al ser un facilitador deberá proponer que la gente tome esos proyectos o muchos otros como propios, y los ponga en marcha ofreciendo la infraestructura y asesoramiento necesario para que el que así lo considere se aboque a la tarea, y de esa forma potenciar la libertad social. Desde esa realidad se conjugan actualmente infinidad de otras acciones solidarias, en pos de innumerables fines. Sobre todas estas actividades solidarias ya hay organizaciones que nacen del calor de la mirada al otro y que, manteniendo su total autonomía, pueden congregarse para compartir, cooperar y transformar la realidad.
En lo que respecta a las propuestas que nos acercan a la Política Horizontal o de Bien Común, como expusimos, sólo basta imaginar qué sucedería si las mentes virtuosas de los hombres que conforman una comunidad, con el apoyo fuerte de las universidades, asociaciones profesiones y especializadas, el permanente contacto comunicacional, con el país y con el exterior sobre la base de la globalización informática, se pusieran a trabajar con alguna coordinación y debatieran, propusieran, estudiaran, proyectaran y se abocaran a la política horizontal, en sus distintas áreas, en combinación con sus representantes políticos. Obtendríamos sin duda una cantera inagotable de nuevas ideas o propuestas que pueden acercarnos al Bien Común.
Sólo nos resta referirnos al control social del poder, como elemento indispensable para asegurar la transparencia, evitar los desvíos y los peligros latentes, como también contralor necesario de los actuales sistemas políticos y económicos. Recordemos que además el mentado control es indispensable en la operatividad de las organizaciones sociales, por ello se tiene que ejercer en dos temas principales:
– Control interno propiamente dicho sobre el foro comunitario: es aquel que defiende la confianza pública en el sistema. Para que la realidad actual, propia de una revolución solidaria, se conforme en sistema, debe instrumentarse una modalidad de permanente transparencia y control interno. Sabemos que las búsquedas de poder o interés siempre existirán aún en el campo solidario. Lo que hay que evitar es que esa búsqueda predomine o desnaturalice los objetivos del campo solidario, sin olvidar que la hipocresía humana se hará presente cuando el interés o el poder tenga que disfrazarse de virtuoso para asegurarse el calor, la confianza y candidez popular, funcionales para aquellos fines egoístas que debe esconder. Ello resentiría la confianza pública en el propio sistema virtuoso en ciernes, cuya falta de resguardo podría hacer prevalecer al interés o el poder, y con ello se generaría la propia semilla de destrucción del sistema. Sería indispensable una total transparencia en el funcionamiento de las organizaciones y del sistema, en lo referido, por ejemplo, a sus directivos, miembros, historia, función, servicio, objetivos en orden de prioridades, financiación, presupuestos, costos, manejo de dineros públicos o donados y su estructura democrática interna, entre otros. Para la conformación de este control interno puede establecerse una modalidad de denuncias a hipotéticas violaciones a la confianza pública y dicho sistema de control podría concretarse por audiencias locales, que estarían a cargo de estudiantes, profesores, graduados -en actividad o jubilados-, asociaciones profesionales -asociaciones de magistrados, colegios profesionales de las distintas especialidades-, que en forma voluntaria optasen por cooperar, y que a su vez ejercieran su especialidad en una suerte de consentida carga pública.
– Control y auditoria de fondos donados a las organizaciones: dentro del propio marco expuesto, se deberá crear un control y auditoria de los fondos donados, que conforme una modalidad confiable que facilite la llegada de fondos de cualquier actor, sea éste nacional o internacional. Imaginemos que este sistema de auditoría no sólo depuraría organizaciones no virtuosas, sino que también podría funcionar como contralor de confianza y aplicación de todo fondo que se pretenda donar o subsidiar a cada organización, de manera tal que esta modalidad procedimental le permita a su dador, ya sea persona física, empresa, institución, gobierno o entidades -locales, nacionales o internaciones-, asegurar el destino y función de los fondos, servicio o producto donado. Imaginemos que en el orden local todos los fondos podrían ser canalizados por una o más instituciones bancarias que donen sus servicios como carga publica, para que todos puedan ver los movimientos y controlar los mismos. Visualicemos entonces la implicancia en la potenciación, maximización, multiplicación y facilitación de lo virtuosamente donado, aun cuando ese control pudiera tener un costo operativo mínimo, si tuviéramos asegurado el leal destino de cada aporte.
Que no es otra cosa que la conformación de un sistema atomizado, institucionalizado y sistémico de control social del poder político o económico -entre otros-, que conviva plenamente con todos los controles tradicionales e institucionales vigentes, ya que no los confrontaría sino que los tornaría más eficientes. Imaginemos, aun cuando mucho de lo descripto ya está funcionando, si cada integrante de esa misma comunidad local, con visión global, en su calidad de ciudadano y de consumidor creara un simple sistema donde la información esté al alcance de todos: cuántas corruptelas, ineficiencias y negligencias gubernamentales evitaríamos en el campo económico en defensa del consumidor, defendiendo el bolsillo de la gente y la no imposición de poder económico a las políticas laborales, de seguridad, higiene que entonces podrían mejorar o evitar su violación. Y las empresas así supervisadas por la comunidad toda maximizarían su indispensable responsabilidad social.
Imaginemos nuevamente que todas las fuerzas vivas de esa comunidad tuvieran ese marco libre -no jerárquico, de total autonomía, en red, en alianza o cooperación, en forma absolutamente transparente y pasible de sistema de control- en donde se encuentren no sólo las organizaciones sino también el vecino, los estudiantes, los maestros, los profesores, los trabajadores, los profesionales, para tratar los problemas comunes y transformar la realidad evolutivamente.
Como se observará, cualquiera de los objetivos del protagonismo comunitario no es responsabilidad excluyente de la sociedad civil. Su accionar independiente, libre y autónomo es vital, por ese camino se intenta eliminar falencias y mejorar socialmente. Ése es el camino al Bien Común de la mano de la evolución del hombre común. Y su actividad no quita responsabilidad alguna ni al Estado ni al Mercado, todo lo contrario. Se las devuelve duplicada. No olvidemos que los miembros de la sociedad civil, como electores o consumidores, tienen el poder último en sus manos.
Ahora bien, recordemos que para la existencia y subsistencia de un sistema virtuoso lo que hay que crear es el marco, el encuentro y la relación entre el oferente y el demandante de virtud, sin perder de vista que para avanzar sistemáticamente este último debería, en mérito a sus posibilidades, también convertirse en oferente virtuoso.
Allí radica el propio círculo virtuoso que retroalimenta el sistema a niveles infinitos. Pretender crear un mercado virtuoso, donde la supuesta virtud del oferente sólo tenga en contraprestación un interés individual, aun cuando fuera solidario, jamás crearía un sistema (42).
Pareciera que es imposible pensar que las personas actuarían solamente guiadas por la virtud social en un mundo tan individualista y decadente como muchos afirman que es el nuestro. Primero es de decir que la virtud es una de las dimensiones del hombre, que su avocación es en plena libertad, voluntariamente y en los tiempos y forma que optare el interesado. Simultáneamente, el propio hombre puede ocuparse de su propio interés o de la búsqueda de poder: no olvidemos que todos los sistemas funcionan juntos y en tensión. Pero aún no es totalmente cierto que la participación social esté basada excluyentemente en la virtud. Inextirpable de la naturaleza humana, habita el egoísmo, que en dosis adecuadas es perfectamente saludable, por ello la participación solidaria del hombre puede tender legítimamente a la búsqueda de protagonismo personal en el destino de su comunidad y lograr por esa vía determinado prestigio social como premio personal en su ocupación por los otros.
En resumen, este foro comunitario o mercado virtuoso, debe ser el receptáculo de la virtud humana, por ello cualquiera puede y debe participar en pleno ejercicio de su libertad. La virtud que propugnen es indispensable para mantener la tensión justa con el interés o el poder, y por ende, para atenuar los efectos nocivos de los mismos, y tornar más virtuosos a ambos.
Es evidente que hemos efectuado un genérico y pequeño racconto de las ideas, para formar un foro comunitario que deja innumerables espacios vacíos sin explicitar. Muy bien, entonces habrá que poner manos a la obra: completarlos, corregirlos o modificarlos para poder convertir en realidad el sueño de una comunidad mejor.
Lo expuesto comporta uno de tantos puntos de partida o de continuación posibles mediante los cuales pueden vislumbrarse algunas de las aplicaciones prácticas de los fundamentos filosóficos vertidos en nuestra obra. Ahora, entonces, resta imaginar creativamente las incontables posibilidades que existen de cambiar para mejor. Ése es el camino de la evolución humana.
UNA VISION SIN TECHO APARENTE…
Hemos pasado revista en forma de simple ejemplo a una de las formas o modalidades de conformación de un marco potenciador del Amor Fraternal Operativo: el Foro Comunitario. Ahora bien, como dijimos, no es la única forma ni siquiera la mejor, pero está basamentada en lo realmente importante: una serie de principios filosóficos que dan la base concreta para la modalidad elegida. Ése es uno de los motivos centrales de esta obra.
Consideramos que el bagaje de enunciados o especulaciones filosóficas vertidos a la postre conformará el capital axiológico necesario para dar cuerpo efectivo al mentado marco virtuoso que tienda a dos objetivos preclaros:
-Promocionar la multiplicación y encauzamiento de los actos virtuosos y evitar, atenuar o aventar los riesgos del sistema en ciernes: captación, cooptación o manipulación por intereses de poder o espurios, que encorsetarán, dominarán y ahogarán la fraternidad espontánea.
-Potenciar el amor fraterno a grados impensables, como será ampliado a continuación.
Ahora bien, la modalidad local que hemos puesto en consideración tiene varios puntos notables en los cuales parece que hemos atendido la necesidad de evitar o atenuar los riesgos de captación de manera de evitar que se cristalicen los fines espurios de posibles integrantes de organizaciones sociales, o bien de organizaciones sociales conformadas para fines ajenos a la construcción del Bien Común. Resta entonces ver de qué manera lograr la potencialización del amor fraterno.
Veamos el foro comunitario descripto como una visión: ¿Se visualiza algún techo o límite en el desempeño de ese marco modal u organizativo?
Pensemos e imaginemos si es posible que pudiera haber foros que se diseminen por el lugar, pueblo o ciudad originarios, y trabajen coordinada e informáticamente unidos, sin jerarquía u organización burocrática. Aún más, imaginemos esto por escalas: si eso mismo se repitiera en otras ciudades o lugares, o bien zonas más extensas y desde allí pudiéramos pasar a regiones, provincias o estados, y luego entonces comprender naciones, subcontinentes, continentes, para finalmente ocupar el mundo entero. ¿Es esto posible? Sí, claro que sí. Aún más, esta modalidad puede convivir con otra superadora, incluso en forma suprazonal, nacional, continental o mundial.
Daría la impresión de que lo descripto pareciera no sólo idílico o de difícil realización, sino hasta imposible. Ya hemos dado cuenta de que hoy existen organizaciones ciudadanas, agrupaciones de decenas, cientos y miles de organizaciones sociales simplemente unidas en otra organización que las nuclea, sea ésta nacional o supranacional. Ejemplo expuesto ha sido el Indepent Sector, organización de los EEUU que nuclea a miles de organizaciones sociales, teniendo en consideración que solamente en este país existen aproximadamente más de 1,4 millones de organizaciones sin fines de lucro. También existen muchas otras formas de nuclear o reunir a las organizaciones ya sea como otro tipos de foros o alianzas, federaciones o confederaciones, entre otras, que tienen alcances regionales, estaduales, pasando también por las nacionales, supranacionales, ejemplo de ello son los Encuentros Iberoamericanos de la sociedad civil. Claro que, como indicamos, su convocatoria esta prioritariamente dirigida a otros fines como los de compartir conocimientos y experiencias, y fortalecer a la sociedad civil.
Por ello tal situación no es inimaginable, sino que esa realidad hoy existe. Increíble pero real: existen las organizaciones sociales, los recursos humanos y económicos y la infraestructura para todo tipo de envergadura. Están, simplemente están.
Dado que sus postulados o fines son otros, y muy loables por cierto, como ya hemos reconocido, consideramos que estos movimientos ostentan en sí mismos un gran talón de Aquiles: son producidos en función de las propias organizaciones sociales, cuando en realidad su norte debería estar en generar aquel marco en el cual, incluidas las organizaciones sociales, sea la sociedad civil toda la que tenga la posibilidad de interactuar con todos sus recursos humanos económicos e infraestructura existente. Ésta sería una de las formas determinantes de potenciar a niveles impensables y geométricos el crecimiento del Amor Fraternal haciéndolo operativo. En resumen, construir concreta y evolutivamente el Bien Común.
De modo que lo que aún no se ha resuelto concretamente, aunque sí tangencialmente, es cómo tornar operativa la solidaridad, el accionar ciudadano: en resumen, lo que llamamos el amor fraternal, y solamente ésa es la vital y determinante diferencia. Sólo eso es lo restante. Discutir, debatir y conciliar esta idea y, en caso de considerarla viable, ponerse a tratar de convertir toda esta fuerza virtuosa en operativa.
La simple diferencia es la idea filosófica, mirar lo mismo desde otro ángulo, aunque este cambio toque algunos intereses. Y este cambio, en resumen, deviene de una mirada novedosa y superadora. Como decía Albert Einstein: “La mente que se abre a una nueva idea, jamás vuelve a su estado original”
¿Podríamos potenciar al amor fraternal operativo, para que alcance a terciar con los sistemas políticos humanos y el mercado económico globalizado?
Hemos visto que el amor fraternal es un elemento intrínseco a la condición humana. Por ende, siendo el material principal que necesitamos para la construcción del Bien Común, deviene inacabable, ilimitado, renovable e inconmensurable.
Asimismo, hemos establecido que su exteriorización es una notoria necesidad humana, tanto en el plano individual como en el público, para paliar el profundo problema de la separatividad, del que ya nos ha hablado E. Fromm.
También hemos dado cuenta de la trascendencia y protagonismo actual de la sociedad civil en el mundo. Un movimiento de alcances impensados y de crecimiento geométrico y extraordinario, sobre la base de su motor principal: el amor. Ahora bien, resta tratar de explicitar cómo en base al amor fraternal puede generarse, en un futuro, un sistema donde la moneda de cambio sea la virtud, y de qué manera la gente común pueda pasar de pedir participación a ser protagonista de la gesta social que viene, ya que como electores y usuarios son los que tienen efectivamente el poder último.
Y que ese sistema, por ellos conformado, pueda alcanzar tal magnitud que pueda terciar y tensionar con los sistemas económicos y políticos mundiales -basados mayormente en el egoísmo humano, tal como hoy se los conoce-, sin proponer cambios salvajes ni bruscos, ni mucho menos imaginar revoluciones que ahoguen voluntades: sólo un pacífico y evolutivo cambio en el espíritu humano, que pueda observar y reaprender nuevas reglas del viejo juego, sobre la base de esta visión filosófica antropología que nos invita a observar la intrínseca e invariable condición humana.
En resumen, se trata de la mayor de las tareas restantes en el derrotero histórico del ser, y una de las utopías más sensibles y necesarias para la milenaria aventura del convivir: CÓMO INYECTAR VIRTUD AL SISTEMA.
Para tal colosal tarea, que a la postre devendrá infinitamente más sencilla de lo que parece, aconsejamos potenciar el Amor Fraternal Operativo mediante tres condiciones -de las cuales, dos ya hemos desarrollado-: “la creación de un marco” y que el mismo sea “sistémico y operativo”.
Lo dicho no implica que la actividad concreta de cada institución o cada voluntario social no sea indispensable y necesaria, todo lo contrario, pero la creación de un marco, donde pueda recrearse la fraternidad espontánea, multiplicaría geométricamente los actos virtuosos, de la misma forma que el mercado económico hizo potenciar en grados impensables los actos económicos, o bien Internet agigantó superlativamente la comunicación humana. Y al crearlo, ya la actividad virtuosa no dependerá solamente de las organizaciones, sino que compuesto el marco, LA SOCIEDAD TODA podrá ingresar en el sistema solidario, y no sólo la sociedad civil activa o miembros o voluntarios. Esa simple diferencia aumentará superlativamente los actos virtuosos.
Ese marco a crearse, que ocupe a la sociedad toda, deberá ser indefectiblemente SISTÉMICO Y OPERATIVO. Para que resulte sistémico, cada acto virtuoso debe generar otro u otros de la misma calidad: siempre se ha sostenido que es preferible enseñar a pescar que obsequiar pescado. El acto virtuoso de enseñar a pescar devendrá por ejemplo en que aquel que aprende a pescar puede más tarde pescar y enseñar a hacerlo a otros. En términos económicos se diría que esto último no sólo produciría autosuficiencia sino que también generaría virtud y riqueza. Entonces, ¿por qué no imaginar que podemos proponernos convertir cada acto virtuoso en sistémico? Ello, como dijimos, puede provocar también sistémicamente, y en forma operativa, otro acto virtuoso que tenga el mismo o mayor valor solidario, independientemente de la connotación económica que obtendríamos. Ese funcionamiento sistémico y operativo provocará la multiplicación geométrica de los actos virtuosos: donde teníamos millones, tendremos cientos o miles de millones de actos en los que la virtud sea la moneda de pago.
De los dos temas anteriores ya nos hemos referido, pero éste restante del que nos vamos a ocupar tiene la característica determinante de abrir la posibilidad de que su aplicación sea de alcance planetario, es decir, que no tenga techo de crecimiento a la vista, a tal punto que no sólo pueda compararse con los sistemas económicos y políticos de alcance local o nacional, sino también convertirse en un sistema de alcance y predicamento global, es decir, mundial, planetario, universal, y ya no en siglos, sino simplemente en décadas o en años. He de aquí su valor inconmensurable. ¿Cuál sería esta tercera condición o procedimiento necesarios?
Aun cuando mucho de ello ya sucede, ésta sería
“la utilización, con un objetivo concreto y determinado, de la actual Globalización informática y comunicacional que une a todo el planeta”.
Algunos hombres del poder han sostenido que la unión comunicacional en manos de la sociedad civil hace nacer en ella al QUINTO PODER o determina el esperanzador crecimiento del PODER CIVIL. Actualmente sabemos que muchos regímenes del medio oriente han caído o entrado en crisis justamente por el accionar de la sociedad civil (en algunos casos por motivaciones políticas) vía redes sociales que convocaron a la movilización o la protesta.
Claro que esto ha tomado entidad periodística, porque EL PODER HA SIDO DESAFIADO. Se dice que los territorios de la política sufrirán el poder trasformador de las redes. De esta manera vemos como la base de Internet pone en jaque los paradigmas sobre los cuales la humanidad se ha desenvuelto. Estamos ante un cambio de situación epocal: ahora la sociedad está informatizada.
Imaginemos que los gobernantes puedan consultar sus decisiones con los gobernados a través de Internet, y cambiar la agenda política. Ése sería un cambio determinante en la concepción democrática y política que horizontalizaría al mundo en términos de toma de decisiones. Si bien es cierto que la gente utiliza más las redes sociales para comunicarse que para ejercer sus derechos políticos, preocuparse por el otro o por el bienestar general, estamos ante un mundo nuevo en el que se perfeccionan los sistemas democráticos a través de estas vías comunicacionales de orden virtual. Este concepto de redes de ciudadanos que se organizan entre sí fortalecerá a nuestras sociedades hilvanando un tejido social más denso, con mayores niveles de equidad, con una capacidad creativa multiplicada y puesta al servicio de las personas. En resumen, hoy hay una sociedad que se organiza por su propia cuenta. Ése es el camino del futuro.
Estamos ante los inicios de una nueva etapa donde se reconfigura el escenario entre el poder y la política horizontal, en mérito a una forma de comunicación por intermedio de la cual el ciudadano digital llegará a estar en el centro del escenario con sus derechos y deberes. De esta manera, el poder, que para algunos es la comunicación como herramienta de dominación, cambiará de signo para la ciudadanía entera siendo a la postre un poder que controle y ponga en caja al poder real, tornándose, entonces, liberador.
Los temores del poder ante este presente descripto, derivan de la forma en que se sienten más controlados y expuestos ante los verdaderos dueños del poder: la sociedad. Es, como decíamos, una sociedad que tiene la oportunidad de organizarse por su propia cuenta.
Hagamos solamente un cambio de ángulo. Imaginemos que todos los hombres del mundo y las organizaciones sociales se pusieran a trabajar mancomunadamente, con un código ético consensuado, a ejercer mundial y localmente el control social de todo poder y a crear comparativamente con todas las mentes del mundo una mejor política horizontal, y en consenso, encontrar el más efectivo e idóneo capital axiológico para el funcionamiento del sistema virtuoso que permita multiplicar la cantidad de actos solidarios tendientes a paliar la pobreza, la marginación y la desigualdad. Lo expuesto no implica que es necesario alcanzar esa meta para que se genere valor: matemáticamente 1 es siempre más que 0, por eso el simple camino hacia esa visión utópica, generará evolución y bienestar general
En resumen, por ejemplo, vía la simple creación de un dominio genérico en Internet se podría UNIR TODO EL AMOR FRATERNAL DEL MUNDO ENTERO y generar de este modo la revolución más pacifica y evolutiva, la cual no sólo hará evolucionar al hombre sino también a las sociedades en su conjunto y, por esa vía, ahora en forma más directa, más en “Línea”, al mundo democrático como forma de gobierno.
Es allí, entonces, donde la sociedad civil pasa a ser protagonista y no mero participante de la construcción del Bien Común. Aquí deja de ser idílico y soñador el concepto, para pasar a ser netamente revolucionario y pacifico, generador de unión y lazo social, y netamente evolutivo de cada ser humano dispuesto a crecer y convivir en paz y armonía.
Algo sólo es imposible, hasta que alguien duda y
acaba demostrándose lo contrario
Iniciamos este recorrido tratando de poner de manifiesto como hacer operativo el amor humano en política en búsqueda del Bien Común, ya no como tarea excluyente del gobierno o poder, ni en manos de visiones doctrinarias, ideológicas o solo valorativas o culturales, sino mediante soluciones estructurales, sistémicas y de orden antropológico. Es por ello que hemos desarrollado nuestra mirada sobre la condición y naturaleza humana, su connotación comunitaria, las potencialidades básicas del hombre, deteniéndonos en el amor fraternal como material real y humano, que contamos en forma renovable e ilimitada, y desde allí consideramos una mirada realista sobre el poder y la democracia con el objetivo de llegar a comprender el nuevo papel de la sociedad civil, ya no como participante secundario, sino como coprotagonista de la permanente construcción del Bien Común de la humanidad toda. Hemos denominado todo lo expuesto como “reaprender nuevas reglas para jugar el viejo juego”, y desde allí intentamos con criterio antropológico hacer un aporte hacia el redimensionamiento de la ciencia política teniendo al hombre como centro nuclear de su estudio, única forma de obtener de ella herramientas concretas, confiables y reales. De la misma manera, generar una mirada que signifique un cambio profundo en las visiones filosóficas políticas, que tengan en consideración al amor humano como la fuerza más poderosa que no sólo completa al hombre, sino que también le muestre un camino a lo virtuoso, lo ético, lo justo y genere una estructuración política evolucionada.
La cuestión, reiteramos, es filosófica, y su solución sistémica: la mejor forma de que el ser humano y sus sociedades puedan crecer y evolucionar. Y es evidente que lo necesitan. No sólo afirmamos que es ingenuo esperar el Rey Bueno. También sería infantil creer que estamos en presencia de una sociedad “madura”, dado que, aun cuando genere actos sublimes, también es corresponsable de lo que pasa y de los políticos que tenemos, que en casos límites nos indignan. Entre otras razones decimos que esta concepción es sistémica porque no se trata de intentar que la gente “sea buena”, como nos han hecho creer determinadas visiones ideales culturalmente convenientes, basadas excluyentemente en valores que indefectiblemente dependían de determinadas personas y culturas, sino simplemente de permitir que cada corazón humano ofrende lo valioso que naturalmente tiene, en orden a su mirada al otro, uno o millones, y que esto se produzca de manera espontánea y cuasiautomática. De aquí lo sistémico. Si cada gota de amor fraterno pudiera unirse natural, limpia y claramente, sin contaminación, tendríamos imponentes ríos de amor fraternal que por lo menos atenuarían la sed de justicia y de actos virtuosos de la humanidad toda.
Aun así, a no creer ingenuamente que se acabarían el egoísmo, la hipocresía, el interés, el poder y, lo peor del ser humano, la crueldad, perversión, la indolencia, la mismísima miseria humana, la mediocridad: cualquiera sea el rótulo que les pongamos, serán inevitablemente compañeros de ruta del propio amor, con los cuales tendrá que cohabitar, luchar y tensar. Simplemente hay que propiciar, resguardar y dejar libre la inconmensurable y sanadora fuerza irradiadora del amor fraterno, ético, que une, y que irá contrarrestando o corrigiendo lo peor del hombre y potenciando a grados impensables el Bien Común, y a la vez influyendo y controlando al sistema político, el mercado económico y a la propia sociedad civil.
Pero si vamos mas allá, en pos de las consideraciones expuestas, y podemos darnos cuenta de que ya existen hoy organizaciones de todo tipo y alcance, uniones continentales, cientos de millones de voluntarios, recursos humanos, y hasta económicos ¿qué nos falta para poder hacer operativo el amor fraternal en un sistema virtuoso donde sea la sociedad toda la protagonista que potencie el amor fraternal espontáneo? Aunque parezca mentira, sólo resta comprender esta visión filosófica antropológica que propone simplemente un cambio de enfoque y en consecuencia hacer carne estas ideas en busca de los fines expuestos o cualquier otro superador.
Por eso consideramos que la mirada especulativa de esta obra es central y determinante no sólo a la hora de potenciar geométricamente la virtuosidad, sino también a la de aventar los peligros a los que se expone en la actualidad la actividad virtuosa de la sociedad civil. Si no se aggiorna o se revé el camino hacia donde están yendo las organizaciones sociales, la lógica del mercado convertirá a sus miembros en empresarios, y la lógica del poder los convertirá en políticos o en aspirantes a serlo. Cualquiera fuera esta situación, el verdadero meollo de la cuestión, que es el amor fraterno, quedaría atrapado en el simple juego manipulador del egoísmo humano aun cuando éste se presente con cara de cordero.
No va a ser sencillo dejar libre la fraternidad espontánea: el poder moral que derivase de la sociedad civil puede hacer atemorizar a los políticos, al poder y al interés de lucro sin límites. ¿Eso significa que afirmamos que todos los gobiernos o poderes no son éticos? No. Sólo decimos que debemos saber cuál es la naturaleza inextirpable y eterna del poder, sin la cual éste no existiría. Solamente saberlo, nos hará libres. Este es uno de los propósitos de este libro.
Dado que este modo de mirar no le conviene al poder, ni al mercado, ni a muchos de los que hoy conforman el universo de la sociedad civil activa, esta obra está escrita para los jóvenes de espíritu que puedan imaginar un mundo diferente.
El sistema o círculo virtuoso resultaría el recipiendario de la virtud que anida en cada corazón humano. Ello no sólo nos brindaría un equilibro más armonioso en el armado macropolítico, sino que también sería muchísimo más: proveería un refugio seguro para las personas sensibles del mundo para que se sientan completas, pero sin los riesgos de captación o de pertenencia obligatoria que actualmente un cúmulo de religiones, creencias, sectas, instituciones, escuelas filosóficas de pensamiento son proclives a solicitar o procurar bajo imposiciones muchas veces de corte moral apelando a la necesidad humana de amor. En cambio, un sistema recipiendario virtuoso puede cubrir alguna de esas necesidades sin la más mínima intención de captación o manipulación y con el más alto sentido de la libertad personal sin pedir nada a cambio. Y podría ir mucho más allá: ante la insuficiencia de la institución familiar, los lazos afectivos en crisis, y seres humanos emocionalmente a la deriva, ingredientes necesarios de lo que sólo deviene violencia y desenfreno, el circulo virtuoso nos da albergue, abrigo y contención sobre la base de calidez humana en forma real y no ideal. En resumen, contribuye a completar al hombre, hoy disgregado, y a los sistemas económico-políticos, distribuye riqueza tendiendo a un mundo más justo, más humano y ético, provee el refugio emotivo del hombre sin pedirle nada a cambio, otorga tolerancia, da paz, evita la violencia, provee el camino necesario para la evolución humana, de sus sistemas y sociedades todas. Y eso no es poco.
Si imaginamos que toda esta obra, tiende a cambiar o arreglar el mundo, daría la impresión cierta que estamos ante una visión idílica y nítidamente soñadora en mérito a la envergadura, complejidad y dispersión de tan colosal tarea. Sin embargo no olvidemos que muchos de estos cambios o evoluciones ya están ocurriendo. Sólo falta reaprender y entender las nuevas reglas, y desde allí hacer operativo y sistémico el movimiento.
Nuestro objetivo es esbozar una mirada filosófica antropológica, que intente comprender y en su caso ayudar al hombre a despertar. Claro que cualquier visión filosófica que tienda a ello desde una mirada individual, propia de cada hombre, es beneficiosa. Pero su alcance resulta limitado al incierto número de aquellos que han sido beneficiados. Por eso, nos dedicamos a ver al hombre en política. Si lográramos nuestros objetivos, el beneficio no tendría techo. La humanidad entera podría ser beneficiada.
La crisis epocal que hoy vivenciamos, tal vez provocada en estos últimos siglos por un hombre que, para pensar su existencia y entender su mundo, sólo ha confiado en lo producido en el hemisferio izquierdo de su cerebro -la lógica y el análisis-, pareciera que está quedando atrás. Siento que el hombre trabaja para “completarse”, para estar integro, única forma de evitar la angustia y el desasosiego. Es hora de entender que nuestro cerebro SÓLO puede funcionar bien si actúa unido en amalgama tensionante. Es hora de incluir el hemisferio derecho, dueño del sentir y la emoción, única forma de que el ser humano se encuentre completo e íntegro. Por eso decíamos que la fuerza más poderosa es la unión del amor y la razón.
Es necesario comprender que la sociedad de los hombres debiera estar organizada sistémicamente, tomando solamente en cuenta las potencialidades y realidades de su único miembro estrella, el propio ser humano. Sólo conociendo al hombre -sus potencialidades, sus necesidades, sus herramientas- podemos llegar a buen puerto. En resumen, afirmamos que dejando fluir todas las potencialidades del hombre, completamos su esencia. Promoviendo libremente el amor humano fraternal, se completa y se recompone el hombre, hoy perdido e incompleto, tanto en su plano privado como público. El mundo en todo caso es su añadidura.
García Márquez, nos regaló un hermoso relato, que ilustra nuestra búsqueda: un científico estaba preocupado por los problemas del mundo, y en su laboratorio trabajaba sin descanso para lograr atenuarlos. Un día se presento su hijo de siete años, con el fin de ayudarlo. Como lo distraía, intentó desanimarlo, pero el niño era insistente. Entonces vio en una revista un mapa del mundo. Recortó el mapa con tijeras, en muchos pedazos, y con una cinta, se lo entregó a su hijo, diciéndole: Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares, sin ayuda de nadie. Pensó que le llevaría días armarlo y el estaría tranquilo para trabajar. Rato después, volvió su hijo y dijo: Papá, ya lo hice todo. Sin creerle, observó lo que su hijo le mostraba y, para su sorpresa, vio que cada pedazo del mundo estaba en su lugar, y entonces dijo: Hijito, no sabías cómo era el mundo… ¿Cómo lo hiciste? El niño respondió: No sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista, vi que del otro lado había una figura de un hombre. Así que di vuelta los pedazos y empecé a recomponer al hombre… Cuando conseguí completar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado el mundo…
No es tiempo de hacernos los distraídos. Como bien decía Albert Einstein: “La vida se ha vuelto peligrosa, pero no tanto por los que hacen daño, sino por aquellos que se sientan a ver qué pasa”.
Bibliografía:
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(2) Sartori, Giovanni, La Política: Lógica y método de las Ciencias Sociales.
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(10) Hegel, Georg W.F., Principios de la Filosofía del Derecho.
(11) Ralsw, John, La Teoría de la Justicia.
(12) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del milenio, Págs. 82/83
(13) Fromm, Erich, El Arte de Amar.
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(15) Maquiavelo, Nicolás, El príncipe.
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(18) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 50/53.
(19) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 57/60.
(20) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 63/69.
(21) Piccolo, Oscar A. – La Tercera Revolución Evolutiva El fenómeno del fin del Milenio Págs. 69/72
(22) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva, El fenómeno del fin del Milenio, Págs. 72/75.
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(26) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 302/303.
(27) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 195/197.
(28) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 198/206.
(29) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 213/216.
(30) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Pág. 229.
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(33) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 238/244.
(34) Strasser, Carlos, Democracia III, La Última Democracia, Pág. 29.
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(36) Strasser, Carlos, Democracia III, La Última Democracia, Págs. 33/34.
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(39) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio, Págs. 139/142.
(40) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 250/255.
(41) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 256/264.
(42) Piccolo, Oscar A., La Tercera Revolución Evolutiva -El fenómeno del fin del Milenio-, Págs. 296/299.